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El sentido cristiano del trabajo
Publicado por Admin el 29/7/2016 (3813 lecturas)
Tony Mifsud s.j.

Director, Centro de ?tica

Universidad Alberto Hurtado


En el horizonte de la comprensi?n cristiana, el trabajo humano no es considerado ?ni un castigo ni una maldici?n?[1], sino que ?representa una dimensi?n fundamental de la existencia humana no s?lo como participaci?n en la obra de creaci?n, sino tambi?n de la redenci?n?[2].

En la enc?clica social Laborem Exercens se destaca esta primera dimensi?n teol?gica del trabajo como una participaci?n y prolongaci?n en la obra del Dios Creador. ?En la palabra de la divina Revelaci?n est? inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador, y seg?n la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, contin?a desarroll?ndola y la completa, avanzando cada vez m?s en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado?[3]. Este es, en palabras de Juan Pablo II, el Evangelio del Trabajo, ya que el trabajo humano se abre a la posibilidad de participar en la obra de la creaci?n.



Sin embargo, la rebeld?a de la creatura frente a su Creador introduce en la historia humana la segunda dimensi?n de la redenci?n debido a la triple ruptura del ser humano con Dios, con el otro y con el medio ambiente[4]. Por consiguiente, el trabajo, sin perder su sentido original de participaci?n y de cooperaci?n en la obra creadora[5], se encuentra ahora dificultado, en palabras del G?nesis, por la presencia de la ?fatiga? y el ?sudor?[6], ya que la convivencia humana se ha apartado del plan original del Creador y ha cedido a la tentaci?n de la explotaci?n humana, haciendo del trabajo tambi?n una ocasi?n de opresi?n del ser humano sobre otro ser humano.



As?, el trabajo humano constituye una participaci?n en la creaci?n, pero necesitado de la redenci?n debido a la actitud pecaminosa de la explotaci?n presente en la historia humana. Este camino de hacer de esta historia humana una de salvaci?n, acorde al designio de Dios Creador, pasa por rescatar la subjetividad del trabajo, es decir, el reconocimiento de que el valor del trabajo reside en el trabajador.



?El trabajo?, en palabras del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, ?independientemente de su mayor o menor valor objetivo, es expresi?n esencial de la persona, es actus personae?; por consiguiente, ?la persona es la medida de la dignidad del trabajo?. As?, ?la subjetividad confiere al trabajo su peculiar dignidad, que impide considerarlo como una simple mercanc?a o un elemento impersonal de la organizaci?n productiva?[7].



La persona es el sujeto del trabajo, es decir, el valor del trabajo reside en el trabajador y no en el trabajo en s?; por consiguiente, todo trabajo tiene un valor en s? mismo debido a la presencia humana de aquel que lo realiza. As?, el primer fundamento del valor del trabajo es la persona humana, su sujeto. La condici?n de trabajador no deber?a ni ocultar ni obviar la presencia de la persona humana que realiza el trabajo, y, por ello, independientemente del trabajo que se realiza, merece siempre ser tratado con el respeto y la dignidad debida a todo y cada ser humano. Juan Pablo II resume este principio ?tico-teol?gico b?sico cuando afirma que el sujeto propio del trabajo es la persona humana, imagen y semejanza del Creador.



Esto significa que el ser humano no puede ser un esclavo del trabajo, lo cual tiene una evidente aplicaci?n social, ya que un trabajo indebidamente remunerado es una expresi?n moderna de la antigua esclavitud. Pero tambi?n habr?a que resaltar su aplicaci?n personal en el sentido de que uno trabaja para vivir y no vive para trabajar, ya que en este segunda caso tambi?n se hace a s? mismo un esclavo del trabajo.



De esta afirmaci?n central sobre la subjetividad del trabajo se pueden sacar dos consecuencias. En primer lugar, resulta inaceptable cualquier intento de reducir a la persona trabajadora a un simple instrumento de producci?n, porque el trabajo tiene una prioridad sobre el capital en el contexto de una necesaria relaci?n de complementariedad entre ambos.[8] As? tambi?n, los conflictos laborales no pueden reducirse a constituir tan s?lo problemas t?cnicos, porque dicen relaci?n a una realidad humana. Por lo contrario, s?lo en cuanto no se pierde este horizonte antropol?gico ser? posible encontrar la mediaci?n t?cnica necesaria para dar respuesta a un problema humano.



