17 de Abril – Los síntomas de la paz interior – Pascua

Miércoles, 17 de abril de 2013
Tercera Semana de Pascua
Hechos 8, 1b-8 / Juan 6, 35-40
Salmo responsorial Sal 65, 1-3a. 4-7a
R/. “¡Aclame al Señor toda la tierra!”

Santoral:
San Esteban Harding, San Aniceto,
Beata Catalina Tekakwitha y Beata
María de La Encarnación

Los síntomas de la paz interior

Algunos de sus principales indicios son:

Una tendencia a pensar y a actuar
espontáneamente, en lugar de hacerlo basado
en los miedos aprendidos de experiencias pasadas.

Una habilidad de gozar cada momento,
el aquí y el ahora.

Una pérdida de interés en juzgar, criticar,
condenar, justificar a otros, o en interpretar
como mal intencionadas sus acciones.

Una marcada pérdida de interés en mantener
o alimentar un conflicto.

Una notable disminución de la habilidad
de preocuparse por lo que no se puede cambiar.

Episodios frecuentes e intensos de aprecio.

Repentinos ataques de placer por sentirse
conectado con otros y con la naturaleza.

Accesos incontrolables de sonrisa.

Una tendencia creciente a dejar que las cosas
sucedan en lugar de hacerlas suceder
o tratar de impedirlo.

Una aumentada susceptibilidad al amor
ofrecido por los demás, con un deseo
incontrolable de extenderlo a otros.

Liturgia – Lecturas del día

Miércoles, 17de Abril de 2013

TERCERA SEMANA DE PASCUA

Iban por todas partes anunciando la Palabra

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
8, 1b-8

Después de la muerte de Esteban, se desencadenó una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por Ias regiones de Judea y Samaría.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lo lloraron con gran pesar. Saulo, por su parte, perseguía a la Iglesia; iba de casa en casa y arrastraba a hombres y mujeres, llevándolos a la cárcel.
Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Palabra.
Felipe descendió a la ciudad de Samaría y allí predicaba a Cristo. Al oírlo y al ver los milagros que hacía, todos recibían unánimemente las palabras de Felipe. Porque los espíritus impuros, dando grandes gritos, salían de muchos que estaban poseídos, y buen número de paralíticos y lisiados quedaron sanos. Y fue grande la alegría de aquella ciudad.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 65, 1-3a. 4-7a

R. ¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Aclame al Señor toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre!
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan al Señor: «¡Qué admirables son tus obras!» R.

Toda la tierra se postra ante ti,
y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.
Vengan a ver las obras del Señor,
las cosas admirables que hizo por los hombres. R.

Él convirtió el Mar en tierra firme,
a pie atravesaron el Río.
Por eso, alegrémonos en Él,
que gobierna eternamente con su fuerza. R.

EVANGELIO

Esta es la voluntad de mi Padre,
que el que ve al Hijo tenga Vida eterna

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan
6, 35-40

Jesús dijo a la gente:
Yo soy el pan de Vida.
El que viene a mí jamás tendrá hambre;
el que cree en mí jamás tendrá sed.
Pero ya les he dicho:
ustedes me han visto y sin embargo no creen.
Todo lo que me da el Padre viene a mí,
y al que venga a mí
Yo no lo rechazaré,
porque he bajado del cielo,
no para hacer mi voluntad,
sino la de Aquél que me envió.
La voluntad del que me ha enviado
es que Yo no pierda nada
de lo que Él me dio,
sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre:
que el que ve al Hijo y cree en Él
tenga Vida eterna
y que Yo lo resucite en el último día.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hech. 8, 1b-8. Antes que nada el Cristiano debe estar plenamente convencido de su fe en Cristo. Esa fe no puede quedarse en una confesión hecha sólo con los labios y nacida del convencimiento intelectual a causa del estudio sobre la persona de Jesús. La fe, nos dice el apóstol Santiago, si no se manifiesta con las obras, es una fe inútil.
Aquel que ha madurado su fe en Cristo debe llevar un estilo de vida amoldado al del Señor. Esa fe no puede ser algo frío, sino cargado de amor hacia Aquel a quien se le ha entregado la vida, permitiéndole hacer en nosotros su obra, conforme a las esperanzas que tenemos de llegar a ser perfectos, como el Padre Dios es perfecto.
El Señor, que nos ha salvado y enviado a anunciar esta Buena Nueva, no nos quiere instalados en un sólo lugar y espacio. Todos estamos llamados a sanear las estructuras y las condiciones del mundo para que sean conforme a las normas de la justicia, y favorezcan la práctica de las virtudes. Por eso, en cualquier lugar en que nos encontremos Dios quiere, ahí, convertirnos en testigos suyos por la rectitud de nuestra vida, y no sólo por nuestras palabras. Por eso, a aquellos a quienes proclamemos el Evangelio no sólo nos no sólo nos han de oír hablar acerca de Cristo, sino que lo han de contemplar desde nuestra vida.

