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EN TORNO AL AMOR
Publicado por Admin el 5/2/2010 (1443 lecturas)
Jorge Yarce

El amor ha sido, en la historia humana el ser de los muchos nombres: eros, amistad, ?gape, entrega, don. Y siempre las palabras se quedaron cortas, no alcanzaron a decirlo con hondura la realidad vivida del amor. Porque es m?s f?cil vivirlo que expresarlo. A?n as?, vivirlo es arriesgadamente dif?cil porque no sacia, ni acaba ni tiene medida. Su medida es serlo sin medida, lo inefable para el hombre.

El amor como objeto de desprecio -algo rom?ntico, inalcanzable- se vive en el desbordamiento er?tico. El juego peligroso del sexo sin intimidad conduce inexorablemente al olvido del recato y a la confusi?n de sexo (amor instintivo), eros (amor sensible) y ?gape (amor de entrega). Surge de ah? una generaci?n de mirones. La mirada, que es el balc?n de la intimidad, se convierte audazmente en instrumento aniquilador de la intimidad y en oscuro designio que revela los extremos bajos de la condici?n humana. De acogedora, la mirada pasa a ser conflictiva, seductora.

El amor como objeto de compasi?n es una forma vital del desaliento. Cuando no se cree en el amor que viven los dem?s es porque no se cree en el amor que vive uno mismo. Esta compasi?n proyecta un fondo vital de hipocres?a: pensar de una manera y vivir de otra. Es decir, la m?s radical consecuencia del desaliento: la p?rdida de la unidad, que crea un abismo entre lo que se quiere y lo que se hace. El amor despierta asombro y perplejidad. Presente en todas las latitudes humanas, todo hombre ama de alg?n modo y sabe lo que eso significa. Pero los frutos del amor, sus abismos y sus cumbres asustan a menudo y manifiestan la inseguridad del hombre.

Sinceridad ante el amor

El lenguaje clamoroso sobre el amor es resultado de la perplejidad humana ante esta realidad. No es simple curiosidad superficial. A veces el lenguaje simb?lico de las j?venes generaciones es algo m?s que un signo rom?ntico. Desde la protesta que usa las flores hasta la que emplea dosis masiva de hero?na hay un mismo hilo conductor: los problemas del amor.

Hay un c?mulo de vivencias que desatan mecanismos diferentes pero todas ellas ponen en juego la vida, propia y ajena, la libertad, la verdad. El fen?meno que m?s influye en todas estas situaciones es el hecho amoroso. Hay que olvidarse de todo, menos del amor: se puede perder todo menos el amor.

En el fondo de toda actitud joven ante el amor hay un valor gen?rico, la sinceridad. Inicialmente abre camino a la protesta que puede ser aut?ntica si va acompa?ada de la decisi?n de cambiar, de construir un mundo diferente con base en el amor. Reconstruir la unidad desde el impulso m?s generoso de la existencia humana: vivir para los otros y vivir con los otros. No es posible sin una lucha dram?tica por ser uno mismo en medio de sus semejantes, que no son un capricho para m? sino complemento ineludible de mi vida.

Proceso vital del amor

Las ra?ces del proceso vital del amor son las mismas de la convivencia, de la cual el amor es la forma m?s plena. Estrictamente hablando s?lo las personas tienen sentido y esto exige entenderlas y comprenderlas. Esta es la alter nativa que nos ofrece toda persona: quererla dejando de querer a las cosas, querer a esta persona dejando de querer a esta otra. No hay alternativa sin renuncia. Renunciar a las cosas en favor de las personas, renunciar a uno (ego?smo) en favor de los otros. El proceso vital del amor arranca de la convicci?n primera y central de que no estamos solos, y por tanto no nos perdemos ni salvamos solos.

Amar significa que la otra persona est? en m? sin dejar de ser ella. Hay algo entre los dos, una nueva fuerza que nos atrae y funde en una realidad distinta, m?s plena que si quedara cada uno solo con su vida. Todo encuentro amoroso tiende a sacar del anomimato a la persona.

Un amor grande, firme y profundo, usa muchas veces el prohombre en lugar del nombre porque cada uno respecto del otro se ve como ?nico y exclusivo. Si un enamorado dice ella, o ?l, est? diciendo mucho m?s que un hombre: la persona total amada, ?nica en el mundo.

Etapas del proceso

Todo amor es primero un dejarse querer. Por eso el mayor obst?culo para la experiencia amorosa no es el ego?smo (quererse a s? mismo por sobre todo) sino, m?s fuertemente, el no dejarse querer. Se deja querer quien permite que los dem?s sean como son, lo cual es ya una forma de querer.

Lo m?s elemental del amor en un proceso vital es que deje a la vida correr por sus cauces, sin forzarla ni atropellarla con im?genes y fantas?as ideales. El amor real y realista se funda en una actitud de aceptar a los otros como son y dejarlos ser a sus anchas sin ponerle l?mites a la vida ajena ni encerrar su fuerza en los puntos de vista propios (prejuicios).

El amor realista conduce al t?, lo revela y transforma. Es desinteresado, no busca razones ni porqu?s. El porque s? es muchas veces la ?nica raz?n. Cuando en el andar de la vida se descubre que un amor ten?a razones de cierto tipo (econ?micas, sociales, intelectuales), parciales en referencia a la persona que se ama, no es extra?o que ese amor se venga abajo o se comprenda que en realidad no exist?a por falta de una de las condiciones indispensables en el proceso vital amoroso; querer a la persona porque es no por lo que es.