Esto llega a tener una importancia decisiva en nuestro tiempo porque existe la tendencia de reducir la sociedad a un mercado, y, entonces, el trabajo deja de ser el ?nico creador de valor econ?mico ya que lo central en el proceso econ?mico llega a ser el mercado, que es impersonal por definici?n. Por ello, el Compendio de Doctrina Social subraya que pueden ?cambiar las formas hist?ricas en las que se expresa el trabajo humano, pero no deben cambiar sus exigencias permanentes, que se resumen en el respeto de los derechos inalienables de la persona que trabaja?[9].



En segundo lugar, esto tambi?n implica y exige la superaci?n de una mentalidad clasista todav?a existente en la sociedad, porque uno no es m?s persona que otra por desempe?ar un cierto tipo de trabajo y, correlativamente, tampoco uno merece menor reconocimiento en la sociedad por desempe?ar un trabajo malamente llamado ?humilde?.



En la antig?edad y en la edad media hubo socialmente un desprecio por el trabajo, adjudicado a clases bajas o visto como un castigo y una penitencia. Se estima que la reivindicaci?n del trabajo como valor social empez? con los luteranos y con los calvinistas, en los inicios del capitalismo, pero reci?n en el siglo XIX se difundi? plenamente en Europa Occidental y los Estados Unidos la moral laboral, m?s entre la clase media que en la aristocracia y los obreros.[10]



San Alberto Hurtado (1901 ? 1952) denunci? fuerte y claramente este clasismo laboral. ?Durante siglos?, escribe San Alberto, ?se despreci? el trabajo, sobre todo el trabajo manual, propio de los esclavos. Hay obras ? se ha afirmado ? que no hace un caballero?[11]. Sin embargo, prosigue el Padre Hurtado, ?por el trabajo el hombre da lo mejor que tiene: su actividad personal, algo suyo, lo m?s suyo, no su dinero, sus bienes, sino su esfuerzo, su vida misma?[12].



?El trabajo?, explica el Padre Hurtado, ?es un esfuerzo personal, pues, por ?l, el hombre da lo mejor que tiene: su propia actividad, que vale m?s que su dinero. Con raz?n los trabajadores se ofenden ante quienes consideran su tarea como algo sin valor, desprecian su esfuerzo no obstante que se aprovechan de sus resultados. Igualmente sienten cuan injusto es que pretendan hacerlos sentir que ellos viven porque la sociedad bondadosamente les procura un empleo. M?s cierto es decir que la sociedad vive por el trabajo de sus ciudadanos?[13].



Pero tambi?n es preciso insistir en la realizaci?n del buen trabajo, acorde a la dignidad de su sujeto. En cierto sentido, el trabajo es la prolongaci?n del trabajador y, por ello, habr?a que cuidar e insistir en la obligaci?n ?tica de la realizaci?n de un buen trabajo porque es una expresi?n de la misma persona que lo realiza. Adem?s, mediante el trabajo uno est? prestando un servicio a la sociedad, satisfaciendo sus necesidades. As?, el buen trabajo resalta la dignidad del trabajador y su comprensi?n como un servicio a la sociedad.



En la Laborem Exercens, Juan Pablo II subraya que ?el hombre debe trabajar por respeto al pr?jimo, especialmente por respeto a la propia familia, pero tambi?n a la sociedad a la que pertenece, a la naci?n de la que es hijo o hija, a la entera familia humana de la que es miembro, ya que es heredero del trabajo de generaciones y al mismo tiempo coart?fice del futuro de aquellos que vendr?n despu?s de ?l con el sucederse de la historia. Todo esto constituye la obligaci?n moral del trabajo, entendido en su m?s amplia acepci?n?[14].



