La espiritualidad popular
Publicado por Admin el 2010/7/21 (34 lecturas)
El tesoro escondido de Aparecida
http://www.san-pablo.com.ar/
En octubre de 1492 tres naves anclan en tierra americana y comienza así un colosal y dramático encuentro entre dos mundos. En 1524 un grupo de franciscanos, conocidos como los doce apóstoles, entra en la ciudad de Moctezuma vestidos poco más que con harapos. Su intención: predicar la fe en Cristo, que con su muerte y resurrección nos libra de todos los males de esta vida. Para ese entonces, ya hacía cuatro años que Hernán Cortés estaba entre los aztecas. Sus motivaciones no eran tan nobles como las de los religiosos, su sed de oro superaba en mucho a su sed de almas. En 1531, cuando podían verse abandonados en las calles de Tenochtitlán a los primeros niños mestizos, “buscando de comer lo que dejan los puercos y los perros”, en la tilma del indio Juan Diego -“un hombre de campo, un cola” (M. ROJAS SÁNCHEZ [TR.], Nican mopohua, México 2001, 150)- se aparece milagrosamente la Virgen de Guadalupe con rostro mestizo. En esa misma década comienzan los indios a acudir masivamente a pedir el bautismo, un cronista de la época cuenta que “eran tantos los que en aquellos tiempos venían al bautismo, que a los ministros que bautizaban, muchas veces les acontecía no poder alzar el brazo” (G. DE MENDIETA, Historia eclesiástica indiana. México 1971, 266).
Estos son sólo algunos de los trazos iniciales de este gran cuadro que es América Latina. Se trata de una “originalidad histórica cultural” como dice bellamente Puebla (Puebla, 446) al referirse a la encarnación del evangelio en los pueblos de esta tierra. Durante estos veinte siglos de cristianismo muchas fueron las culturas fecundadas con la fe que anuncia la Iglesia de Cristo. Serían incontables las civilizaciones que recibieron el evangelio y quedaron así “íntimamente transformadas” (JUAN PABLO II, Redemp-toris missio, 52), con los valores evangélicos en su núcleo principal y con gran variedad en las manifestaciones de esa religiosidad. La historia es testigo de gran cantidad de formas culturales de vivir la fe cristiana.
Juan Pablo II lo decía al inaugurar la Conferencia de Santo Domingo: “En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo”. El encuentro de América y Europa generó una nueva cultura, mestiza, un pueblo nuevo, con un modo nuevo de expresar su fe cristiana. Este pueblo mestizo desciende de los primeros aborígenes, que tomaron la fe del español y la vivieron según sus propias formas culturales. Un pueblo que se fraguó en el dolor, en la pobreza, en la dominación, pero también en la escucha de una voz consoladora que le dice: “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?” (ROJAS SÁNCHEZ, Nican Mopohua, 119).
Hoy en día, son millones los latinoamericanos que viven su vida marcada por los sufrimientos propios de la pobreza, con grandes dificultades para conseguir lo mínimo indispensable para alimentarse, para abrigarse o para cuidar de su salud. Aun así, no es difícil descubrir que viven esa vida con fe en Cristo -un sufriente como ellos-, con la esperanza que da sentir que Dios y la Virgen caminan a su lado, y con la caridad que sólo suele verse en esos ambientes humildes, refractarios a la prédica individualista de la sociedad moderna. Es un “modo propio de vivir la fe” (Aparecida, 398) cristiana por el que el Espíritu de Dios lleva a la mayoría del pueblo pobre latinoamericano y que Aparecida considera una verdadera espiritualidad -como otras que hay y ha habido en la Iglesia- una “espiritualidad popular” (ver Aparecida, 263).
Intentaremos en este artículo presentar los puntos principales de la enseñanza de Aparecida sobre la espiritualidad popular latinoamericana. Pero antes, para contextualizar nuestro tema, haremos un somero recorrido histórico por la reflexión del magisterio latinoamericano sobre este fenómeno.
