Misa por la onomástica de María Stma. de la Paz – 24 de enero

Misa por la onomástica de María Stma. de la Paz – 24 de enero

Lecturas para hoy, 24 de enero festividad de Santa María de la Paz

Hebreos 10, 1-10 / Marcos 3, 31-35
Salmo responsorial Sal 39, 2. 4ab. 7-11
R/. “¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!”

Santoral:
María, Reina de la Paz,
San Francisco de Sales

Como el Jordán

Hay en Tierra Santa dos lagos alimentados
por el mismo río: el río Jordán.
Están situados a unos kilómetros de distancia
el uno del otro; pero, ambos poseen
características asombrosamente distintas.
Uno es el Lago de Genesaret, conocido también
como Mar de Galilea o Lago de Tiberíades.
El otro es el llamado “Mar Muerto”.

El primero es azul, lleno de vida
y de contrastes, de calma y de borrasca.
En sus orillas se reflejan delicadamente
las flores amarillas de sus bellísimas praderas.
El Mar Muerto es una laguna salitrosa
y densa, donde no hay vida y queda estancada
el agua que viene del río.

¿Qué es lo que hace tan diferentes
a los dos lagos alimentados por el mismo río?
Es sencillamente esto:
el Lago de Genesaret trasmite
generosamente lo que recibe.
Su agua una vez llegada allí,
parte inmediatamente para remediar
la sequía de los campos, sacia la sed
de los hombres y de los animales.
Es un agua altruista.
El agua del Mar Muerto se estanca,
se adormece, es salitrosa, no se puede beber
Es agua egoísta, estancada, inútil.

Pasa lo mismo con las personas.
Las que viven dando y dándose a los demás,
generosamente, viven y hacen vivir.
Las personas que, egoístamente, reciben,
guardan y no dan, son como agua estancada.
Sólo reciben, acumulan y así se fabrican
una vida amarga, desdichada e infeliz.

Hay otros que dan y se dan a sí mismos,
con generosidad y sin esperar recompensa…
Esta gente es la más feliz de nuestro mundo.
Y es así como debemos ser los cristianos
que hemos renacido con Cristo en la Pascua:
generosos, llenos de vida y que en nuestras orillas
se reflejen delicadamente nuestras mejores cualidades,
para ser verdaderamente un RÍO JORDÁN,
un RÍO DE AMOR, que fluya sin estancarse a través
nuestro y de nuestras familias, para que se extienda
a todos los habitantes de este mundo,
uniéndonos, en ese AMOR.
Para que se acabe con el sufrimiento,
las guerras, la miseria y el hambre.

Cuánto más damos, más felicidad
y sentido cobran nuestras vidas.
El que ama y da, abre la puerta a la felicidad.

Liturgia – Lecturas del día

Martes, 24 de enero de 2017

Aquí estoy, para hacer tu voluntad

Lectura de la carta a los Hebreos
10, 1-10

Hermanos:
La Ley, al no tener más que la sombra de los bienes futuros y no la misma realidad de las cosas, con los sacrificios repetidos año tras año en forma ininterrumpida, es incapaz de perfeccionar a aquellos que se acercan a Dios. De lo contrario no se hubieran ofrecido más esos sacrificios, porque los que participan de ellos, al quedar purificados una vez para siempre, ya no tendrían conciencia de ningún pecado. En cambio, estos sacrificios renuevan cada año el recuerdo del pecado, porque es imposible que la sangre de toros y chivos quite los pecados.
Por eso, Cristo al entrar en el mundo dijo:
“Tú no has querido sacrificio ni oblación;
en cambio, me has dados un cuerpo.
No has mirado con agrado los holocaustos
ni los sacrificios expiatorios.
Entonces dije: Dios, aquí estoy, yo vengo
—como está escrito de mí en el libro de la Ley—
para hacer tu voluntad”
Él comienza diciendo: “Tú nos has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios, a pesar de que están prescritos por la Ley”, Y luego añade: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.

Palabra de Dios.

Oración al Espíritu Santo

SALMO RESPONSORIAL
39, 2. 4ab. 7-11

R. ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!

Esperé confiadamente en el Señor
Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.
Puso en mi boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: «Aquí estoy». R.

«En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amor, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón». R.

Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor. R.

EVANGELIO

El que hace la voluntad de Dios,
ese es mi hermano, mi hermana y mi madre

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Marcos
3, 31-35

Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Él, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».
Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de Él, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi .hermana y mi madre».

Palabra del Señor.

