Nuestra Iglesia es confiable

Nuestra Iglesia

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¡Cuánto dolor, indignación y vergüenza nos provocan los casos comprobados de pederastia clerical, en diversas partes del mundo! Generan descontrol en muchos fieles y desconfianza en la guía de nuestra Iglesia, pues perjudican su testimonio del Evangelio. Nadie deja de reconocer que el abuso sexual de niños y jóvenes es un crimen atroz, execrable, que no tiene nombre, sobre todo cuando es cometido por clérigos en quienes los padres de familia habían depositado su confianza.

También duele y molesta que esta situación se resalte y se machaque tanto en ciertos medios informativos, porque denotan su propósito de desprestigiar a nuestra Iglesia y restarle autoridad moral, para que así nuestras denuncias a sus conductas inmorales pierdan fuerza y autojustificarse. Exageran quienes afirman que, por estos casos, nuestra Iglesia sufre una pérdida de control interno y una crisis profunda y generalizada. Se atreven a pedir que se acabe el celibato, como si éste fuera el culpable. No saben lo que dicen, pues lamentablemente este delito no es privativo de sacerdotes católicos, sino que acontece en muchos sectores de la sociedad. Por ejemplo, datos recientes de las autoridades en Austria indican que en un mismo periodo de tiempo los casos comprobados en instituciones relacionadas con la Iglesia son 17, mientras que ha habido 510 en otros ambientes. En México, sin tener estadísticas comprobadas, se puede afirmar que son muy pocos los casos de sacerdotes pederastas, en comparación con los que suceden en otras instancias, incluso en la propia familia. Aunque un solo caso basta para condenarlo, suceda donde suceda.

JUZGAR
La Iglesia Católica de ninguna manera tolera, solapa o minimiza estos crímenes, cuando se comprueban. Desde la formación sacerdotal en los Seminarios, se exige que haya idoneidad probada para vivir la castidad y el celibato. Las penas canónicas contra quien incurre en estas faltas, son muy graves. De ninguna manera se propician esas aberraciones. Con todo, hay gran seriedad para examinar las denuncias y se procura proceder con discreción, por respeto a los implicados, no para disminuir la gravedad de las faltas, ni para exonerar a los culpables. No todas las denuncias son creíbles, pues algunos sólo intentan una extorsión económica.

Jesucristo, Dios y hombre perfecto, no escogió ángeles para presidir su Iglesia, sino seres humanos, falibles y pecadores; sin embargo, a todos cuantos la integramos, no sólo a los ministros, nos exige ser santos, como El es santo; ser perfectos, como el Padre celestial es perfecto (cf Mt 5,48). Y advierte algo que, cambiadas las circunstancias, siempre es válido: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, pues, y observen todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen una cosa y hacen otra” (Mt 23,2-3). Y duramente señala: “El que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar” (Mt 18,6).

Nuestra Iglesia es santa y confiable porque su Cabeza, Jesucristo, es santo y porque muchísimos de sus miembros viven santa y dignamente. El Espíritu Santo actúa en verdad hoy también. Y esta santidad existe en presbíteros y fieles. En general, los sacerdotes han sido y siguen siendo dignos de confianza, a menos que se compruebe lo contrario.

ACTUAR
Debemos ser muy cuidadosos en la selección de candidatos al sacerdocio. En la formación permanente del clero, hay que abordar estos temas con serenidad y profundidad, pues el mundo pecador quisiera atraparnos en sus redes.

La fe de los creyentes ha de madurar, pues su centro de atracción es Cristo, y El nunca falla. Sostiene a su Iglesia, a pesar de sus deficiencias, pues así lo prometió: “Te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). Así es y así será. Oremos para que nuestra fe no desfallezca ni se deje engullir por las olas de las tormentas escandalosas, sino que se purifique y consolide.

+ Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo de San Cristóbal de Las Casas