El camino hacia Aparecida
Medellín
Esta valoración tan positiva de la fe del pueblo humilde que hacen los obispos en Aparecida es fruto de un proceso de reflexión en la teología latinoamericana que lleva más de treinta años. Fue en Medellín (1968) cuando por primera vez el magisterio latinoamericano trató este tema. En la década de 1960 se había generado una controversia acerca de la valoración de la religiosidad popular, desde los sectores cultos se empezó a considerar a estas expresiones religiosas como resabio de un pasado que era necesario superar. En este contexto, Medellín rechaza las interpretaciones simplistas y despectivas que venían haciéndose sobre las expresiones religiosas de los pobres y declara que para entenderlas “no se puede partir de la interpretación cultural occidentalizada, propia de las clases media y alta urbana” (VI, 4). Aún así, a pesar de tener una mirada positiva sobre la religiosidad popular, la considera todavía como algo incompleto, más bien como punto de partida para una religiosidad más genuina. Estas manifestaciones religiosas son -para Medellín- apenas “balbuceos de una auténtica religiosidad, expresada con los elementos culturales de los que se dispone” (VI, 4).
San Miguel
Pocos meses después de Medellín, los obispos argentinos se reunieron en San Miguel para adaptar las conclusiones de esta Conferencia continental a la realidad local. El documento de San Miguel valora positivamente las expresiones religiosas del pueblo, pero lo hace ubicándolas en un marco más amplio. Lucio Gera -uno de los responsables de la redacción- lo explica claramente: “Dentro del documento, el tema de la religiosidad popular no domina como tema específico, sino que está dentro de una cosa más amplia. Lo que domina es el tema del pueblo, que sería lo que especifica, y desde el pueblo la totalidad de sus dimensiones, entre ellas la religiosa, la expresión popular” (L. GERA, “San Miguel: una promesa escondida”: V. R. AZCUY, J. C. CAAMAÑO y C. GALLI C. M., Escritos Teológico-Pastorales de Lucio Gera. II. De la Conferencia de Puebla a nuestros días (1981-2007), Buenos Aires 2007, 289). En San Miguel se plantea por primera vez en la reflexión magisterial el tema del sujeto de la religiosidad popular: el pueblo. También se lo reconoce al pueblo como “sujeto y agente de la historia” (VI, 4) e inmerso en un “proceso histórico, que procede de profundas virtualidades evangélicas y encierra muchos valores cristianos” (VI, 5.1). La religiosidad popular es un elemento de la cultura del pueblo, pero “el concepto de pueblo recoge y supera al de cultura, a la vez que la hace más dinámica, no estática” (GERA, “San Miguel: una promesa escondida”, 289). Entendida de este modo, la pastoral popular sería la acción de la Iglesia que busca evangelizar al pueblo desde el pueblo mismo, la pastoral debe estar “orientada no sólo hacia el pueblo, sino desde el pueblo mismo” (VI, 5). Para eso es necesario asumir la cultura popular y sus expresiones religiosas.
Evangelii Nuntiandi
En 1975 -como fruto de un Sínodo de obispos- el papa Pablo VI ofrece a la Iglesia un inspirado documento pastoral que va a marcar su vida en las siguientes décadas: Evangelii Nuntiandi. La cuestión acerca de la religiosidad popular entra a través de los obispos latinoamericanos y queda plasmada en el número 48 del documento. Allí, el Papa reconoce que las expresiones de religiosidad popular fueron “consideradas durante largo tiempo como menos puras y a veces despreciadas”, pero que hoy están siendo revaloradas. Si bien valora positivamente la religiosidad popular no deja de señalar sus riesgos: caer en la superstición, no producir “verdadera adhesión de fe” y engendrar actitudes sectarias. A la hora de marcar los valores positivos se explaya gustosamente en las riquezas evangélicas que posee la piedad popular: “paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción”. Hasta puede percibirse cierta admiración hacia quienes viven con “esta sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” cuando reconoce que muchas de las actitudes interiores que engendra en ellos la piedad popular “raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad”. Una novedad que presenta Evangelii Nuntiandi es designar a la religiosidad popular como piedad popular.
