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Evangelio del día 19 de agosto
Publicado por Admin el 19/8/2016 (157 lecturas)


Huesos secos, escuchen la palabra del Señor:
Los haré salir de sus tumbas, casa de Israel

Lectura de la profecía de Ezequiel
37, 1-14

La mano del Señor se posó sobre mí, y el Señor me sacó afuera por medio de su espíritu y me puso en el valle, que estaba lleno de huesos. Luego me hizo pasar a través de ellos en todas las direcciones, y vi que los huesos tendidos en el valle eran muy numerosos Y estaban resecos.
El Señor me dijo: «Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?»
Yo respondí: «Tú lo sabes, Señor».
Él me dijo: «Profetiza sobre estos huesos, diciéndoles: "Huesos secos, escuchen la palabra del Señor. Así habla el Señor a estos huesos: Yo voy a hacer que un espíritu penetre en ustedes, y vivirán. Pondré nervios en ustedes, haré crecer carne sobre ustedes, los recubriré de piel, les infundiré un espíritu, y vivirán. Así sabrán que Yo soy el Señor"».
Yo profeticé como se me había ordenado, y mientras profetizaba, se produjo un temblor, y los huesos se juntaron unos con otros. Al mirar, vi que los huesos se cubrían de nervios, que brotaba la carne y se recubrían de piel, pero no había espíritu en ellos.
Entonces el Señor me dijo: «Convoca proféticamente al espíritu, profetiza, hijo de hombre, tú dirás al espíritu: "Así habla, el Señor: Ven, espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que revivan"».
Yo profeticé como Él me lo había ordenado, y el espíritu penetró en ellos. Así revivieron y se incorporaron sobre sus pies. Era un ejército inmenso.
Luego el Señor me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos dicen: "Se han secado nuestros huesos y se ha desvanecido nuestra esperanza. ¡Estamos perdidos!" Por eso, profetiza diciéndoles: "Así habla el Señor:
Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, Pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi Pueblo, sabrán que Yo soy el Señor. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré"».

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
106, 2-9

R.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno!

Que lo digan los redimidos por el Señor,
los que Él rescató del poder del enemigo
y congregó de todas las regiones:
del norte y del sur, del oriente y el occidente. R.

Los que iban errantes por el desierto solitario,
sin hallar el camino hacia un lugar habitable.
Estaban hambrientos, tenían sed
y ya les faltaba el aliento. R.

Pero en la angustia invocaron al Señor,
y Él los libró de sus tribulaciones:
los llevó por el camino recto,
y así llegaron a un lugar habitable. R.

Den gracias al Señor por su misericordia
y por sus maravillas en favor de los hombres,
porque Él sació a los que sufrían sed
y colmó de bienes a los hambrientos. R.



EVANGELIO

Amarás al Señor, tu Dios,
y a tu prójimo como a ti mismo

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

Reflexión

Ez. 37, 1-14. En medio de un mundo que hace agua por todas partes; en medio de muchas ilusiones perdidas, el Señor envía a su Iglesia como Profeta, no sólo para anunciar palabras de consuelo, sino para hacer realidad la restauración y la salvación de la humanidad. El Señor lo dice y lo hace. Hemos de creer en el poder salvador de Aquel que es la Palabra que ha plantado su tienda de campaña en medio de las nuestras.
Cuando, proclamando el Nombre de Dios, también nos preocupemos por realizar el bien a nuestro prójimo esforzándonos denodadamente por lograrlo, hemos de ser conscientes de que no somos nosotros, sino el Poder del Señor, que actúa a través de su Pueblo, el que llevará a cabo su obra salvadora entre nosotros. Por eso no ideologicemos el anuncio del Evangelio, sino vivamos fieles a Aquel que nos llamó y nos envió para que sigamos sus huellas y no la de líderes meramente humanos.

