EL OBISPO MONS. OSCAR SARLINGA CELEBRÓ LA NOCHEBUENA EN LA IGLESIA CO-CATEDRAL DE BELÉN DE ESCOBAR Y ALLÍ TRANSMITIÓ SU MENSAJE DE NAVIDAD

EN NOCHEBUENA TUVIERON LUGAR LAS FIESTAS PATRONALES DE LA IGLESIA CO-CATEDRAL DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR, EN BELÉN DE ESCOBAR (ZÁRATE-CAMPANA)

La iglesia de la Natividad del Señor, co-catedral de la diócesis de Zárate-Campana, tiene el día de sus fiestas patronales en Navidad. Este año fue considerada patronal la misa de Nochebuena, para lo cual el 17 de diciembre comienza una novena de oración, reflexión y acción apostólicas, bajo el lema «La Iglesia crece cuando vive en comunidad». Cada día de la novena está inspirado en uno de los puntos del documento de la Vta. Conferencia General del Episcopado de Latinoamérica y del Caribe, en Aparecida. El 24 por la noche el Obispo Mons. Oscar Sarlinga celebró la Misa de Gallo, con la concelebración del cura párroco, Pbro. Daniel Bevilacqua, y de los sacerdotes colaboradores de la jurisdicción parroquial, Pbro. Mauricio Aracena, Pbro. Nicolás Guidi, Pbro. Alfredo Antonelli, vicario parroquial, y Mons. Marcelo Monteagudo, Delegado para las misiones y Representante legal del colegio «Santa María» de Escobar. Ha sido la ocasión en que nuestro Obispo transmitió su mensaje y homilía la diócesis de Zárate-Campana y a la feligresía de Escobar, así como los augurios de un feliz año nuevo 2011, ya tan cercano.

HOMILÍA DE MONS. OSCAR SARLINGA EN LA NOCHEBUENA DE 2010
Iglesia concatedral de la Natividad del Señor
Belén de Escobar

I
LA LUZ RENACIENTE PARA ILUMINAR NUESTRA SOCIEDAD ACTUAL
La nuestra es una humanidad y una sociedad en la que no faltan luces, causales de un sano optimismo (que hemos de basar en la virtud y en el don de la esperanza), aunque también existen motivos de obscurecimiento, de índole moral, cultural, socioeconómica, y, en nada menor, espiritual. Hoy es Nochebuena, es la noche más buena porque víspera del Nacimiento, la Natividad o Navidad, ocasión para clamar, para “anunciar”(Cf. Lc. 4, 18, ss) que “éste es el día que hizo el Señor, y que por eso, nos alegramos y regocijamos” (Cf Ps. 117, 24). Es el Nacimiento del Señor Jesucristo, que nos trae con toda la fuerza de su verdad, de su gracia, el mensaje y la realidad de liberación, en primer lugar, liberación del pecado y sus consecuencias. Liberación, por ende, de nuestras obscuridades, de toda angustia, de toda zozobra, liberación que lo es, al mismo tiempo,de los límites autocomplacientes con los que podríamos congratularnos, y que nos harían permanecer en una cómoda mediocridad, en el orden espiritual y en todos los ámbitos de la vida. La Luz, que brilla en las tinieblas (Cf Jn 1,5) renaciente en nuestros corazones ha venido, en cambio, para iluminar nuestras vidas personales y nuestra sociedad actual.
Es Navidad, realidad a la vez humilde e inmensa, humana y divina. La única Persona del Verbo une dos naturalezas, la divina y la humana. Esta última, hecha a imagen de la divina (Cf. Gen. 1, 26-27). La divina, eterna, infinita. El niño nacido, en su misma humanidad, es también imagen inefable, inenarrable de Dios invisible (Cf Col. 1, 15; 2 Cor. 4, 4). En su divinidad, es Dios que se hizo Hombre. Se trata aquí, fijémonos, del inefable misterio del Niño nacido, Hombre y Dios, como lo expresa San Agustín: «natusestChristus (. . .) de Patre, Deus; de Matre, homo», ha nacido Cristo; de Padre, Dios, de Madre, hombre , de modo tal que Él viene a nosotros como fuente y culmen de nuestra historia humana, uniendo lo celestial y lo terreno (Cf Ef. 1, 10) y dándonos, así, pleno acceso a la salvación (Cf Lc. 3, 6).
El Papa Benedicto XVI, en una homilía navideña en el año 2001, en que se refirió a San Gregorio di Nissa y a San Anselmo de Canterbury, desarrolló el tema a partir de un versículo del evangelio de Juan: “Puso su tienda en medio de nosotros” (Jn 1,14) , y explicaba cómo San Gregorio aplicaba esta palabra de la “tienda” a nuestro cuerpo (y a nuestro espíritu) expuesto al dolor y al sufrimiento, y San Anselmo lo aplicaba asimismo al cosmos, al mundo, lacerado por el pecado del hombre. Fue la ocasión para que el Papa aludiera a este mundo nuestro, herido también por el abuso de las energías, por la explotación indiscriminada de éstas, por la contaminación y por todo lo que arruina la armonía, el equilibrio, la belleza y la salud de la naturaleza. Será ésta una renovada ocasión de meditar en cuidar “la Casa grande” en la que vivimos, nuestro mundo de hoy, y de cuidar particularmente de cada uno de nuestros hermanos y hermanas. Es cuidar de recuperar nuestra dignidad, cada día.