Puebla
Se ha dicho que en la Conferencia de Puebla (1979) se redescubrió la religiosidad popular y se gritó a los cuatro vientos que es el corazón de la cultura latinoamericana. Efectivamente, en Puebla, el proceso de revalorización de la piedad popular termina su período apologético. Lo sembrado en Medellín -cuyas primicias pudieron verse en Evangelii Nuntiandi- dio su fruto maduro en Puebla. En esta Tercera Conferencia puede apreciarse una ponderación sobre la religiosidad popular más positiva aún que en la Conferencia anterior y que en Evangelii Nuntiandi. Si bien no deja de señalar los aspectos deficientes (Puebla, 456, 914) y su necesidad de maduración (Puebla, 459), recoge de una manera más firme sus valores y aspectos positivos (Puebla, 448, 454, 913). Para Puebla, estas expresiones religiosas son una “fuerza activamente evangelizadora” (Puebla, 396), por la cual el pueblo se evangeliza a sí mismo: “La religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo” (Puebla, 450). Puebla reafirma la “clara y profética opción preferencial y solidaria por los pobres” (Puebla, 1134) hecha en Medellín y la formula explícitamente. Y son sobre todo los pobres esa “gran parte del pueblo que expresa su fe prevalentemente en la piedad popular” (Puebla, 911). Por eso, la atención de la piedad popular no sólo es indispensable para evangelizar la cultura, sino que debe ser consecuencia de la solicitud maternal de la Iglesia que quiere acercarse amorosamente a los “predilectos del Señor”.
Santo Domingo
En Santo Domingo (1992), los obispos no se detienen tanto como en Puebla en la reflexión sobre la religiosidad popular. Doctrinalmente, se repite la enseñanza anterior aunque presenta un elemento novedoso: el tema de la inculturación. La religiosidad popular es presentada como “una expresión privilegiada de la inculturación de la fe” (Santo Domingo, 36) y como una “forma inculturada del catolicismo” (Santo Domingo, 247).
Aparecida: la piedad popular es una espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos
La Conferencia de Aparecida (2007) es la única que fue realizada en un santuario mariano. Este hecho dejó su impronta en la reunión. Todas las mañanas los obispos celebraban la Eucaristía con los peregrinos y luego deliberaban en un salón situado debajo del santuario con todo un rumor de oraciones sobre sus cabezas. Al parecer, la piedad popular se respiraba en el ambiente de Aparecida. Benedicto XVI -en su discurso inaugural- fue el primero en poner en palabras ese sentimiento al llamar a la religiosidad popular el “precioso tesoro de la Iglesia Católica en América Latina”. El cardenal Bergoglio -presidente de la Comisión de redacción de Aparecida- lo describe gráficamente: “nuestra música funcional eran las oraciones y las misas que se celebraban con nuestro pueblo” (30 Giorni, 11 [2007] 20). Sin duda que el contacto tan directo con las expresiones de fe del pueblo influyó en la valoración que hacen los obispos de ellas en el documento final. En él -al igual que en Evangelii Nuntiandi- pueden leerse “las cosas más bellas acerca de la piedad popular escritas en un documento de la Iglesia” (30 Giorni, 11 [2007] 20).
La enseñanza de Aparecida sobre la religiosidad popular debemos buscarla -sobre todo- en el apartado 6.1.3 llamado “La piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo” (Aparecida, 258-265). El marco inmediato es el capítulo 6, dedicado a la espiritualidad y a la formación cristiana. Este contexto ayuda a presentar la piedad popular como una verdadera espiritualidad e invitar a su crecimiento como un camino formativo para el cristiano.
Es la primera vez que un documento magisterial usa la expresión espiritualidad popular; al hacerlo se nos llama la atención sobre el hecho de que este modo de vivir la fe es una verdadera espiritualidad, como otras que se han dado en la historia de la Iglesia. En una entrevista que pudimos hacerle, Víctor Fernández -uno de los peritos que trabajó en la redacción de este fragmento del documento- nos explicaba que lo que se quiere es “mostrar que la piedad popular no es algo superficial, sino que tiene a su modo todo lo que hoy se pide a un cristiano madurado por la gracia: fe, eclesialidad, celebración, misión, oración personal, etc.” (Entrevista a Víctor Fernández, 3). De este modo, “los obispos evitan caer en planteos elitistas sobre la formación cristiana, rompiendo toda dialéctica entre formados y no formados” (Entrevista a Víctor Fernández, 3).
