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Evangelio del día 14 de septiembre
Publicado por Admin el 14/9/2016 (157 lecturas)


Nuestra Señora de los Dolores
Memoria obligatoria – Blanco
1 Corintios 15, 1-11 / Juan 19, 25-27
Salmo responsorial Sal 117, 1-2. 16-17. 28
R/. “¡Den gracias al Señor, porque es bueno!”

Santoral:
Nuestra Señora de los Dolores
y Beato Rolando

Virgen Dolorosa

María, Madre del redentor, implora
para nosotros el don de la paz de Cristo.

Tú diste a luz al Salvador del mundo,
enviado a anunciar la paz a los cercanos
y lejanos y a reunir a los hombres
de toda raza y estirpe en una sola familia.

Escucha las súplicas de tus hijos,
por los pueblos que sufren, haz que pronto
claree para ellos el alba de la paz y de la vida nueva.

Virgen de los Dolores, acuérdate de cuantos
son víctimas de la guerra, haz que se unan
a los sufrimientos de Cristo, tu Hijo, ayúdales
a seguirlo por el camino del Calvario,
para descubrir en la Cruz el secreto
de una vida nueva, no ya sujeta a muerte.

Habla a los corazones de los responsables
de la suerte de los pueblos, que trabajen
por una paz duradera y benéfica.

Virgen gloriosa, Reina de la paz, reaviva
en todos los hombres la esperanza del encuentro
feliz con Dios, Señor de la paz y de la vida,
Padre de todos. Amén.



Liturgia - Lecturas del día


Jueves,
15 de septiembre de 2016

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

Esto es lo que predicamos, y esto es lo que ustedes han creído

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Corinto
15, 1-11

Hermanos:
Les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano.
Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Cefas y después a los Doce. Luego se apareció a mas de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.
Porque yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya, que he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de. Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. En resumen, tanto ellos como yo, predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
117, 1-2. 16-17. 28

R.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno!

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas.
No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

Tú eres mi Dios, y yo te doy gracias;
Dios mío, yo te glorifico. R.



EVANGELIO


Cuánto se dolía y padecía esa piadosa Madre,
contemplando las penas de su Hijo


a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan
19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre, con su hermana María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a su madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Y Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor.

Reflexión

1 Corintios 15,1-11: El capítulo 15 de esta Carta de Pablo es largo y trata de uno de los temas que se ve que preocupaban más a los griegos: la resurrección. Les resultaba difícil creer que vayamos a resucitar corporalmente. Su filosofía afirmaba que el alma es inmortal, pero no llegaba a concebir la resurrección del cuerpo: era una concepción dualista del ser humano, al contrario de la judía, que afirmaba una unidad mucho mayor en la persona humana.
Recordemos el fracaso de Pablo en su predicación de Atenas: le escucharon amablemente hasta el momento en que les empezó a hablar de la resurrección.
En la página de hoy el apóstol da testimonio de la verdad básica de la fe cristiana: que Cristo Jesús resucitó. Y la expone a modo de un credo breve, "el evangelio que os proclamé y en el que estáis fundados y que os está salvando", el que los Corintios acogieron: "que Cristo murió, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, que se apareció...". Enumera una serie de apariciones del Resucitado, algunas narradas también por los evangelios y otras, no. Como la de los "quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía". También a él, "como a un aborto", se le apareció en el camino de Damasco.
Esto es lo que predica la Iglesia. Tanto él, que es también apóstol, aunque de distinta manera que los otros, como los demás. Unos y otros, lo que anuncian es la resurrección de Jesús. Y ya entonces, la base en la que se apoya esta fe es la tradición: lo que le han transmitido a él a partir de Cristo es también lo que él y los demás van proclamando en todas las comunidades.
Cuando hablamos de "evangelización" queremos decir lo mismo que Pablo: la comunidad cristiana va anunciando que Jesús ha resucitado y sigue vivo, y que nosotros también estamos destinados a la vida, como nuestro Cabeza y Guía Jesús.
El salmo ya se alegraba en el AT: "dad gracias al Señor, porque es bueno. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor".
Ésta es la base de nuestra fe. Cristo ha vencido a la muerte. No se trata de un milagro más: es el acontecimiento por excelencia, en que Dios ha mostrado cuál es su programa de salvación, que empieza en Cristo y seguirá en nosotros. Tal vez también al hombre de hoy le siga costando entender esto, como a los griegos de entonces, llenos de otras sabidurías humanas. Pero los planes de Dios son distintos de los nuestros y su Espíritu sigue actuando, el Espíritu que es "dador de vida".
Eso creemos nosotros. Eso tenemos que predicar. ¿O nos entretenemos en otras verdades secundarias, preparatorias, sin llegar nunca a comunicar el meollo de nuestro credo cristiano, la glorificación de Cristo y nuestro destino de vida plena con él?

