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Evangelio del día 22 de agosto
Publicado por Admin el 22/8/2016 (157 lecturas)


Memoria obligatoria – Blanco
2 Tesalonicenses 1, 1-5. 11b-12 / Mateo 23, 13-22
Salmo responsorial Sal 95. 1-5
R/. “¡Anuncien las maravillas del Señor!”

Santoral:
Nuestra Señora María Reina,
San Sigfrido y San Sinforiano

No permitas que...

No permitas que nada ni nadie destruya
ese don precioso que brilla dentro de ti.

No permitas que se termine el brillo
del amor en tu alma, porque quienes
te han amado tanto, aún, con el paso
del tiempo te siguen amando
y deseándote el bien.

Hazles el homenaje de no permitir que nadie
quiera doblegarte y someterte a su voluntad.
Ámate como ellos te han amado y respétate
como el divino sueño de Dios.

Reconoce en cada buen recuerdo
el germen de tu vida y corrige los errores
del hoy podando las hojas muertas
del árbol que sostiene tu historia.

Rodéate de luz y sé luz...

Descansa pero no te dejes caer.
No te dejes vencer por las corrientes
que parecen tan terribles, tan inefables,
no les des mayor atención de la que
debes darle, porque si todo el tiempo
piensas en las contrariedades de la vida,
terminarás confundiéndote
con lo mismo que no deseas.

Aunque parezca difícil emprender el camino
y parezca difícil avanzar, cuando hayas dado
varios pasos, estarás nuevamente andando
el sendero de la felicidad.

Recuérdalo siempre:
nunca es tarde para...
volver a empezar.



Liturgia - Lecturas del día


Lunes,
22 de Agosto de 2016

El Nombre del Señor será glorificado en ustedes,
y ustedes en Él

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Tesalónica
1, 1-5. 11b-12

Pablo, Silvano y Timoteo saludan a la Iglesia de Tesalónica, que está unida a Dios, nuestro Padre, y al Señor Jesucristo. Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Hermanos, siempre debemos dar gracias a Dios a causa de ustedes, y es justo que lo hagamos, porque la fe de ustedes progresa constantemente y se acrecienta el amor de cada uno hacia los demás. Tanto es así que, ante las Iglesias de Dios, nosotros nos sentimos orgullosos de ustedes, por la constancia y la fe con que soportan las persecuciones y contrariedades. En esto se manifiesta el justo Juicio de Dios, para que ustedes sean encontrados dignos del Reino de Dios por el cual tienen que sufrir.
Que Dios los haga dignos de su llamado, y lleve a término en ustedes, con su poder, todo buen propósito y toda acción inspirada en la fe. Así el Nombre del Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en Él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
95, 1-5

R.
¡Anuncien las maravillas del Señor!

Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre. R.

Día tras día, proclamen su victoria,
anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.

Porque el Señor es grande y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Los dioses de los pueblos no son más que apariencia,
pero el Señor hizo el cielo. R.



EVANGELIO

¡Ay de ustedes, guías ciegos!
a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
23, 13-22

Jesús habló diciendo:
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de, los Cielos! Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para conseguir un prosélito, y cuando lo han conseguido lo hacen dos veces más digno del infierno que ustedes!
¡Ay de ustedes, guías ciegos, que dicen: "Si se jura por el santuario, el juramento no vale; pero si se jura por el oro del santuario, entonces sí que vale"! ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante: el oro o el santuario que hace sagrado el oro? Ustedes dicen también: "Si se jura por el altar, el juramento no vale, pero vale si se jura por la ofrenda que está sobre el altar". ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar que hace sagrada esa ofrenda?
Ahora bien, jurar por el altar, es jurar por él y por todo lo que está sobre él. Jurar por el santuario, es jurar por él y por Aquél que lo habita. Jurar por el cielo, es jurar por el trono de Dios y por Aquél que está sentado en él.

Palabra del Señor.


Reflexión

2Tes. 1, 1-5. 11-12. El Reino de los cielos se acercó a nosotros y se hizo realidad dentro de nosotros. La presencia de Dios en nosotros impulsa nuestra vida no sólo a proclamar su Nombre, sino a dar testimonio de Él con un vida intachable. En medio de persecuciones y tribulaciones no hemos de dar marcha atrás en la esperanza de que al final seremos dignos del Reino eterno. Así con la vida, que camine en la fe y en el amor, ganaremos a todos para Cristo, pues no seremos unos hipócritas, como aquellos que dicen una cosa y hacen otra. Siendo fieles al amor de Dios toda nuestra vida se convertirá en una verdadera glorificación de su Santo Nombre y no motivo de que su Nombre sea denigrado ante las naciones. Vivamos y caminemos constantemente en el amor a Dios y en el amor al prójimo; si permanecemos fieles hasta el final entonces el Señor nos glorificará, pues su Gracia no habrá sido estéril en nosotros.

