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Evangelio del día 23 de agosto - Ciclo C
Publicado por Admin el 23/8/2016 (194 lecturas)


Evangelio del día 23 de agosto - Ciclo C

Conserven fielmente, las tradiciones que aprendieron de nosotros

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica 2, 1-3a. 14-17



Acerca de la Venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, les rogamos, hermanos, que no se dejen perturbar fácilmente ni se alarmen, sea por anuncio proféticos, o por palabras o carta atribuidas a nosotros, que hacen creer que el Día del Señor ya ha llegado. Que nadie los engañe de ninguna manera.

Dios los llamó, por medio de nuestro Evangelio, para que posean la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, hermanos, manténgase firmes y conserven fielmente las tradiciones que aprendieron de nosotros, sea oralmente o por carta. Que nuestro Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena.



Palabra de Dios.





SALMO RESPONSOR

IAL 95, 10-13



R.

¡El Señor viene a gobernar la tierra!



Digan entre las naciones: «¡El Señor reina!

El mundo está firme y no vacilará.

El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R.



Alégrese el cielo y exulte la tierra,

Resuene el mar y todo lo que hay en él;

Regocíjese el campo con todos sus frutos. R.



Griten de gozo los árboles del bosque.

Griten de gozo delante del Señor,

Porque él viene a gobernar la tierra. R.



Él gobernará al mundo con justicia,

Y a los pueblos con su verdad.

El Señor viene a gobernar la tierra. R.







EVANGELIO



Hay que practicar esto. sin descuidar aquello



a

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

23, 23-26



Jesús habló diciendo:

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno! ¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así también quedará limpia por fuera.



Palabra del Señor.



Reflexión



2 Tesalonicenses 2,1-3.13-16: Se ve que uno de los puntos de la doctrina cristiana que no acabaron de entender los de Tesalónica fue el relativo a la Parusía, o sea, a la venida última, escatológica, de Jesús.

Dificultad que, probablemente, compartieron otros muchos en las primeras generaciones.

Pablo les pide que «no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones... como si el día del Señor estuviera encima». En otros pasajes de las cartas a los Tesalonicenses afirma que nadie sabe el día ni la hora. Aquí parece decir que no es inminente, y que no hagan caso de los rumores sobre visiones y revelaciones en ese sentido.

A lo largo de la historia, ha habido varios períodos en que se han agitado los ánimos sobre la posible inminencia del fin del mundo. Menos mal que, tal vez por los sucesivos fracasos de tales augurios, últimamente está el tema más pacífico. Pero sí sigue el afán de «supuestas revelaciones» y de apariciones con mensajes más o menos repetidos y turbadores.

Para nosotros, la revelación es la de Cristo Jesús, la que se contiene en el Evangelio y en la Escritura. Ahí es donde nos ha hablado Dios y nos ha dicho lo que quería decirnos.

Ahí es también donde nos ha dado su gran lección María, la Madre de Jesús, con su presencia junto al Hijo a lo largo de toda su historia de salvación. No necesitamos nuevas revelaciones.

Con relación al «fin del mundo», estamos en las manos de Dios. Jesús mismo nos dijo que no sabíamos el día ni la hora (cf. Mt 25,13). Vale para nosotros el consejo de Pablo: «manteneos firmes y conservad las tradiciones», «Dios nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza», y nos da fuerzas «para toda clase de palabras y de obras buenas». O sea, hay mucho que hacer todavía, antes del final.

Nos conviene mirar hacia delante, porque eso nos ayuda a enderezar nuestra ruta y a motivar nuestro trabajo. Pero sin ansias ni alarmas. Con vigilancia y con tensión, pero no con angustia. Por una parte, no sabemos cuándo será la Venida del Señor. Y, por otra, sabemos que viene cada día, si le sabemos descubrir. La fecha final no importa mucho. Lo que sí importa es cómo vamos haciendo el camino, con conciencia de pueblo peregrino, sin ciudadanía definitiva en este mundo, y cómo nos preparamos para el encuentro final.



Aldazabal
Enséñame Tus Caminos



Mt. 23, 23-26. Ojalá y nuestra justificación pudiese venir sólo por ser fieles cumplidores de la Ley, hasta en sus más mínimos detalles. Ojalá y en realidad fuéramos santos por arrodillarnos largas horas en la presencia de Dios. Podemos dar la impresión de ser rectos; pero tenemos que reportarnos a nuestro propio interior, a lo que ve Dios y sabemos nosotros como nuestra verdadera realidad personal. Vivir sin hipocresías nos ha de llevar a corregir aquello que llevamos en el corazón, para no ser sólo hombres de fe de pura fachada; para no ser mausoleos valiosos externamente, pero con el corazón lleno de carroña y podredumbre, de rapacidad y codicia. Ante el Señor, que conoce hasta lo más secreto de nuestro corazón, no cuenta lo exterior, sino el corazón; al Señor no podemos comprarlo, ni deslumbrarlo, ni seducirlo con exterioridades, pues la mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón. Por eso, pidámosle que nos llene de su justicia, de su misericordia y de su fidelidad; que nos revista, incluso, de su propio Hijo, para que todo lo que hagamos y digamos sea para glorificar su Nombre y para pasar haciendo el bien, no con actos que sean meramente externos, sino el fruto de la presencia del Señor en nosotros, sabiendo que, efectivamente, de la abundancia del corazón habla la boca.

En esta Eucaristía nos reunimos en torno al Señor para elevarle nuestros cantos de alabanza, glorificando su santo Nombre. Llenos de gratitud por habernos redimido, nos alegramos en su presencia porque se manifiesta como el Dios-con-nosotros. Tal vez, como lo hacemos diariamente, hoy venimos a su presencia para cumplir con algo que hemos convertido casi en un precepto sagrado. Junto con la asistencia a la Eucaristía, elevaremos, cumplidamente, algunas otras oraciones durante el día, como actos de piedad que nos hemos impuesto como una seria obligación. Damos la impresión de ser personas realmente unidas con el Señor. Ojalá y en verdad, al celebrar la Eucaristía vivamos una íntima comunión con Él, de tal forma que cambien nuestros criterios, pensamientos, palabras y obras, y no se queden en exterioridades inútiles, sino que sean el fruto del amor que Dios ha infundido en nosotros.

Por eso los que vivimos unidos a Cristo estamos llamados a luchar contra la corrupción, y a ser testigos de una auténtica caridad que se traduzca en una vida realmente justa, en misericordia hacia los desprotegidos, en fidelidad a nuestra alianza con el Señor, y al servicio al prójimo llevado a cabo dentro de un verdadero amor fraterno. Quienes creemos en Cristo no podemos orar pidiendo a Dios la paz, o rogando al Señor para que proteja a quienes están en peligro, o a quienes nosotros mismos hemos puesto en peligro a causa de que nuestro corazón, en lugar de tener a Dios se ha llenado de maldad, de odio; no podemos esperar que sea el Señor quien remedie los desequilibrios causado por nuestro afán de poder o de dinero viviendo ciegos ante el dolor de quienes nos rodean. Tratemos de no ser cristianos de fachada, aparentemente limpios por fuera pero por dentro llenos de rapacidad y de codicia. Seamos los primeros en pasar haciendo el bien a todos, siguiendo las huellas de Cristo, de tal forma que la justicia, la misericordia y la fidelidad sea lo que impulse nuestra vida para que, por ningún motivo, actuemos con hipocresías, sino con la sinceridad que nos viene de permanecer en Cristo Jesús.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con un corazón fiel al Señor, que nos haga ser un signo creíble de Él ante nuestros hermanos. Amén.



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