Reflexión

Heb. 10, 1-10. El pecado es la negación al amor de Dios en nosotros. Cuando queremos ponernos por encima de Dios pensamos, de un modo orgulloso, que nosotros somos los responsables absolutos de nuestra total perfección, teniéndonos a nosotros mismos como punto de referencia de aquello a lo que queremos llegar a ser en nuestra realización como personas.
Sin embargo recordemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios; por eso el plan de Dios es que lleguemos a ser conforme a la imagen de su propio Hijo, hecho uno de nosotros, y convertido para nosotros en el único Camino que nos conduce hacia nuestra perfección en Dios.
Por eso quienes creemos en Cristo, además de tener la posibilidad de encontrar el perdón de nuestros pecados hoy y siempre en su único Sacrificio, también encontramos en Él la participación de la Vida Divina, y del mismo Espíritu que reposó en el Señor y Cabeza de la Iglesia.
Acerquémonos con gran confianza al Trono de la Gracia y, participando del perdón y de los dones de Dios, dejemos que Él lleve a cabo, hasta su plenitud, su obra salvadora en nosotros para que vivamos haciendo en nosotros su voluntad: que creamos en su Hijo Jesús, que Él nos envió como único Salvador nuestro.
Así, haciendo nuestro el perdón de Dios, y participando de su Vida, podremos convertirnos en una ofrenda de suave aroma para Él, y en colaboradores en la construcción de su Reino entre nosotros.

Sal. 40 (39). No es fácil decirle a Dios que queremos hacer su voluntad, pues muchas veces nuestros caprichos, nuestras inclinaciones, y nuestra fragilidad, pueden no sólo hacernos titubear, sino realmente dar marcha atrás en lo que parecía una buena voluntad de seguir los caminos del Señor.
Sin embargo Dios, consciente de nuestra fragilidad, nos fortalece con la presencia de su Espíritu Santo en nosotros para que dejemos de entonar un cántico de maldad y de pecado, y comencemos a entonar el cántico nuevo del amor, de la verdad, de la justicia y del amor fraterno.
Por eso acudamos al Señor y, junto con el apóstol Pedro, digámosle: Señor, tú me conoces y lo sabes todo; pero tú bien sabes que te quiero y que deseo en todo hacer tu voluntad.
Dejemos que Dios lleve a cabo su obra salvadora en nosotros y convirtámonos en fieles testigos de su amor para nuestros hermanos, proclamando su Nombre hasta el último rincón de la tierra haciendo saber a todos lo misericordioso que es Dios para cuantos lo aman y le viven fieles.

Mc. 3, 31-35. Jesús es el Hijo amado del Padre por su fidelidad total a su Voluntad. Jesús mismo diría: mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió. Todo aquel que, unido a Cristo, haga la voluntad del Padre Dios, será considerado de la familia de Dios. Por eso, junto con María, debemos aprender a decir: Hágase en mi según tu Palabra.
No basta escuchar la Palabra de Dios, sino que hay que ponerla en práctica. Dios quiere hacer su obra de salvación en nosotros. Si tenemos la apertura suficiente al Espíritu de Dios en nosotros, Dios hará de nosotros sus hijos amados, pues su amor llegará en nosotros a su plenitud.
No nos quedemos siempre como discípulos sentados a los pies de Jesús, vayamos y demos testimonio de Él en nuestra vida diaria; con eso estaremos dando a conocer que en verdad Dios ha hecho su morada en nosotros y que nosotros lo tenemos por Padre.
Mediante la Eucaristía nosotros entramos en una Alianza de comunión con Cristo. Así participamos de la misma Vida que el Hijo recibe del Padre y somos hechos hijos de Dios. Mediante esta obra de salvación que celebramos como un Memorial de la Pascua de Cristo, Él nos hace entender cuánto nos ama. Nosotros no sólo le ofrecemos un sacrificio agradable, pues al permanecer en comunión de vida con Cristo, cuando lo ofrecemos al Padre nosotros mismos nos ofrecemos junto con Él. Por eso al celebrar la Eucaristía estamos adquiriendo un compromiso: consagrarle todo a Dios, de tal forma que nuestra vida, nuestra historia, nuestro mundo, lleguen, por medio nuestro, a la presencia de Dios libres de aquello que oscurece en ellos la presencia del Señor. Así, no sólo somos santificados, sino que Dios nos convierte en instrumentos de su salvación para todos los pueblos.
Venimos ante Él trayendo el fruto del trabajo que nos confió, y volvemos al mundo, impulsados por el Espíritu Santo, para seguir trabajando por un mundo más justo, más fraterno, más capaz de manifestar que el Reino de Dios se va haciendo realidad entre nosotros.
Por eso no basta con participar de la Eucaristía para decir que somos de la familia divina. Es necesario que cumplamos la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios consiste en que creamos en Aquel que Él nos envió.
Y creer en Jesús no es sólo profesar con los labios que es nuestro Dios y nuestro Señor. Hay que creerle a Jesús, de tal forma que hagamos vida en nosotros su obra de salvación.
Su Palabra ha de ser sembrada en nosotros y no puede caer en un terreno malo e infecundo, sino que, por la obra de santificación que realice el Espíritu Santo en nosotros, ha de producir abundantes frutos de buenas obras. Entonces nosotros, a imagen de Jesucristo, pasaremos haciendo el bien a todos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con la apertura suficiente para dejarnos conducir por el Espíritu Santo, para que haciendo en todo la voluntad de Dios, unidos a Cristo, en Él nos convirtamos en los hijos amados del Padre. Amén.

Homiliacatolica.com

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