Sal. 96 (95). Lo antiguo, las tinieblas, el pecado han quedado atrás. Quienes hemos sido perdonados de nuestros pecados y vivimos unidos a Cristo resucitado y glorificado a la diestra del Padre Dios, no podemos continuar entonando el canto de la maldad, de la violencia, de la destrucción, de la injusticia, de la opresión, sino el canto nuevo del amor, de la bondad, de la misericordia, del perdón; entonces no seremos sólo nosotros los constructores de una nueva humanidad, sino el Espíritu Santo, que actuará en nosotros y desde nosotros como Autor del hombre renovado en Cristo, para gloria de Dios y para realizar el bien en medio de nuestro mundo, oprimido por los nuevos ídolos de la humanidad, que dejan vacíos y faltos de una verdadera dirección en la orientación de la vida a quienes se dejarnos atrapar y engañar por ellos. Quienes creemos en Cristo Jesús no podemos llevar una vida engañosa en el mundo. La firmeza de nuestra fe y el convencimiento profundo del amor convertido en servicio, que aliente nuestras esperanzas de ser mejores cada día y nos ponga en camino para lograrlas, hará que broten esos cánticos nuevos de buenas obras de quienes, dejando atrás sus esclavitudes al pecado, viven ahora como hijos de Dios.

Mt. 23, 13-22. Jesús es el Reino. Aceptar su Palabra; aceptarlo a Él, unir a Él nuestra vida y permanecer en Él como los miembros de un cuerpo permanecen unidos a la Cabeza, es aceptar hacernos parte de ese Reino. Entonces, a pesar de nuestra fidelidad a la Ley santa de Dios, sabremos que la salvación no es fruto de nuestras buenas obras, sino un don gratuito de Dios a nosotros. No queramos una Iglesia convertida en un grupo elitista. Todos estamos llamados a la santidad; todos podemos ser de Cristo. No cerremos la puerta del Reino a quienes no son de nuestra condición social, económica o cultural, o que no piensan como nosotros. Ganemos a todos para Cristo, no para que sean de nuestro grupo, tal vez egoísta, para después echarlos a perder con falsas interpretaciones de la Escritura, o con una vida falta de compromiso en la fe que decimos tener. Si le hemos entregado a Cristo nuestra vida, no pensemos que le dimos lo externo a nosotros, sino nuestro corazón para que habite en Él y nos consagre como ofrenda agradable a sus ojos, más valiosa que todo el oro y los templos de piedra que haya en el mundo.
Vamos tras las huellas de Cristo. El hombre de una fe verdadera y acendrada no puede sólo formularse bueno propósitos, sino que debe emprender el camino de la fe, tal vez arduo, sembrado de dificultades y amenazado por grandes persecuciones y tribulaciones. Hay Alguien que va delante nuestro: Cristo Jesús. Él nos contempla con gran amor y nos ha comunicado su Espíritu Santo para que no seamos derrotados por el pecado, sino para que, a pesar de la entrega de nuestra vida en amor a Él y en amor a nuestros hermanos, estemos seguros de que nos levantaremos con la Victoria de Cristo como personas renovadas y glorificadas junto con Él. La Eucaristía que hoy celebramos hace realidad en nosotros la Comunión de Vida y de Espíritus con el Señor de la historia y de la Iglesia para que no tengamos miedo, pues Él ha vencido al mundo mediante la entrega de su propia Vida. Ese es el camino victorioso de quienes entramos en Comunión de Vida con Cristo Jesús, Hermano y Señor nuestro.
El Señor espera de su Iglesia un auténtico servicio en el amor fraterno a la humanidad entera, buscando, no intereses turbios, sino sólo la salvación de todos. Cristo pasó haciendo el bien y nadie pudo echarle en cara un pecado. Y el Señor nos ha enviado a continuar su obra salvadora en el mundo. No podemos difundir el Evangelio, buscando que todos vuelvan a Dios y formemos una sola Iglesia, teniendo todos a Cristo por Cabeza y por único Pastor de su Pueblo, para después hacer más dignos de condenación a los convertidos por darles ocasión de escándalo, a causa de no concordar nuestra vida y nuestras obras con el Evangelio anunciado con los labios. Dios quiere santificarnos a todos. Seamos los primeros en permitir a Dios llevar adelante esa obra de salvación en nosotros. Si un día aceptamos su Alianza de amor y, unidos a Cristo por la fe y por el Bautismo, en Él fuimos hechos hijos de Dios y participamos de su mismo Espíritu, no hagamos a un lado nuestras promesas, pues nuestro sí no es un simple juego sino todo un compromiso que exige fidelidad.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir con lealtad nuestra fe. Amén.

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