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Lecturas diarias: 4 de Junio – Pentecostés

Día de Pentecostés - Miguel Redondo

Lecturas diarias: 4 de junio – Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11.
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.
De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.
Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.
Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo.
Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.
Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos?
¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?
Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor,
en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma,
judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.


Salmo 104(103),1ab.24ac.29bc-30.31.34.
¡Bendice al Señor, alma mía:
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
la tierra está llena de tus criaturas!

Si les quitas el aliento,
expiran y vuelven al polvo.
Si envías tu aliento, son creados,
y renuevas la superficie de la tierra.

¡Gloria al Señor para siempre,
alégrese el Señor por sus obras!
que mi canto le sea agradable,
y yo me alegraré en el Señor.

Carta I de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13.
Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.
Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu.
Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor.
Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos.
En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común.
Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo.
Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.

Evangelio según San Juan 20,19-23.
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

 

4 de junio de Ciclo A
Séptima Semana de Pascua
Feria – Blanco
Hechos 20, 28-38/ Juan 17, 6a. 11 b-19
Salmo responsorial Sal 67, 29-30. 33-36c
R/. “¡Pueblos de la tierra, canten al Señor!”

Santoral:
Santa Clotilde, San Ascanio Caracciolo,

Santa Vicenta Gerosa y Beato Felipe Smaldone

¡Que venga, Señor!

Tu Espíritu de escucha;
cuando como María, estamos atentos a lo que nos dices.

Tu Espíritu de serenidad;
cuando las noches son más fuertes que el día.

Tu Espíritu de fortaleza;
cuando la debilidad se impone al tesón.

Tu Espíritu de alegría;
cuando nos dormimos en los laureles.

Tu Espíritu de constancia;
cuando no vemos fruto a su tiempo.

Tu Espíritu de comunión;
cuando surgen las divisiones.

Tu Espíritu de comprensión;
cuando se hace inteligible tu mensaje.

Tu Espíritu de fraternidad;
cuando se quiebra la unidad.

Tu Espíritu de valentía;
cuando nos quedamos inmóviles.

Tu Espíritu de ruptura;
cuando nos ataca el inmovilismo.

Tu Espíritu de eternidad;
cuando habla más la muerte que la vida.

Tu Espíritu de vida;
cuando estamos llenos de todo y de nada.

Tu Espíritu de aliento;
cuando nos asfixia la contaminación del mundo.

Tu Espíritu de resurrección;
cuando nos instalamos en lo efímero.

Tu Espíritu de misión;
cuando todo nos parece hecho.

Tu Espíritu de perdón;
cuando el hombre se sienta incomprendido.

Tu Espíritu de Eucaristía;
para que nunca nos falle el alimento.

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Miércoles,
4 de Junio de 2014

SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA

Los encomiendo al Señor;
que tiene poder para construir el edificio
y darles la parte de la herencia

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
20, 28-38

Pablo decía a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:
«Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que Él adquirió al precio de su propia sangre. Yo sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. Y aun de entre ustedes mismos, surgirán hombres que tratarán de arrastrar a los discípulos con doctrinas perniciosas.
Velen, entonces, y recuerden que durante tres años, de noche y de día, no he cesado de aconsejar con lágrimas a cada uno de ustedes.
Ahora los encomiendo al Señor y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la parte de la herencia que les corresponde, con todos los que han sido santificados.
En cuanto a mí, no he deseado ni plata ni oro ni los bienes de nadie. Ustedes saben que con mis propias manos he atendido a mis necesidades y a las de mis compañeros. De todas las maneras posibles, les he mostrado que asÍ, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: “La felicidad está más en dar que en recibir”».
Después de decirles esto, se arrodilló y oró junto a ellos. Todos se pusieron a llorar, abrazaron a Pablo y lo besaron afectuosamente, apenados sobre todo porque les había dicho que ya no volverían a verlo. Después lo acompañaron hasta el barco.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
67, 29-30. 33-36c

R.
¡Pueblos de la tierra, canten al Señor!

Tu Dios ha desplegado tu poder:
¡sé fuerte, Dios, Tú que has actuado por nosotros!
A causa de tu Templo, que está en Jerusalén,
los reyes te presentarán tributo. R.