Todo amor es, en segundo lugar, un vivir a la otra persona desde s? mismo y ser vivido desde dentro de ella. No basta estar con la otra persona, tenerla cerca, sentirla, desearla o mirarla. Es necesario participar en su vida. Una mutua presencia que es identidad y copresencia. Es muy diferente desear y amar. El deseo acaba en la posesi?n. El querer per siste y nada lo detiene cuando es aut?ntico querer. El amor posesivo atropella la intimidad, esclaviza.

El amor fundado en el querer verdadero exalta la intimidad. El amor reducido a deseo termina en el sexo e impide vivir a la otra persona desde s? misma. En el deseo se toca a las personas, y en el amor se les acaricia. La caricia afirma y construye. El tocar niega y aniquila.

Vivir a otra persona desde uno es posible s?lo cuando se acepta al otro sin divisiones: se quiere todo entero. Entonces al amar se reconoce su in timidad y su libertad. Constato los lazos reales del amor en muchas cosas: simpat?a, trato, palabras, pensamientos, caricias ... pero estos lazos manifiestan algo que est? por encima de cada uno: la persona misma. Y no se reducen tam poco a su ser f?sico. Qui?n podr?a afirmar que el amor de una madre a su hijo estriba en eso?

Vivir a otra persona es ayudar a construirla. El hombre es el ser inacabado, en camino. Siempre puede ser de otro modo, siempre puede cambiar su historia personal. El amor lleva dentro esta exigencia de inacabamiento: por eso hay esperas amorosas para con el otro. No hay amor sin esperanza, que nace del inacabamiento de la persona y de ser unos para otros.

Todo amor es un tercer lugar, una entrega, un don de s?, basado en la disponibilidad. S?lo una persona puede darse a otra persona. Para darse hay que ser muy se?or de la propia vida, saber que toda persona es una presencia mensajera.

El amor nos revela particularmente la disposici?n de unos para otros sin condiciones. En los otros hay algo que nos llama, que suscita una respuesta libre ayudada por la presencia: el don, la entrega.

Por ser entrega, el amor conduce a lo m?s ?ntimo de los seres. No hay nada previsto de antemano en el amor. el alma de la entrega es le generosidad. Es total si nada exige. En todo caso, busca en el encuentro la realidad del otro, sin reserva, sin c?lculo. El amor aut?ntico descubre mi in suficiencia y la suya, pero, al mismo tiempo, la fuerza de los dos, m?s all? de nosotros mismos: el amor es m?s fuerte que la muerte.

Quien no se entrega, acapara la vida de los dem?s. Si tiene compromisos con ellos, termina en las puras formas, en la apariencia de quien obligado a amar, no ama, o de quien teniendo que ejercer la inteligencia no piensa. El hombre, entonces, se opaca e impermeabiliza, se vuelve un ser que anda a la zaga de sus fines vitales.

Formas existenciales del amor

Aceptaci?n de la persona, vivencia interior de su ser y entrega se dan en intensidades diversas: atracci?n, simpat?a, enamoramiento, amor. En la medida en que ellas se dan aparecen m?s claras las condiciones del hecho amoroso: llamada, presencia, compromiso, disponibilidad, identidad, fidelidad. Esta ?ltima hace que la presencia adquiera car?cter permanente y es lo que convierte la decisi?n del querer inicial en una decisi?n siempre actual.

El deseo sexual se configura plenamente como amor s?lo cuando el deseo es sensible en la esfera de la afectividad personal. El deseo sexual es un elemento amoroso pero no es el amor. Si se totaliza y envuelve en el querer de una per?sona a otra persona como tal, entonces puede entrar en la primera gran forma existencial amorosa: el eros o amor sensible. El amor plat?nico es siempre la idealizaci?n de este tipo de amor. Las teor?as rom?nticas est?n penetradas de este mismo sentimiento que describe el amor en torno a la esfera sensible de la persona, condicionada por su modo de ser temperamental o caracterol?gico.

El amor de amistad es otra forma principal, que no se da aislada, sin la sensibilidad. Pero realiza el querer en un mutuo intercambio que busca la semejanza, la complacencia -que es su estado inicial-, el encuentro de dos intimidades, la comunicaci?n vivencial de las personas. Se da en todas las etapas evolutivas, de la infancia a la vejez (en la educaci?n, en las relaciones de paternidad y filiaci?n, entre personas de un mismo o de diferente sexo).

El amor de entrega total es la forma m?s plenaria del hecho amoroso. Los dos estados m?s cl?sicos que presenta son el amor de un hombre a una mujer y el amor del hombre a Dios. El primero exige exclusividad porque se da en un ser que tiene un solo cuerpo: es imposible que una mujer ame a muchos hombres con entrega total o en el mismo sentido un hombre a muchas mujeres. Dios, por ser esp?ritu infinito, no est? sujeto a esta limitaci?n.

Ni el amor sensible -que no es necesariamente er?tico- ni el de amistad, ni el de entrega total se dan en aislamiento uno de otro. El proceso vital de la persona hace que aparezcan entremezcladas estas formas y que se vayan configurando como modos de ser que se contienen unos a los otros. El esfuerzo por la plenitud de la vivencia amorosa hace surgir el drama amoroso, que cuando acaba bien revela las maravillas de la fidelidad (memoria inteligente de los compromisos radicales). Si el drama acaba mal -por el desbordamiento er?tico, por la sensibilidad atontada, por la entrega calculadora-, aparece la tragedia del amor humano.

En sus distintas fases vitales o en sus variadas formas el amor reclama ante todo la vivencia sincera y profunda que espera de la persona lo mejor, a pesar de su pasado. Que sabe confiar aunque haya insatisfacci?n. Que no se asombra ante las dificultades: las asume haciendo de ellas siempre una oportunidad para que el amor se renueve.

Pontificia Universidad Cat?lica
De Puerto Rico
Con la asesor?a del Instituto Latinoamericano de Liderazgo (ILL)
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