Los empobrecidos son abandonados a su suerte sin reparar en que cada uno de ellos es Jesucristo que sigue clamando la justicia que les pertenece

Felipe González había dicho que si el Banco Central Europeo comprara deuda pública, como había hecho Obama en los Estado Unidos, la especulación de los mercados desaparecería.

El día siguiente, 1 de Diciembre, al mismo tiempo que el Presidente del Senado denunciaba en la radio que la mayor parte de la deuda que tiene España es deuda privada, el Presidente del Gobierno anunciaba en el Congreso la retirada de la ayuda de 420 euros a los parados, y la privatización de parte de la lotería nacional y de los aeropuertos. Ha quitado dinero y propiedades a los pobres para dárselos a los ricos.

Ese mismo día, un maestro de infantil se ha levantado y ha preparado el desayuno para una de sus alumnas: sus padres no tienen para darle de desayunar. El padre de esta niña es uno de los que cobran los 420 euros que Zapatero ha prometido eliminar, y a pesar de ello no tiene para darle el desayuno a su hija. ¿Qué hará esta familia cuando deje de percibir esta ayuda?

Ese mismo día, un hombre llamaba a la radio para manifestar que lleva más de dos años en paro, que ha empezado a robar para dar de comer a sus hijos, que ha llenado el depósito del coche en una gasolinera y se ha ido sin pagar, y que le daba todo igual.

Ese mismo día, la Bolsa se recupera animada por las declaraciones de Zapatero y por el tirón que le dan los Bancos eufóricos por el río de dinero que van a recibir. A la Bolsa y a la Banca no les da lástima de los pobres.

Ese mismo día, toda la Iglesia leemos el texto que narra la escena de la multiplicación de los panes y los peces (Mt 15,29-37), hecho que tiene su origen en una preocupación de Jesús: “Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer”.

Ese mismo día, la Iglesia celebramos la primera semana de Adviento. Nos preparamos para vivir el hecho más sorprendente de cuantos hayan podido producirse: La encarnación de Dios en el mundo, la llegada del Mesías que nos trae la salvación que no defrauda. Pero debemos ser conscientes de que están pasando cosas muy graves: Han convertido al mundo en un mercado en el que no tiene cabida ni la moral ni la ética; en el que la dignidad humana está siendo pisoteada en todo momento; y en el que lo pobres, los empobrecidos, son abandonados a su suerte sin reparar que cada uno de ellos es Jesucristo que sigue clamando la justicia que les pertenece y que Él nos ha garantizado.

El buen Jesús, al comienzo de su misión, desenrolló el pergamino en la sinagoga y leyó: El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos, y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año favorable del Señor (Lc 4,18-19). La Iglesia nos dice que mediante el bautismo los laicos participamos en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías Salvador y podemos repetir las mismas palabras que acabamos de leer. (Los fieles laicos, 13)

Hoy más que nunca, los empobrecidos y excluidos necesitan que la Iglesia y cada uno de los que formamos parte de ella repitamos estas palabras de Jesús. Y lo necesitan porque no pueden vivir en un mundo que los poderosos han convertido en una cueva de ladrones. La Navidad será feliz si convertimos a Jesucristo en la Buena Noticia que esperan y necesitan.

¡Feliz Navidad! ■

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