¡Canten al Señor, reinos de la tierra,
entonen un himno al Señor, al que cabalga por el cielo,
por el cielo antiquísimo! R.

Él hace oír su voz poderosa,
¡reconozcan el poder del Señor!
Su majestad brilla sobre Israel
y su poder, sobre las nubes. R.

EVANGELIO

Que sean uno, como nosotros

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan
17, 6a. 11 b-19

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo:
Padre santo, manifesté tu Nombre
a los que separaste del mundo para confiármelos.
Cuídalos en tu Nombre que me diste
para que sean uno, como nosotros.
Mientras estaba con ellos,
Yo los cuidaba en tu Nombre que me diste;
los protegía
y no se perdió ninguno de ellos,
excepto el que debía perderse,
para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora vaya ti,
y digo esto estando en el mundo,
para que mi gozo sea el de ellos
y su gozo sea perfecto.

Yo les comuniqué tu palabra,
y el mundo los odió
porque ellos no son del mundo,
como tampoco Yo soy del mundo.
No te pido que los saques del mundo,
sino que los preserves del Maligno.
Ellos no son del mundo,
como tampoco Yo soy del mundo.
Conságralos en la verdad:
tu palabra es verdad.
Así como Tú me enviaste al mundo,
Yo también los envío al mundo.
Por ellos me consagro,
para que también ellos
sean consagrados en la verdad.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hech. 20, 17-27. Proclamar el Nombre del Señor, su Evangelio, sin escatimar esfuerzo, sin perder oportunidad alguna, insistiendo a tiempo y destiempo, corrigiendo, reprendiendo y exhortando; haciéndolo sin perder la paciencia y conforme a la enseñanza, sin acomodos nacidos de conveniencias personales sino con la fidelidad total al Señor; esa es la responsabilidad que tiene aquel a quien el Señor le ha confiado el Mensaje de Salvación sin escatimar nada que sea útil para anunciar a los demás el Evangelio.
No podemos quedarnos en los templos contentos porque tal vez se llenan más allá de lo esperado. Hay muchísimos más que, finalmente, se han quedado fuera. Hay que salir a proclamar el Nombre del Señor por las calles y por las casas. Hay muchos que nos han rebasado en este esfuerzo, mientras nosotros nos conformamos con los que vienen al lugar de culto y nos espantamos porque muchos cambian su forma de creer, pero nos quedamos igual de inútiles en nuestro esfuerzo por no sólo conservarlos, sino fortalecerles su fe.
Ojalá nosotros, como Iglesia, no le demos tanta importancia a no perder nuestras comodidades, a conservar nuestra vida, a no ponerla en riesgo por el Señor y su Mensaje de Salvación, pues lo más importante para nosotros ha de ser el cumplimiento del encargo que Él nos hizo: Anunciar su Evangelio, sin ocultar nada de Él y revelando en su totalidad el plan de Dios.
¿Tenemos esa valentía? ¿A qué se reduce, o, por el contrario, hasta dónde nos lleva nuestra fe en Jesús y nuestro compromiso con su Evangelio?

Sal. 68 (67). A través del desierto el Señor no abandonó a su Pueblo. Como un buen pastor lo condujo sin sobresaltos, dándole la victoria sobre sus enemigos.
Dios cumplió su promesa introduciendo a su Pueblo en la posesión de la tierra que mana leche y miel, conforme a las promesas hechas a nuestros antiguos padres.
Por eso, aun en los más grandes peligros, si no perdemos nuestra fe y nuestra confianza en el Señor, Él velará por nosotros y nos llevará como en alas de águila. Dios es Salvación para su pueblo, e incluso puede librarnos de la muerte.
En Cristo, además de encontrar la salvación que Dios nos ofrece, encontramos el ejemplo que fortalece nuestra vida, pues, en Jesús, Dios nos ha hecho conocer la salvación y la gloria que espera a quienes creen en Él, que es camino verdad y vida, y le viven fieles.