Sal. 66 (65). La historia de salvación es considerada como una serie de intervenciones de Dios para librar a sus elegidos de la mano de sus enemigos.
El momento cumbre de esta liberación, considerada la plenitud de los tiempos, es la persona de Jesús. A partir de Él ya no es el camino por el desierto, ya no es la fidelidad a la Ley la que nos conduce a la posesión de la tierra prometida; la salvación es una persona: Cristo. Nadie va al Padre sino por Él. No hay otro nombre en el cual podamos alcanzar la salvación.
Por eso, llenémonos de gozo y gratitud hacia el Señor que nos ha amado hasta el extremo. Este gozo y gratitud nos ha de llevar a proclamar sus maravillas ante todos los hombres, para que también ellos conozca la salvación y reconozcan a Jesús como el Enviado del Padre para conducirnos, a través de esta vida, a la plena unión con Dios.

Jn. 6, 35-40. El que quiera tener consigo el Pan de vida eterna, que venga a Jesús, pues Él es ese pan buscado y deseado por todos los hombres. No basta con ver a Jesús, sentir su cercanía a nosotros, recibir sus beneficios. Mientras no creamos en Él, mientras no lo aceptemos en nuestra vida, tal vez disfrutemos de los bienes temporales, pero no estará en nosotros la Vida eterna. Nosotros hemos sido dados por el Padre Dios a Jesús, no para que nos pierda, sino para que nos salve. Jesús en una obediencia amorosa al Padre, llegará hasta el extremo del amor por nosotros dando su vida para que, libres de la corrupción y de la muerte, no nos perdamos sino que, perdonados, tengamos en nosotros la misma vida que Él recibe de su Padre.
Nosotros hemos venido a esta Eucaristía para contemplar, para ser testigos del amor que Dios nos ha manifestado hasta el extremo en su Hijo Jesús. Ojalá y no nos quedemos sólo viendo, sino que viendo creamos en Él. El Padre Dios le ha confiado a su Hijo la salvación de todos aquellos que puso en sus manos; por eso a nadie desprecia ni le echa fuera, aun cuando sea el más grande de los pecadores. Sólo uno mismo puede cerrarse al amor de Dios y quedarse fuera de la salvación. Si Dios nos ha amado y ha entregado a su propio Hijo para que nos lleve hacia Él, libres del pecado y de la muerte, Jesús no perderá nada de lo que el Padre le dio, sino que, vencido el último de los enemigos, la muerte, nos resucitará en el último día para que participemos de la vida eterna y, junto con Él, nos convirtamos en el Hijo amado del Padre. La Eucaristía inicia en nosotros esta unión con el Señor y esta participación de la Gloria del Hijo de Dios. Por eso no podemos llegar a la Eucaristía sólo por costumbre, sino con la conciencia de que Dios nos ofrece su vida y de que nosotros la hacemos nuestra y la manifestamos en nuestra vida diaria.
La Iglesia de Cristo recibe en su seno a todos los que el Padre Dios sigue dando a su Hijo para que, desde ella, encuentren en el Señor la salvación y la vida eterna. ¿En verdad conservamos, incrementamos y llevamos a su plenitud esa vida de Dios en quienes se han unido a Cristo mediante su Iglesia, o, por el contrario, les dejamos como ovejas sin pastor, y sólo acudimos a ellos para explotarlos y aprovecharnos de sus bienes? Cristo nos ha pedido amar hasta el extremo, con tal de no perder a nadie de los que el Padre nos ha confiado; y este deber no sólo compete a los ministros de la Iglesia, sino a todos sus miembros en la medida de la gracia recibida. Cumplamos, pues, con la misión de ser un signo creíble de la salvación de Cristo para nuestros hermanos.
Roguémosle al Señor que nos conceda por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de participar, ya desde ahora, de la vida del Señor y de vivir, no en la rebeldía, sino en el amor que nos lleve a manifestarnos como los hijos amados del Padre y como hermanos entre nosotros preocupándonos por todos los que nos rodean para que ninguno se pierda sino para que todos alcancemos la salvación eterna. Amén.

Homiliacatolica.com

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