Con un lenguaje muy vivo, se describen algunas de las expresiones de esta espiritualidad popular. Se habla de “fiestas patronales, novenas, rosarios, via crucis, procesiones, danzas y cantos del folklore religioso, promesas”, y del “cariño a los santos” (ver Aparecida, 259). En esta enumeración, los obispos se detienen especialmente en las peregrinaciones a los santuarios. Enseñan que quien decide visitar una santuario ya está haciendo un acto de fe (ver Aparecida, 259) y que una vez allí el “peregrino vive la experiencia del misterio” (Aparecida, 260). “Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos que millones podrían contar” (Aparecida, 260). Describen con una belleza inusual en un documento magisterial lo que seguramente contemplaban cada día en el santuario de Aparecida: “La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual” (Aparecida, 259).
Pero esta piedad popular, si bien la viven multitudes, “no es una espiritualidad de masas” (Aparecida, 261) sino que brota de lo más íntimo del corazón ante las situaciones de la vida cotidiana del pueblo. Y otra vez la riqueza del texto nos obliga a transcribirlo: “En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un Padrenuestro musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo en medio de una sencilla alegría” (Aparecida, 261).
En la línea de Puebla, Aparecida reconoce el potencial evangelizador de la piedad popular. Ésta es una espiritualidad “encarnada en la cultura de los sencillos” (Aparecida, 263), es por eso que participa del proceso de transmisión de valores inherente a cada cultura. Los obispos son conscientes de que las “tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado” (Aparecida, 39); pero, aún debilitado, este proceso sigue dándose en América Latina. De no ser así no se explicaría la existencia de una religiosidad popular en nuestro días. Esta dinámica interna del pueblo es lo que hace que Aparecida enseñe que gracias a la espiritualidad popular el “pueblo cristiano se evangeliza a sí mismo” (Aparecida, 264).
Es novedosa para un documento de este rango la presentación que hace Aparecida acerca de la necesidad de purificación que tiene la religiosidad popular. Ya había sido mérito de Medellín señalar que todas las formas de religiosidad -no sólo la vivida por los pobres- necesitan ser purificadas (ver Medellín VI, 4). Hasta antes de Aparecida, siempre que el Magisterio trataba la necesidad de purificación de la piedad popular lo hacía en términos de “rectificación de errores y excesos” (ver Medellín 6,5; 8,2; Puebla 83; 109; 457; 643; Santo Domingo 36; 39; 53). En esta Quinta Conferencia, los obispos -siguiendo la huella de aquel dueño de un campo con trigo y cizaña hablan de purificación en términos de crecimiento de riquezas presentes en el pueblo: “Cuando afirmamos que hay que evangelizarla o purificarla, no queremos decir que esté privada de riqueza evangélica. Simplemente deseamos que todos los miembros del pueblo fiel, reconociendo el testimonio de María y también de los santos, traten de imitarles cada día más” (Aparecida, 262).
No encontramos en Aparecida la enumeración de los riesgos de desviaciones de la religiosidad popular, no porque los desconozca o los niegue, sino porque es otra la idea que entiende por purificación de la piedad popular. Como señala V. Fernández, “en lugar de enumerar los riesgos, desarma las objeciones más comunes que se han usado para criticar la piedad popular” (Entrevista a Víctor Fernández, 6). A quienes piensan que la piedad popular no es auténtica fe católica, que no tiene inserción eclesial y que no lleva a un compromiso misionero, los obispos les enseñan que “la piedad popular es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros” (Aparecida, 264).
Más bien señalan el riesgo que corre la Iglesia de despreciarla, o “considerarla un modo secundario de vida cristiana” (Aparecida, 263). Esta espiritualidad es “una expresión de sabiduría sobrenatural” (Aparecida, 263), vivida por gente que tiene muy poco de lo que se conoce como instrucción religiosa, pero “no por eso es menos espiritual, sino que lo es de otro modo” (Aparecida, 263). Porque “la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente sino de la acción interna de la gracia” (Aparecida, 263).
