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Evangelio del día 17 de agosto
Publicado por Admin el 17/8/2016 (229 lecturas)


Ezequiel 34, 1-11 / Mateo 19, 30—20, 16
Salmo responsorial Sal 22, 1-6
R/. “¡El Señor es mi pastor, nada me puede faltar!”

Santoral:
San Jacinto de Cracovia,
San Liberato y San Agapito

Eternidad...

Lo que tengo no me pertenece, aunque forme
parte de mí. Todo lo que soy me fue prestado
por el Creador, para que pueda repartir
con aquellos que entran en mi vida.

Nadie cruza nuestro camino por casualidad.
Y nosotros no entramos en la vida de alguien
sin ninguna razón.

Hay mucho para dar y recibir.
Mucho para aprender, con experiencias
positivas o negativas.

Es eso... intenta ver las cosas negativas
que te pasan como algo que sucede por alguna razón.
Y no te lamentes de lo ocurrido, además,
reclamar no te servirá de nada, y te vendará los ojos
para continuar tu camino.

Cuando no conseguimos olvidarnos que alguien
nos lastimó, estamos reviviendo la herida,
haciéndola, muchas veces, mayor
que la que teníamos antes.

No siempre las personas nos lastiman intencionalmente.
Muchas veces, nos sentimos heridos, pero la otra
persona ni siquiera se dio cuenta de esa situación,
y nos decepcionamos porque aquella persona
no cumplió nuestras expectativas.

¡Nuestras expectativas!
¿Y sabemos cuáles eran las expectativas de la otra persona?
A nosotros nos decepcionan, y nosotros decepcionamos
a los demás, pero, claro, es más fácil pensar
en las cosas que nos duelen a nosotros.

Cuando alguien nos dice que nos lastimó
sin intención, créele, te va a hacer bien.
Y así, tal vez, te entenderán cuando digas
sinceramente, “fue sin querer.”

Da lo mejor que puedas de ti.
Cuando te vayas, la única cosa que dejarás
es el recuerdo de lo que hiciste aquí.

Sé bueno, intenta dar siempre el primer paso,
nunca niegues una ayuda que esté a tu alcance,
perdona y da lo mejor de ti mismo.
Se una bendición. Dios no viene en persona
para bendecirnos. Él usa a los que están
dispuestos a cumplir la misión.

Todos podemos ser ángeles.
La eternidad está en nuestras manos.
Viví de manera que cuando ya no estés,
gran parte de ti continúe en aquellos
que tuvieron la fortuna de encontrarte.



Liturgia - Lecturas del día


Miércoles,
17 de Agosto de 2016

Arrancaré las ovejas de su boca,
y nunca más ellas serán su presa

Lectura de la profecía de Ezequiel
34, 1-11

La palabra del Señor me llegó en estos términos: «¡Profetiza, hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel! Tú dirás a esos pastores: Así habla el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿Acaso los pastores no deben apacentar el rebaño? Pero ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas, y no apacientan el rebaño. No han fortalecido a la oveja débil, no han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho volver a la descarriada, ni han buscado a la que estaba perdida. Al contrario, las han dominado con rigor y crueldad. Ellas se han dispersado por falta de pastor, y se han convertido en presa de todas las bestias salvajes. Mis ovejas se han dispersado, y andan errantes por todas las montañas y por todas las colinas elevadas. ¡Mis ovejas están dispersas por toda la tierra, y nadie se ocupa de ellas ni trata de buscarlas!
Por eso, pastores, oigan la palabra del Señor. Lo juro por mi vida -oráculo del Señor-: Porque mis ovejas han sido expuestas a la depredación y se han convertido en presa de todas las fieras salvajes por falta de pastor; porque mis pastores no cuidan a mis ovejas; porque ellos se apacientan a sí mismos, y no a mis ovejas; por eso, pastores, escuchen la palabra del Señor: Así habla el Señor: Aquí estoy Yo contra los pastores. Yo buscaré a mis ovejas para quitárselas de sus manos, y no les dejaré apacentar mi rebaño. Así los pastores no se apacentarán más a sí mismos. Arrancaré a las ovejas de su boca, y nunca más ellas serán su presa».
Porque así habla el Señor: «¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él».

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
22, 1-6

R.
¡El Señor es mi pastor, nada me puede faltar!

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal, porque Tu estas conmIgo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.



EVANGELIO

¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
19, 30-20, 16

Jesús dijo a sus discípulos:
Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros. Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envíó a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: «Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Y ellos fueron.
Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: «¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?» Ellos les respondieron: «Nadie nos ha contratado». Entonces les dijo: «Vayan también ustedes a mi viña».
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: «Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros».
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: «Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada».
El propietario respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿O no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?»
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.

