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Reivindicación del Náhuatl

Evangelio del día

Evangelio del día

Reivindicación del Náhuatl de Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de las Casas

VER
Hace cincuenta años, el Concilio Vaticano II ordenó que la Biblia y las celebraciones litúrgicas se tuvieran en el idioma de los pueblos. El náhuatl es hablado en México por más de un millón y medio de personas. Es el que quiso usar la Virgen de Guadalupe en sus diálogos con Juan Diego. No era el que ella sabía y usaba en Nazaret, el arameo, sino el de su interlocutor. No le impone el idioma de los conquistadores. Sin embargo, muchos de nosotros no hemos seguido este camino, salvo honrosas excepciones. En vez de aceptar, respetar y promover la cultura de nuestros pueblos originarios, en particular su idioma, los hemos despreciado e infravalorado; los hemos calificado de dialectos, como si fueran una subcultura. Muchos quisieran que no existieran más los indígenas, desecharlos, descartarlos, que fueran sólo un recuerdo de museo. No los conocen; por eso no los valoran ni les dan su lugar.
Es una pena, una vergüenza, una injusticia, que hasta ahora el pueblo náhuatl no tenga una Biblia católica, aprobada por la Conferencia Episcopal. Se han hecho esfuerzos aislados, por parte de agentes de pastoral que tienen un corazón sensible a los indígenas, a veces con la incomprensión de presbíteros, religiosas, del mismo pueblo y aún de algunos obispos. Les dicen que para qué pierden su tiempo, que eso para qué sirve, que esos idiomas están condenados a desaparecer, ante la invasión de la neocultura globalizante y uniformante. Que el Señor nos perdone este grave pecado de omisión.
Es una pena también que no haya una traducción autorizada para las celebraciones litúrgicas en náhuatl. Hemos dado los primeros pasos, pero aún nos falta mucho camino por recorrer. Hace poco más de cuatro años, con traductores de diversas diócesis y congregaciones religiosas, con el acompañamiento de las Dimensiones de Pastoral Litúrgica, Bíblica, Indígena, Doctrina de la Fe y Cultura, de la Conferencia Episcopal, empezamos esta traducción. Daremos los pasos necesarios para su aprobación jerárquica, aunque el Papa Francisco nos ha dicho en dos ocasiones que procedamos con más libertad en este asunto.

PENSAR
Dios quiere hablar a los pueblos en su propio idioma. Del arameo y del hebreo, se sintió la necesidad de traducir la Biblia al griego, y luego al latín, que era lo que hablaba la mayoría de la gente donde se iba estableciendo la Iglesia. Después, la Biblia ha pasado a los diversos idiomas del mundo. Pero parecía que lo que hablan los pueblos originarios no mereciera la categoría de un idioma. Al respecto, dice el Documento de Aparecida: “Como Iglesia, que asume la causa de los pobres, alentamos la participación de los indígenas y afroamericanos en la vida eclesial. Vemos con esperanza el proceso de inculturación discernido a la luz del Magisterio. Es prioritario hacer traducciones católicas de la Biblia y de los textos litúrgicos a sus idiomas” (No. 94).
Pedimos perdón a nuestros pueblos aborígenes por el olvido al que los hemos condenado, por no valorarlos ni darles el lugar que Dios y la Virgen les han dado.

 

ACTUAR
Traducir la Biblia y la liturgia a los idiomas nativos no es por afición académica, curiosidad etnológica, dinero, publicidad eclesial o demagogia, sino para que el pueblo tenga vida, la vida que Dios mismo le ha dado, y que parece irse perdiendo. Dios sembró aquí la cultura náhuatl y otras culturas, igualmente valiosas, y sería una irresponsabilidad de nuestra parte dejarlas perder. La Iglesia, a pesar de sus limitaciones y errores del pasado y del presente, quiere estar cerca de estos pueblos, amenazados en su misma existencia, para que vivan su identidad con confianza y seguridad.
Nuestros pueblos originarios tienen historia, cultura, son presente y futuro. No están condenados a desaparecer. No tienen por qué avergonzarse de su riqueza cultural. No son desechos en nuestro país. No son descartables. No son signo de atraso. Animémoslos a valorar lo que Dios y la Virgen quieren para ellos. Son esperanza. Tienen mucho que aportar a la sociedad. Dios, la Virgen y la Iglesia los necesitamos. Mexico no es México sin ellos. Ellos somos nosotros.

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