II
RENACER, DESPERTARSE, LEVANTARSE, RECIBIR UN IMPULSO RENOVADO POR LA LUZ DE NAVIDAD
Necesitamos un impulso “renovador desde dentro”, verdaderamente liberador. Como cristianos, una somnolencia nos puede afectar, incluso acosar, diríamos. A esa somnolencia a la que nos referimos, puede sucederle el letargo, e incluso la postración (causada casi siempre, y en el fondo, por el miedo). Necesitamos un impulso renovador, y queremos recibirlo en fidelidad a la Iglesia, en comunión dentro de ella, con el Papa, Obispo de Roma y sucesor de San Pedro, el cual «(…) es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los Obispos como de la muchedumbre de los fieles» y con todos nuestros hermanos y hermanas. Lo que necesitamos es un impulso nuevo capaz de crear “tiempos nuevos de evangelización” (y civilización), arraigándonos, como Iglesia que somos, todavía más en la fuerza profética y poder perennes de Pentecostés , para ser de verdad “un solo corazón y una sola alma”(Cf Hech. 4, 32).
En tanto Iglesia particular de Zárate-Campana nos hemos puesto como gran meta el afianzar la herencia del Gran Jubileo por el que entramos en el IIIer. Milenio, puesto nuestro corazón en Jesucristo, el que hace “nuevas todas las cosas” (y a cuyo Corazón hemos consagrado la diócesis el 9 de mayo de 2009 en la iglesia concatedral de Belén de Escobar). Lo haremos sólo si somos humildes y si estamos dispuestos al desafío de la unidad. Ese «sentir con la Iglesia» ha sido comprendido en nuestro Plan Pastoral, conscientes de la esencial necesidad, sobre todo, de vivir más y mejor el Evangelio de Jesucristo , porque sólo así viviremos la “novedad” perenne del Evangelio. A este respecto, Benedicto XVI nos refería, en su encíclica “Deus Caritas est”: «(…) ahora nos toca recoger la herencia jubilar, tomar conciencia de que lo importante no es tanto hacer «programas nuevos», sino vivir la novedad permanente del evangelio…» . Para realizarlo, hay que despertar de la somnolencia que puede afectarnos, siguiendo la exhortación, hoy más viva que nunca, de San Agustín: «Despiértate, hombre, porque por ti Dios se hizo hombre» . Despertarse y levantarse, para ponerse a caminar; lejos de nosotros la “postración espiritual”, es tiempo de caminar.
III
LA BÚSQUEDA DEL NIÑO QUE HA NACIDO HACE RENACER EN LA IGLESIA EL “CORAZÓN MISIONAL”
El Amor que surge del Corazón de Cristo nos asocia a nosotros, como hermanos y hermanas, en la gran familia humana amada y salvada por Él, que es la Iglesia, en la cual puede y debe nacer “una nueva manera de ser como seres humanos”, pues hemos sido hechos hijos de Dios, y por consiguiente “hermanos”. ¿Qué necesidad hay del odio, de la intriga, de la violencia, o del indeferentismo?.Nuestras familias, nuestra sociedad, merecen una renovación obrada por el Amor; los más pobres y excuidos, los enfermos, los necesitados, los que han perdido el sentido de la vida y de la auténtica felicidad, también lo merecen. Si a la Iglesia la cimienta Cristo mismo con su Amor, podemos y debemos esperar que un mundo mejor va a renacer, y, de hecho, en cierto sentido nace cada día; tengamos esperanza . Tengamos realismo y esperanza, puesta en obra, esta última, para un humanismo trascendente, digno de Dios y digno del hombre, que abrace a todos y a cada uno en una gran fraternidad, en la justicia largamente esperada, en la amistad social .
Para nosotros que somos fieles de Cristo, si queremos contribuir, colaborar a la profunda renovación que conlleva ese humanismo trascendente, es preciso asumir, como nos enseñaba la inolvidable exhortación EvangeliiNuntiandi, que «(…) no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos» .