Palabra del Señor.

Reflexión

Ez. 34, 1-11. Un papel preponderante ocupa en la Iglesia aquel que ha sido elegido por Dios como Pastor de su pueblo. Debe velar por aquellos que le han sido confiados. Más que un honor es una grave responsabilidad de procurar en todo el bien de los suyos, aún a costa de entregar la propia vida.
Ya el Señor nos dirá: No voy a perder ni uno sólo de aquellos que el Padre puso en mis manos. Aquel que, sabiendo cuál es la responsabilidad que se le ha confiado, y que en lugar de cumplirla se dedique a escandalizar, a oprimir y a explotar a los suyos, no puede decirse un buen pastor, a imagen de Cristo, aun cuando aparente un gran interés pastoral a favor de la Iglesia, pues detrás de esas hipocresías se encontrará su egoísmo, que le llevará a querer aprovecharse de los demás.
Seamos, como Iglesia, signo de la cercanía amorosa de Dios para el mundo entero, buscando en todo el bien de nuestro prójimo; aceptando todos los riesgos que nos vengan por amar con el mismo estilo con que nosotros hemos sido amados por Dios.

Sal. 23 (22). El Señor se ha convertido para nosotros en el Buen Pastor desde el día en que fuimos sumergidos en la fuente bautismal, en que se nos comunicó su Espíritu de amor, de alegría y de paz.
El Señor vela por nosotros con el mismo amor que un Padre vela por sus hijos.
El mismo Dios nos ha preparado la mesa de su Palabra y de su Eucaristía, para enseñarnos el camino del bien y fortalecernos e iniciarnos en el seguimiento del mismo, sabiendo que, ungidos con el perfume del Espíritu Santo, el Señor nos acompaña para que no tropecemos, ni demos marcha atrás en el seguimiento de Aquel que nos ha precedido en la Gloria cargando su Cruz.
Si en verdad queremos vivir en la casa del Señor por años sin término, dejemos que Él lleve a cabo su obra salvadora en nosotros.

Mt. 20, 1-16. Grande es el amor de Dios.
Él no actúa conforme a nuestros intereses mezquinos. Para Él todos valemos el precio pagado con la Sangre del Cordero Inmaculado. Los que jamás se alejaron de la presencia del Señor y le han vivido en una fidelidad indefectible, (¿habrá alguno fuera de Cristo y María?), debe saber acoger a los demás en el seno de la Comunidad de fe, con la misma alegría del Padre Bueno y Misericordioso, que se alegra porque su hijo, que estaba perdido ha sido encontrado, que estaba muerto y ha vuelto a la vida.
Nadie tiene derecho de ponerse celoso porque Dios es bueno con todos. Puestos en manos de Dios seamos fieles a Él. Teniendo en nosotros el amor de Dios, amemos a nuestro prójimo como Dios nos ha amado a nosotros.
El Señor convoca a todos a la participación del Banquete Pascual de su amor.
Él se alegra por nosotros. Para Él no hay distinción de personas, pues nosotros vemos lo exterior, y tal vez eso hace que no respetemos, sino que despreciemos a los demás. Pero el Señor ve nuestros corazones; sabe que somos pecadores, y al amarnos, quiere perdonarnos, pues no quiere la muerte de pecador, sino que se convierta, se salve y viva para siempre.
Habiendo entregado su vida por nuestra salvación el Señor hoy nos sienta a su Mesa, nos instruye con su Palabra salvadora, y con fortalece con el Pan de Vida eterna, para que vayamos y demos testimonio de su amor y de lo misericordioso que ha sido Dios para con nosotros. Sea Él bendito ahora y siempre.
El Señor quiere que a su Iglesia no le interesen las cosas de los demás, sino su persona para trabajar por su salvación.
El Señor nos envió a Evangelizar y a salvar todo lo que se había perdido.
Jesucristo es el Centro de la Acción de la Iglesia. Hacerlo cercano a los demás como Salvador debe ser lo que impulse constantemente nuestra vida. Por eso no podemos, a Nombre de Cristo, acercarnos a los demás, no tanto para proclamarles el Evangelio, sino para aparentar que les hablamos del Señor y oramos con ellos y por ellos, pero con la mirada puesta en sus bienes para arrebatárselos, haciéndoles creer de una y mil formas, que así ayudan a la Iglesia, o a los grupos o Institutos a los que pertenecemos y en los que vivimos, aprovechándonos de la buena fe de los demás para nuestros turbios intereses, o para generara flojeras entre nosotros.
El Señor nos pide caminar como testigos de su amor y de su Evangelio, libres de todas estas tentaciones y esclavitudes.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia de saber convertirnos en un signo verdadero, claro y creíble, de su amor en el mundo. Amén.

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