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Lecturas diarias – 24 de Octubre – Curar en sábado

Lecturas diarias – 24 de octubre Ciclo C, año par

Carta de San Pablo a los Efesios 4,32.5,1-8.

Hermanos:
Sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo.
Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos.
Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.
En cuanto al pecado carnal y cualquier clase de impureza o avaricia, ni siquiera se los mencione entre ustedes, como conviene a los santos.
Lo mismo digo acerca de las obscenidades, de las malas conversaciones y de las bromas groseras: todo esto está fuera de lugar. Lo que deben hacer es dar gracias a Dios.
Y sépanlo bien: ni el hombre lujurioso, ni el impuro, ni el avaro -que es un idólatra- tendrán parte en la herencia del Reino de Cristo y de Dios.
No se dejen engañar por falsas razones: todo eso atrae la ira de Dios sobre los que se resisten a obedecerle.
No se hagan cómplices de los que obran así!
Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz.

Salmo 1,1-2.3.4.6.
¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!

El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

Evangelio según San Lucas 13,10-17.
Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga.
Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera.
Jesús, al verla, la llamó y le dijo: “Mujer, estás curada de tu enfermedad”,
y le impuso las manos. Ella se enderezó en seguida y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: “Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse curar, y no el sábado”.
El Señor le respondió: “¡Hipócritas! Cualquiera de ustedes, aunque sea sábado, ¿no desata del pesebre a su buey o a su asno para llevarlo a beber?
Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser librada de sus cadenas el día sábado?”.
Al oír estas palabras, todos sus adversarios se llenaron de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que él hacía.

 

 

 

 

 

Lecturas del día, 24 de octubre Ciclo C, año impar
Semana 29ª durante el año
Feria o Memoria libre – Verde/ Blanco
Romanos 6, 19-23 / Lucas 12, 49-53
Salmo responsorial Sal 1, 1-4. 6
R/. “¡Feliz el que pone su confianza en el Señor!”

Santoral:

San Antonio María Claret, San José Lê Dang Thi,
Beato Rafael Guízar, Beato Luis Guanella
y Beato José Balbo

Mi discapacidad

Mi discapacidad de amor….
porque sólo quiero a los que acepto…
cuando debo querer a todos.

Mi discapacidad de raciocinio…
porque sólo entiendo lo que me conviene….
aunque la razón no me pertenezca.

Mi discapacidad de comunicación…
porque creo que sólo lo mío es importante…
cuando hay tanto que escuchar.

Mi discapacidad de ver…
porque sólo le presto atención a lo bello…
aun sabiendo que todo tiene su lado hermoso.

Mi discapacidad de creer…
porque lo quiero al instante…
sin siquiera tener una esperanza.

Mi discapacidad a crecer…
porque me aferro sólo a lo que tengo…
aun sabiendo que desprendiéndome
de todo estoy en la ruta hacia la grandeza.

Mi discapacidad a bendecir al prójimo…
porque me avergüenza que sepan que tengo fe…
aun sabiendo que cada vez que me lo dicen,
me llena de energía divina… ¡de vida!

Señor, ayúdame a superarme.

Liturgia – Lecturas del día

Jueves, 24 de Octubre de 2013

Ahora están libres del pecado y sometidos a Dios’

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Roma
6, 19-23
Hermanos:
Voy a hablarles de una manera humana, teniendo en cuenta la debilidad natural de ustedes. Si antes entregaron sus miembros, haciéndolos esclavos de la impureza y del desorden hasta llegar a sus excesos, pónganlos ahora al servicio de la justicia para alcanzar la santidad.
Cuando eran esclavos del pecado, ustedes estaban libres con respecto de la justicia. Pero, ¿qué provecho sacaron entonces de las obras que ahora los avergüenzan? El resultado de esas obras es la muerte.
Ahora, en cambio, ustedes están libres del pecado y sometidos a Dios: el fruto de esto es la santidad y su resultado, la Vida eterna. Porque el salario del pecado es la muerte, mientras que el don gratuito de Dios es la Vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 1, 1-4. 6

R. ¡Feliz el que pone su confianza en el Señor!

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche! R.

Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien. R.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento,
porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal. R.

EVANGELIO

No he venido a traer la paz, sino la división

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
12, 49-53

Jesús dijo a sus discípulos:
Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

Palabra del Señor.

Reflexión

Rom. 6, 19-23. Quien acepta a Jesucristo como Señor en su vida recibe como un don gratuito la Vida eterna.
Si en verdad hemos aceptado que el Señor nos libere de nuestra esclavitud al pecado, no podemos continuar siendo esclavos de la maldad. Quien continúe sujetando su vida al pecado, por su servicio a él recibirá como pago la muerte; ese pago llegará a esa persona en una diversidad de manifestaciones de muerte ya desde esta vida.
Quienes dicen creer en Cristo y son causantes de guerras fratricidas, o las apoyan en otros; quienes destruyen nuestra sociedad con acciones criminosas; quienes envenenan a los demás para enriquecerse ilícitamente a costa de enviciarlos y destruirles la vida, no pueden hablar realmente de que han hecho suya la Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
Cristo nos quiere libres del pecado; nos quiere consagrados a Él para que, como resultado de eso, al final tengamos la vida eterna. Esto no será obra nuestra, sino la obra final de Dios en nosotros. Por eso estemos atentos a las inspiraciones de su Espíritu en nosotros y dejémonos conducir por Él.