En esa línea, el “corazón misional” de la Iglesia tiene particularmente en Navidad un objetivo: mostrar dónde está el Pesebre, con el “Niño que nos ha nacido”, para, desde allí, colaborar a la transformación de los corazones, primero, y de la sociedad actual. ¿Obstáculos existen?. Muchos, hay muchos obstáculos que son manifiestos, pero el más importante de ellos no siempre lo es tanto, tan manifiesto, digo, y se trata de la soberbia, personal, o, en cierto sentido, grupal o colectiva. En esto hemos de mirarnos nosotros mismos, bien dentro, pues puede anidar en repliegues interiores de nuestro espíritu. Por el contrario, la humildad nos corrige de esa falla fundamental, la cual impide a quien la padece (o la cultiva) el lograr ese encuentro con “Cristo Revelador”,quien se manifiesta a los humildes de corazón y a aquéllos que lo buscan movidos interiormente por el Espíritu de Amor .
Consideremos cómo se manifestó el Salvador del mundo, con humildad, casi sin que los hombres de su tiempo lo advirtieran, como si hubiera querido que, inspirados quienes lo esperaban como por un movimiento interior, hubieran tenido que “ponerse a buscarlo”. Para buscar al Niño pequeño y para encontrarlo, era preciso “inclinarse”, como lo hicieron los “anawim”, los “pobres de Yahweh”, en lenguaje bíblico. El inclinarnos para encontrar el supremo Bien -en este sentido bíblico mencionado- nos da dignidad, nos dignifica, lejos de constituir una abajadoraindignidad o sujeción. Sinos ponemos a su búsqueda, aunque de entrada no lo divisemos, el Niño nos saldrá al encuentro, nos tomará de la mano y nos conducirá, incluso como a la oveja perdida, si es necesario (Cf Lc. 15, 5). Nos conducirá al redil de su justicia y su felicidad, si confiamos en Él, tengamos fe y confianza en dejarnos guiar. El Niño se hará para nosotros “Puerta de nuestra salvación”, “Puerta de la Vida”, y “Puerta de la Paz”, como llamó Juan Pablo II a Jesucristo en un Mensaje de Navidad .
No tengamos miedo. Es el momento, en esta Nochebuena, de hacer resonar en nuestros oídos del alma la voz de San Pablo cuando nos dijo: «Alégrense en el Señor, se lo repito, ¡alégrense!» (Fil 4, 4; 2, 18; 3, 1). Creámosle al Ángel presente en el Pesebre, a la voz angélica que ha entonado el mensaje de esa inmensa alegría que espanta de nosotros el miedo y la postración: «¡No teman!. He aquí que les anuncio una gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David un salvador, que es Cristo el Señor» (Lc. 2, 10-11).
Quiera el Señor darnos que estas celebraciones navideñas confirmen en nosotros, como fieles cristianos, nuestra plena, cordial, amorosa y firme adhesión a Cristo Jesús, el Señor. ¡Creemos en Él!. Creemos, y le pedimos que aumente nuestra fe. Él sólo es nuestro Salvador y el Salvador del mundo (Cf Hech 4,12), el que nació para nosotros (Cf Lc. 2, 11), el que vino por cada uno de nosotros (Cf Gal. 2, 20).

PONEMOS NUESTRA RENOVADA NATIVIDAD EN MANOS DE LA VIRGEN MADRE
A los fines de poner en las mejores manos todo lo que hemos considerado anteriormente, dejémosle un gran lugar en nuestra vida a la intercesión de Aquélla a quien todas las generaciones llamarán por siempre Bienaventurada, la Virgen María. Sí, Bienaventurada por haber creído en el cumplimiento de lo que se le había dicho de parte del Señor, por haber creído en Su Palabra (Cf Luc. 1, 45).
En esta Nochebuena bendita, que María, la Mujer creyente, la Madre de Dios y la Madre de la Iglesia, junto con San José, nos protejan y guíen, en estas fiestas patronales de la iglesia concatedral de Belén de Escobar, con augurio de bendiciones para el cercano año 2011, y en todos los momentos de nuestra vida.

+Oscar, obispo de Zárate-Campana