Además de espiritualidad popular, otra expresión que aparece por primera vez en el magisterio es mística popular (Aparecida, 264). Este sintagma fue introducido en la reflexión teológica por el jesuita argentino Jorge Seibold. Mirar la experiencia religiosa del pueblo en clave mística nos lleva a considerar los rasgos de vida mística que tiene la fe del pueblo. Aparecida no desarrolla la pluralidad de sentidos a la que nos abre esta expresión, sólo se limita a mencionarla introduciéndola así en la reflexión magisterial y proponiéndola al mundo teológico para su maduración.
Por último, señalamos que el lugar privilegiado que tiene la piedad mariana en la espiritualidad popular, también es mencionado por los obispos en Aparecida. En el rostro de María, los pobres “encuentran la ternura y el amor de Dios” (Aparecida, 265) y “ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio” (Aparecida, 265). Este amor a la Virgen que tiene el pueblo latinoamericano “ha sido capaz de fundir las historias latinoamericanas diversas en una historia compartida” (Aparecida, 43).
A modo de conclusión
Como conclusión, podemos decir que Aparecida representa un avance significativo en la valoración que hace el magisterio sobre las expresiones de fe de los pobres de Latinoamérica. Reconoce en ellos una verdadera espiritualidad, un modo propio -y válido- de vivir la fe cristiana por donde el Espíritu Santo va guiando a gran cantidad de latinoamericanos. También enseña que esta piedad “puede ser profundizada” (Aparecida, 262) y que puede hacerse, no tanto desde correcciones y rectificaciones, sino sobre todo buscando un “crecimiento a partir de la propia riqueza del pueblo” (Entrevista a Víctor Fernández, 6).
Hemos querido hasta aquí presentar la enseñanza de la última Conferencia sobre este modo de vivir la fe tan extendido en nuestro continente. Creemos que son muchas las consecuencias prácticas que podrían sacarse de esta doctrina. Queda ahora la tarea de buscar caminos pastorales para aplicarla, de buscar el modo de fecundar la vida pastoral de la Iglesia con las riquezas de este tesoro escondido que nos señala Aparecida.
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En octubre de 1492 tres naves anclan en tierra americana y comienza así un colosal y dramático encuentro entre dos mundos. En 1524 un grupo de franciscanos, conocidos como los doce apóstoles, entra en la ciudad de Moctezuma vestidos poco más que con harapos. Su intención: predicar la fe en Cristo, que con su muerte y resurrección nos libra de todos los males de esta vida. Para ese entonces, ya hacía cuatro años que Hernán Cortés estaba entre los aztecas. Sus motivaciones no eran tan nobles como las de los religiosos, su sed de oro superaba en mucho a su sed de almas. En 1531, cuando podían verse abandonados en las calles de Tenochtitlán a los primeros niños mestizos, “buscando de comer lo que dejan los puercos y los perros”, en la tilma del indio Juan Diego -“un hombre de campo, un cola” (M. ROJAS SÁNCHEZ [TR.], Nican mopohua, México 2001, 150)- se aparece milagrosamente la Virgen de Guadalupe con rostro mestizo. En esa misma década comienzan los indios a acudir masivamente a pedir el bautismo, un cronista de la época cuenta que “eran tantos los que en aquellos tiempos venían al bautismo, que a los ministros que bautizaban, muchas veces les acontecía no poder alzar el brazo” (G. DE MENDIETA, Historia eclesiástica indiana. México 1971, 266).
Estos son sólo algunos de los trazos iniciales de este gran cuadro que es América Latina. Se trata de una “originalidad histórica cultural” como dice bellamente Puebla (Puebla, 446) al referirse a la encarnación del evangelio en los pueblos de esta tierra. Durante estos veinte siglos de cristianismo muchas fueron las culturas fecundadas con la fe que anuncia la Iglesia de Cristo. Serían incontables las civilizaciones que recibieron el evangelio y quedaron así “íntimamente transformadas” (JUAN PABLO II, Redemp-toris missio, 52), con los valores evangélicos en su núcleo principal y con gran variedad en las manifestaciones de esa religiosidad. La historia es testigo de gran cantidad de formas culturales de vivir la fe cristiana.
