Se aproxima la SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA BEATA VIRGEN MARÍA

(Ap 11,19; 12,1-6.10; Sal 44; 1Cor 15,20-26; Lc 1,39-56)

La celebración de la Asunción es un día de alegría: es la fiesta de la grandeza de Dios y de la grandeza del hombre en Él. Hoy resuena el alegre Magníficat, esta extraordinaria poesía inmersa del Corazón Inmaculado de María y florecida en sus labios.

El cantico evangélico es un retrato de la Virgen, en el cual podemos verla así como Ella es. Este inicia con la exclamación: «Mi alma glorifica al Señor», o sea, “proclama grande” al Señor. María desea que Dios sea grande en el mundo y en su vida personal. Ella no teme que el Señor sea contendiente: no tiene miedo que Él, con su grandeza, pueda quitarle algo a la libertad humana o sustraer cualquier cosa de su espacio vital. Ella sabe bien, que Dios es grande, entonces también nosotros somos grandes. Nuestra vida no se empobrece, sino más bien se ensalza, exalta y enriquece de la grandeza de Dios: Y es entonces que se convierte grande en el esplendor del Señor.

En el hecho que nuestros progenitores pensaran al contrario, tocamos precisamente el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios hubiera estado muy grande, habría quitado cualquier cosa a sus vidas; tenían la idea de hacerlo a un lado, para tener más espacio para sí mismos. Esta es también la grande tentación de cada hombre; esta es también la grande tentación de cada ideología; es esta también la grande tentación de la secularización. Pero donde desaparece Dios, el hombre no se convierte en grande; pierde antes bien, la dignidad divina, pierde el esplendor del cielo en su rostro. Solamente si Dios es grande, también el hombre es grande.

La humildad alegre de María, nos ayuda a comprender que es precisamente así. Debemos cuidarnos del no alejarnos de Dios; debemos más bien reconocer que nosotros somos grandes solo en su presencia; por esto debemos permitir que el sea grande en nuestra vida y todo el esplendor de la dignidad divina será nuestro. Es importante por lo tanto, que Dios sea grande entre nosotros, en nuestra vida personal y en la vida pública. Como hizo María es necesario que hagamos espacio cada día al Señor, en nuestra vida, iniciando precisamente por la oración, dando tiempo a Dios. No perdemos el tiempo si se lo ofrecemos a Él. Si el Señor entra en “nuestro” tiempo, todo el tiempo se convierte en más amplio y más rico. Nuestro pobre tiempo se convierte en tiempo de Dios, toca la eternidad.

La solemnidad de este día, abre para nosotros el horizonte del cielo, como signo de la grandeza del Señor, cantado por la Virgen; con el término “cielo”, no se refiere exclusivamente a un “lugar” físico que se encuentra sobre nosotros, sino más bien a una realidad extraordinaria que nos toca desde ahora de cerca.

Se pretende afirmar que Dios, en Cristo, definitivamente superó y venció el tiempo y el espacio para el hombre, introduciéndolo en su eternidad. El Señor no se oculta jamás, y nosotros existimos porque él nos ama, porque nos ha pensado creativamente, así como nosotros somos. “Nuestra eternidad” no es ontológica, sino más bien se funda en su amor misericordioso. Quien es amado por Dios, y acepta su amor, no morirá nunca. En Él, en su pensamiento en su amor nosotros estamos para siempre custodiados y por esto mismo inmortales, en todo nuestro ser personal.

Este amor es portador de la inmortalidad, que nosotros llamamos “cielo”: Dios es tan grande de tener un puesto también para nosotros. Esto manifiesta la expresión dogmática de la «Asunción corporal a la gloria celestial» de la Beata Virgen María.

La fe no promete solo la salvación del alma en la imprecisión del más allá, en el cual todo lo que en este mundo ha sido precioso y apreciado desaparece, pero anuncia el valor eterno de lo que ha sucedido en esta tierra. Nada de lo que es precioso y apreciado se arruinara: «Ustedes tienen contados todos sus cabellos» (Mt 10,30).

El mundo definitivo será el cumplimiento también de esta tierra y de nuestra historia personal. El Señor conoce y ama a todo el hombre, lo que nosotros hoy concretamente somos. La totalidad integral de la persona es “presa” por Dios, Él nos atara y nosotros obtenemos así la eternidad en Dios mismo. Esta es la verdad que hoy nos impregna de alegría profunda; con la asunción al cielo, María Santisima testimonia el significado auténtico de nuestra humana existencia. En ella descubrimos que nuestra vida porta en sí misma la profundidad, la altura y pedazos del cielo y es llamada desde ahora a hablar, como siempre lo hace el cielo, de Dios.

Dios ha asumido en la gloria celestial a Aquella que el Hijo ha donado en la cruz como Madre; ahora en el corazón mismo de Dios, hay espacio para la maternidad de María y para sus cuidadosas atenciones. Siendo en Dios y con Dios, la Virgen María esta cerca a cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, escucha nuestras oraciones, esta siempre cerca en nuestras necesidades y aflicciones y nos sostiene con su materna bondad.

Podemos siempre confiar nuestra entera vida a esta dulce Madre, que no está lejos de ninguno; antes bien, en Ella, nuestra vida presente esta desde ahora en Dios. Demos gracias al Señor por el don de su Obra Muestra, de la Madre Celestial asumida en la gloria y oremos para que la Iglesia, mostrando la belleza de María, ayude a los hombres a reconocer la propia inaudita dignidad que es reflejo de la grandeza de Dios.

¡Hoy, viviendo la Asunción, comprenderemos que es la fiesta del humanismo plenario!.

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