Jn. 19, 25-27. Estar junto a Jesús y dejarse contemplar por Él. Dejar que Él penetre hasta lo más íntimo de nosotros. Él descubre nuestras alegrías y tristezas; Él conoce de nuestra soledad y de nuestras esperanzas; ante Él nada puede ocultarse, pues penetra hasta la división entre alma y espíritu.
María, entregada por Jesús al discípulo amado; y el discípulo amado que acoge en su casa a María, se convierten para nosotros en la encomienda que el Señor quiere hacernos a quienes hemos de convertirnos en sus discípulos amados: Acoger a su Iglesia en nuestra casa, en nuestra familia, para que se convierta en una comunidad de fe, en un signo creíble del amor de Dios, en una comunidad que camine con una esperanza renovada.
Ciertamente la cruz, consecuencia de nuestro servicio en favor del Evangelio, a veces nos llena de dolor, angustia, persecución y muerte. Mientras no perdamos nuestra comunión con la Iglesia, podremos caminar con firmeza y permanecer fieles al Señor.
María, acogida en nuestro corazón, impulsará con su maternal intercesión nuestro testimonio de fe; pero nos quiere no en una relación personalista con ella y con Cristo, sino en una relación vivida en la comunión fraterna, capaz de ser luz puesta sobre el candelero para iluminar a todos, y no luz oculta cobardemente debajo de una olla opaca, viviendo en oración pero sin trascendencia hacia la vida. Así la fe no tiene sentido vivirse.
Si Cristo, si María, si la Iglesia están en nosotros, vivamos como testigos que den su vida para que todos disfruten de la Vida, de la salvación que Dios nos ha dado en Cristo Jesús, su Hijo.
Jesús nos ha reunido en torno a Él para que, juntos, celebremos su Misterio Pascual. Nosotros, como el siervo dispuesto a hacer la voluntad de su amor, estamos de pié ante Él para escuchar su Palabra y ponerla en práctica.
Nuestra actitud no es la de quedarnos sentados, como discípulos inútiles. Su Palabra, pronunciada sobre nosotros, nos invita a saber acoger a nuestro prójimo no sólo para hablarle del Reino de Dios, sino para hacérselo entender, para hacérselo cercano desde un corazón que se convierte en acompañamiento del Dios-con-nosotros, que camina con nosotros desde la Comunidad de creyentes en Cristo.
El trabajo por el Reino de Dios no se llevará adelante conforme a nuestras imaginaciones, sino conforme a las enseñanzas y al ejemplo que Cristo nos ha dado. Por eso, hemos de estar dispuestos a acoger en nuestro corazón a nuestro prójimo y a velar por él y a no abandonarlo ni a pasar de largo ante su dolor, ante su sufrimiento, ante las injusticias que padece.
Muchas veces contemplamos al pie de la cruz de Cristo a las mujeres abandonadas, injustamente tratadas, viudas o marginadas; vemos a muchos pobres fabricados por sistemas económicos injustos; vemos enviciados y envilecidos por mentes corruptas y ansiosas de dinero sin importarles la dignidad de sus semejantes. ¿Seremos capaces de acoger a toda esta gente para manifestarles, de un modo concreto, realista, que el Señor los sigue amando por medio nuestro?
Cristo nos ha confiado el cuidado de los demás para fortalecerlos, para ayudarlos a vivir con mayor dignidad, para proclamarles el Nombre del Señor. ¿Aceptaremos y cumpliremos con esta responsabilidad que el Señor ha querido confiarnos?
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de estar dispuestos, dispuestos a caminar en una fe de generosidad, de gran capacidad de acoger a los que sufren, a los pecadores, a los que han sido marginados, para que, disfrutando del amor que Dios quiere que todos poseamos, algún día seamos acogidos eternamente en la Casa del Padre Dios. Amén.

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