Juan Pablo II lo decía al inaugurar la Conferencia de Santo Domingo: “En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo”. El encuentro de América y Europa generó una nueva cultura, mestiza, un pueblo nuevo, con un modo nuevo de expresar su fe cristiana. Este pueblo mestizo desciende de los primeros aborígenes, que tomaron la fe del español y la vivieron según sus propias formas culturales. Un pueblo que se fraguó en el dolor, en la pobreza, en la dominación, pero también en la escucha de una voz consoladora que le dice: “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?” (ROJAS SÁNCHEZ, Nican Mopohua, 119).
Hoy en día, son millones los latinoamericanos que viven su vida marcada por los sufrimientos propios de la pobreza, con grandes dificultades para conseguir lo mínimo indispensable para alimentarse, para abrigarse o para cuidar de su salud. Aun así, no es difícil descubrir que viven esa vida con fe en Cristo -un sufriente como ellos-, con la esperanza que da sentir que Dios y la Virgen caminan a su lado, y con la caridad que sólo suele verse en esos ambientes humildes, refractarios a la prédica individualista de la sociedad moderna. Es un “modo propio de vivir la fe” (Aparecida, 398) cristiana por el que el Espíritu de Dios lleva a la mayoría del pueblo pobre latinoamericano y que Aparecida considera una verdadera espiritualidad -como otras que hay y ha habido en la Iglesia- una “espiritualidad popular” (ver Aparecida, 263).
Intentaremos en este artículo presentar los puntos principales de la enseñanza de Aparecida sobre la espiritualidad popular latinoamericana. Pero antes, para contextualizar nuestro tema, haremos un somero recorrido histórico por la reflexión del magisterio latinoamericano sobre este fenómeno.
El camino hacia Aparecida
Medellín
Esta valoración tan positiva de la fe del pueblo humilde que hacen los obispos en Aparecida es fruto de un proceso de reflexión en la teología latinoamericana que lleva más de treinta años. Fue en Medellín (1968) cuando por primera vez el magisterio latinoamericano trató este tema. En la década de 1960 se había generado una controversia acerca de la valoración de la religiosidad popular, desde los sectores cultos se empezó a considerar a estas expresiones religiosas como resabio de un pasado que era necesario superar. En este contexto, Medellín rechaza las interpretaciones simplistas y despectivas que venían haciéndose sobre las expresiones religiosas de los pobres y declara que para entenderlas “no se puede partir de la interpretación cultural occidentalizada, propia de las clases media y alta urbana” (VI, 4). Aún así, a pesar de tener una mirada positiva sobre la religiosidad popular, la considera todavía como algo incompleto, más bien como punto de partida para una religiosidad más genuina. Estas manifestaciones religiosas son -para Medellín- apenas “balbuceos de una auténtica religiosidad, expresada con los elementos culturales de los que se dispone” (VI, 4).
San Miguel
Pocos meses después de Medellín, los obispos argentinos se reunieron en San Miguel para adaptar las conclusiones de esta Conferencia continental a la realidad local. El documento de San Miguel valora positivamente las expresiones religiosas del pueblo, pero lo hace ubicándolas en un marco más amplio. Lucio Gera -uno de los responsables de la redacción- lo explica claramente: “Dentro del documento, el tema de la religiosidad popular no domina como tema específico, sino que está dentro de una cosa más amplia. Lo que domina es el tema del pueblo, que sería lo que especifica, y desde el pueblo la totalidad de sus dimensiones, entre ellas la religiosa, la expresión popular” (L. GERA, “San Miguel: una promesa escondida”: V. R. AZCUY, J. C. CAAMAÑO y C. GALLI C. M., Escritos Teológico-Pastorales de Lucio Gera. II. De la Conferencia de Puebla a nuestros días (1981-2007), Buenos Aires 2007, 289). En San Miguel se plantea por primera vez en la reflexión magisterial el tema del sujeto de la religiosidad popular: el pueblo. También se lo reconoce al pueblo como “sujeto y agente de la historia” (VI, 4) e inmerso en un “proceso histórico, que procede de profundas virtualidades evangélicas y encierra muchos valores cristianos” (VI, 5.1). La religiosidad popular es un elemento de la cultura del pueblo, pero “el concepto de pueblo recoge y supera al de cultura, a la vez que la hace más dinámica, no estática” (GERA, “San Miguel: una promesa escondida”, 289). Entendida de este modo, la pastoral popular sería la acción de la Iglesia que busca evangelizar al pueblo desde el pueblo mismo, la pastoral debe estar “orientada no sólo hacia el pueblo, sino desde el pueblo mismo” (VI, 5). Para eso es necesario asumir la cultura popular y sus expresiones religiosas.