Sal. 1. Pongámonos en manos de Dios y tendremos vida. Alejémonos del camino de la maldad, que nos lleva a la muerte.
Quien une su vida a Dios y es fiel a sus mandatos, no puede andar en malos pasos. El participar de la Vida de Dios nos ha de llevar a amar a nuestro prójimo. Hundidas las raíces de nuestra vida en Dios hemos de dar frutos de santidad, de justicia, de bondad, de misericordia, de solidaridad con los que sufren.
Si vivimos sumergidos en Cristo, desde nuestro bautismo en Él, no podemos marchitarnos de tal forma que dejemos de producir los frutos de las buenas obras que proceden de Él, pues en tal caso estaríamos a un paso de convertirnos en malvados por perder nuestra relación, nuestra unión, nuestra comunión con el Señor.
Unidos a Cristo no nos quedemos como las plantas estériles; no hagamos ineficaz en nosotros la fecundidad del Espíritu de Cristo al entristecerlo con una vida pecaminosa o cobarde.

Lc. 12, 49-53. Por medio de Cristo Dios ha enviado fuego para purificarnos y probar la fidelidad de nuestro corazón.
Por medio del Bautismo de Cristo, recibido en su pasión y muerte, nosotros hemos sido liberados de la esclavitud al pecado. Quienes nos sumergimos en su muerte participamos del perdón que Dios nos ofrece en su Hijo, que nos amó hasta el extremo. Y al resucitar junto con Él, participamos de su Victoria sobre el pecado y la muerte, y vivimos hechos justos y convertidos en una continua alabanza de Dios.
Muchos lo aceptarán y muchos, al rechazarlo, nos rechazarán también a nosotros, cumpliéndose aquello que hoy nos anuncia el Señor, de que hasta los de nuestra misma familia se levantarán en contra nuestra a causa de nuestra fe en Él. Así se cumple también la profecía del anciano Simeón: este niño está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, como signo de contradicción, quedando al descubierto las intenciones de muchos corazones.
Que el Señor nos conceda ser fieles a nuestra unión con Él a pesar de todos los riesgos que, por su Nombre, tengamos que afrontar.
En la Eucaristía que estamos celebrando el Señor nos convoca para santificarnos, purificándonos de nuestras esclavitudes al pecado. Él no quiere que, a causa de nuestros pecados, vayamos hacia nuestra muerte eterna. Él nos ama y da su vida por nosotros para que en Él tengamos Vida eterna. Si hemos venido con sinceridad de fe a esta celebración del Memorial de la Pascua de Cristo, estemos dispuestos a permanecer firmemente afianzados en Él, sin importarnos el ser criticados o perseguidos por su Nombre.
Él nos dice: No tengan miedo. ¡Ánimo! yo he vencido al mundo. Que por nuestra continua unión con el Señor, Él nos vaya perfeccionando por el Fuego de su Espíritu, que, habitando y actuando en nosotros, nos transforme en una imagen cada día más perfecta del Hijo de Dios.
Quienes participamos de la Vida eterna, que Dios nos da gratuitamente, hemos de manifestar frutos de buenas obras, que procedan de la presencia de la Vida del Señor en nosotros.
No llevemos una vida impura, sino sagrada, pues somos miembros de Cristo y su Espíritu habita en nosotros. Quien siembra maldad cosecha la muerte. Por eso no sembremos odios, maldades, vicios, injusticias, guerras, desilusiones, divisiones; no nos convirtamos en perseguidores de los inocentes, ni demos escándalo a los débiles, pues al final dejaríamos un mundo más deteriorado de como lo recibimos.
Por el contrario, manifestemos nuestro amor no sólo a Dios dándole culto, sino también a nuestro prójimo haciéndole el bien y esforzándonos por construir un mundo más fraterno, más comprometido en la justicia social, más solidario con los que sufren a causa de la pobreza o de situaciones difíciles.
No tengamos miedo a ser un signo creíble de Cristo en nuestro mundo, aun cuando seamos criticados o perseguidos por hacer el bien, o por darle voz a los desvalidos, o por luchar por los derechos justos de quienes han sido explotados o perseguidos injustamente.
Cristo nos pide una fe más comprometida en la vida diaria y que no nos deje sólo de rodillas en su presencia, sino que nos lleve a dar testimonio de la verdad y de la justicia en la vida diaria.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia de vivir nuestra fe firmemente enraizados en Cristo, su Hijo, de tal manera que, desde nosotros, Dios continúe realizando su obra salvadora en favor de todos. Amén.

Homiliacatolica.com

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