Sal. 107 (106). El Señor jamás se olvida de nosotros. Él quiere conducirnos hacia la posesión de los bienes definitivos. Pero no por eso nos llena la cabeza con esa ilusión, abandonándonos a nuestra suerte mientras caminamos, angustiados, por este mundo. Nuestro Dios llama, no sólo a un pueblo, sino a las gentes de los cuatro puntos cardinales para que hagamos nuestra su Vida y su Misión, la que le confió a su Hijo cuando lo envió como Salvador nuestro. Así la Iglesia tiene la misión de confortar al abatido, de socorrer al necesitado, de fortalecer las manos cansadas y las rodillas vacilantes.
No podemos permanecer indiferentes ante aquellos que sufren hambre y sed, o que se le va agotando la vida, o que andan errantes, como ovejas sin pastor por un desierto solitario, desorientados ante tantas invitaciones falsas de felicidad o de realización personal. El Señor espera de quienes creemos en Él que, dóciles a su Espíritu, seamos capaces de detenernos ante las angustias de los que sufren, arrancarlos de sus tribulaciones y guiarlos con seguridad, no sólo hacia la posesión de una vida más digna en este mundo, sino también hacia la posesión de los bienes definitivos.

Mt. 22, 34-40. Cuando alguien canta lo hace en torno a una nota fundamental que le da firmeza a su canto, tejiendo notas y más notas en torno a ese tono que sabe que es el que puede alcanzar fácilmente sin deteriorar su voz. Ese es el "Cantus Firmus" del trovador. Y el "Cantus Firmus del cristiano es el amor. En torno a Él se teje toda la vida del hombre de fe en su relación con Dios y en su relación con el prójimo.
Los mandamientos de la Ley, si no tienen ese sentido del amor se convierten en letra muerta, que a pesar de ser cumplida puntualmente, se quedaría sin el auténtico sentido que nace del darlo todo en amor a Dios y de servir al prójimo en un amor igual al que nosotros recibimos en Cristo Jesús. Ama, ama y haz lo que quieras; pues entonces jamás te convertirás en un hipócrita ni en un malvado.
El Señor nos ha convocado a esta Eucaristía no sólo para hablarnos al oído del amor que nos tiene, sino para hacernos experimentar ese amor; pues, efectivamente, Él da su vida como rescate nuestro para liberarnos de la esclavitud del pecado, para hacernos hijos de Dios y llamarnos a participar eternamente de la Gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre.
Él sabe que muchas veces no sólo se han secado nuestros huesos, sino que se nos ha secado el alma y vivimos angustiados y desorientados como ovejas sin pastor. Pero Él jamás se ha olvidado de nosotros. Él ha entregado su vida para restaurarnos y ha infundido su Espíritu en nosotros para que no sólo volvamos a la vida de hijos de Dios, sino para que también colaboremos en la construcción de su Reino entre nosotros.
¿Volverá la vida en medio de nuestras arideces? ¿Florecerán nuestros desiertos? Cuando se pierden la fe y la esperanza, el amor languidece; entonces se vaga sin sentido por la vida. Muchos han convertido en autómatas a sus hermanos, haciendo de ellos sólo un engranaje de la máquina productiva para lograr sus intereses egoístas.
Los que creemos en Cristo no podemos cerrar los ojos ante los huesos de nuestro prójimo, calcinados por la injusticia, por el egoísmo, por sistemas económicos injustos. El Señor ha derramado su Espíritu en nosotros para que nos pongamos en pie y amemos a nuestro prójimo en la misma medida en que nosotros hemos sido amados por Él.
Vivamos con lealtad esta misión que Dios nos ha confiado, pues el Señor no sólo nos liberó de nuestras esclavitudes y nos dio su Vida, sino que nos ha enviado a proclamar su Evangelio, no sólo con los labios, sino con la vida misma.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser fieles a la vida y al Espíritu que Él ha infundido en nosotros, no sólo para que los disfrutemos, sino para que también los hagamos llegar a las gentes de los cuatro puntos cardinales. Amén.

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