Jn. 17, 1-11. La glorificación de Jesús se inicia con su encarnación por su fidelidad a la voluntad de su Padre Dios. Jesús glorificará a su Padre en el gesto más grande de su obediencia amorosa a Él muriendo por nosotros clavado en la cruz; esto es una decisión personal de Jesús; nadie le quita la vida, Él la entrega porque quiere. El Padre Dios responderá a ese gesto de amor obediente glorificando a Jesús al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su diestra, convirtiéndolo, así, en fuente de vida para todos los que creamos en Él y, unidos a Él como las ramas al tronco, seamos hechos partícipes de la misma vida que Él recibe del Padre Dios.
Sin embargo no hay otro camino, sino el mismo de Cristo, tras cuyas huellas hemos de caminar cargando obediente y amorosamente nuestra cruz de cada día.
No por estar unidos a Jesús seremos sacados del mundo, sino que, permaneciendo en él, hemos de ser un signo vivo del Señor con todos los riesgos, hasta el de ser odiados, perseguidos, asesinados por causa del Evangelio. Pero, ¡Ánimo, nos dice el Señor, no tengan miedo, yo he vencido al mundo!, pues donde yo estoy, quiero que también estén ustedes.
Nosotros, enviados por Jesús, compartimos con Él la misma misión que Él recibió del Padre. ¿Hasta dónde llega nuestro amor obediente al Padre? ¿Confiamos en el Señor y en ser glorificados junto con Él, sin importarnos el que tengamos antes que pasar por muchas tribulaciones?
En esta Eucaristía celebramos el amor de Jesús al Padre y su amor por nosotros. No podemos celebrar algo que no hemos conquistado.
Si sólo hemos venido por costumbre; si no hemos iniciado nuestro camino hacia la cumbre de nuestro propio calvario, para desde ahí ser glorificados junto con Jesús; si no amamos a nuestro prójimo como nosotros hemos sido amados; si no nos convertimos en una palabra de amor que se pronuncie no sólo con los labios sino con la vida misma; si no somos alimento que fortalezca a nuestro prójimo, ¿qué sentido tiene creer en Jesús y darle culto?
Permanecemos en el mundo, somos del mundo sin pertenecerle. Somos testigos de un mundo nuevo. En medio de las realidades que vivimos cada día nuestra proclamación del Evangelio se hace dando voz a los desvalidos y tratados injustamente, socorriendo a los necesitados, perdonando a los que nos ofenden, siendo constructores de la paz, vistiendo a los desnudos, denunciando el pecado y anunciando en su totalidad, y sin acomodos inútiles, el plan de salvación que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús.
El Cristiano debe, por su propia vida, ser un memorial del Señor que sigue amando, salvando, consolando, fortaleciendo, dando su vida y dando vida a sus hermanos.
No tengamos miedo; veamos en el horizonte la Gloria que nos espera junto a Jesús y vayamos hacia ella derramando, incluso nuestra sangre, si es necesario. Que esto no brote de una imprudencia, sino del amor que ha llegado a su madurez y que cumple aquella invitación del Señor: nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de no ser cobardes en la proclamación del Evangelio, sino que lo hagamos con la valentía que nos da el Espíritu Santo que habita en nosotros; y que lo hagamos no sólo con las palabras, sino con la vida misma; no sólo en los templos sino en todos los ambientes donde se desarrolle nuestra vida, convirtiéndonos así, verdaderamente, en fermento de santidad en el mundo. Amén.

Homiliacatolica.com

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