Al respecto, San Alberto Hurtado contrapone la figura del buen trabajador con la del par?sito. ?Moralmente?, escribe, ?todos est?n obligados a trabajar, a menos que la edad o la salud se lo impidan. El trabajo ser? el medio por el cual proveer? a sus necesidades, de lo contrario se convertir? en par?sito; y tambi?n el medio de cumplir con las obligaciones de caridad consigo mismo, evitando los peligros de la pereza y desarrollando sus facultades, y de la caridad con el pr?jimo al cual ayudar? con su esfuerzo que tiene siempre una finalidad social. (?) Esta obligaci?n de trabajar comprende tambi?n al rico, porque tambi?n para ?l valen las razones dadas. Si no tiene una profesi?n lucrativa, que emplee su tiempo en forma seriamente ?til para los dem?s?[15].



A partir de la enc?clica Laborem Exercens, el tema del trabajo ocupa un lugar central en la Doctrina Social de la Iglesia. El mismo Juan Pablo II escribe que ?el trabajo humana es una clave, quiz?s la clave esencial, de toda la cuesti?n social?, y, por ello, ?adquiere una importancia fundamental y decisiva?[16].



Este lugar privilegiado otorgado al tema del trabajo se verifica en la afirmaci?n de que ?la justicia de un sistema socio-econ?mico y, en todo caso, su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados seg?n el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema?. La raz?n es que ?la remuneraci?n del trabajo sigue siendo una v?a concreta, a trav?s de la cual la gran mayor?a de las personas puede acceder a los bienes que est?n destinados al uso com?n?. Por consiguiente, ?precisamente el salario justo se convierte en todo caso en la verificaci?n concreta de la justicia de todo el sistema socio-econ?mico, y, de todos modos, de su justo funcionamiento?. Evidentemente, ?no es esta la ?nica verificaci?n, pero es particularmente importante y es en cierto sentido la verificaci?n clave?[17].



El trabajo forma parte muy importante de la vida cotidiana de todo ser humano. Por ello, estos ?ltimos a?os la reflexi?n teol?gica viene insistiendo sobre la espiritualidad del trabajo. El trabajo no es un par?ntesis en la vida del cristiano sino forma parte de su cristianismo y llega a ser tambi?n un camino de santidad.



Ya San Alberto Hurtado, en 1947, habl? de una aut?ntica m?stica del trabajo. ?No puede haber escisi?n entre su vida religiosa y su vida profesional?, escribe el santo. ?En su trabajo cotidiano se santifican y tienen conciencia que mediante ?l est?n construyendo la ciudad terrestre, y colaborando con Dios en el plan de redenci?n sobrenatural?. Este mismo horizonte religioso se torna, a la vez, un compromiso ?tico porque el trabajador es ?un luchador que exige respeto para su persona, pues, tiene conciencia de lo que significa ser hombre e hijo de Dios; batalla por conseguir, en uni?n con los otros trabajadores, las condiciones de una vida respetable, pues sabe que se le deben en justicia como recompensa de un esfuerzo que ?l realiza con honradez, devoci?n, alegr?a y esp?ritu de servicio social?[18].



[1] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, (2004), No 256.

[2] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, (2004), No 263.

[3] Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 25.

[4] Cf. G?n 3, 8 ? 19.

[5] Cf. G?n 1, 28.

[6] Cf. G?n 3, 17 ? 19.

[7] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, (2004), No 271.

[8] Cf. Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), Nos 5, 6, 7, 15, 23.

[9] Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, (2004), No 319.

[10] Cf. AA.VV., El trabajo del futuro ? el futuro del trabajo, (Buenos Aires: CLACSO, 2001), p. 12.

[11] Alberto Hurtado s.j., ?Humanismo social?, (1947), en Padre Hurtado: Obras Completas, Tomo II, (Santiago: Ediciones Dolmen, 2001), p. 287.

[12] Alberto Hurtado s.j., Humanismo social, (1947), p. 287.

[13] P. Miranda, Moral Social: obra p?stuma de Alberto Hurtado, S.J., (Santiago: Ediciones Universidad Cat?lica de Chile, 2004), p. 229.

[14] Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 16.

[15] P. Miranda, Moral Social: obra p?stuma de Alberto Hurtado, S.J., (Santiago: Ediciones Universidad Cat?lica de Chile, 2004), p. 231.

[16] Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 3.

[17] Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 19.

[18] Alberto Hurtado s.j., Humanismo social, (1947), p. 294.
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