Evangelii Nuntiandi
En 1975 -como fruto de un Sínodo de obispos- el papa Pablo VI ofrece a la Iglesia un inspirado documento pastoral que va a marcar su vida en las siguientes décadas: Evangelii Nuntiandi. La cuestión acerca de la religiosidad popular entra a través de los obispos latinoamericanos y queda plasmada en el número 48 del documento. Allí, el Papa reconoce que las expresiones de religiosidad popular fueron “consideradas durante largo tiempo como menos puras y a veces despreciadas”, pero que hoy están siendo revaloradas. Si bien valora positivamente la religiosidad popular no deja de señalar sus riesgos: caer en la superstición, no producir “verdadera adhesión de fe” y engendrar actitudes sectarias. A la hora de marcar los valores positivos se explaya gustosamente en las riquezas evangélicas que posee la piedad popular: “paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción”. Hasta puede percibirse cierta admiración hacia quienes viven con “esta sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” cuando reconoce que muchas de las actitudes interiores que engendra en ellos la piedad popular “raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad”. Una novedad que presenta Evangelii Nuntiandi es designar a la religiosidad popular como piedad popular.
Puebla
Se ha dicho que en la Conferencia de Puebla (1979) se redescubrió la religiosidad popular y se gritó a los cuatro vientos que es el corazón de la cultura latinoamericana. Efectivamente, en Puebla, el proceso de revalorización de la piedad popular termina su período apologético. Lo sembrado en Medellín -cuyas primicias pudieron verse en Evangelii Nuntiandi- dio su fruto maduro en Puebla. En esta Tercera Conferencia puede apreciarse una ponderación sobre la religiosidad popular más positiva aún que en la Conferencia anterior y que en Evangelii Nuntiandi. Si bien no deja de señalar los aspectos deficientes (Puebla, 456, 914) y su necesidad de maduración (Puebla, 459), recoge de una manera más firme sus valores y aspectos positivos (Puebla, 448, 454, 913). Para Puebla, estas expresiones religiosas son una “fuerza activamente evangelizadora” (Puebla, 396), por la cual el pueblo se evangeliza a sí mismo: “La religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo” (Puebla, 450). Puebla reafirma la “clara y profética opción preferencial y solidaria por los pobres” (Puebla, 1134) hecha en Medellín y la formula explícitamente. Y son sobre todo los pobres esa “gran parte del pueblo que expresa su fe prevalentemente en la piedad popular” (Puebla, 911). Por eso, la atención de la piedad popular no sólo es indispensable para evangelizar la cultura, sino que debe ser consecuencia de la solicitud maternal de la Iglesia que quiere acercarse amorosamente a los “predilectos del Señor”.
Santo Domingo
En Santo Domingo (1992), los obispos no se detienen tanto como en Puebla en la reflexión sobre la religiosidad popular. Doctrinalmente, se repite la enseñanza anterior aunque presenta un elemento novedoso: el tema de la inculturación. La religiosidad popular es presentada como “una expresión privilegiada de la inculturación de la fe” (Santo Domingo, 36) y como una “forma inculturada del catolicismo” (Santo Domingo, 247).
Aparecida: la piedad popular es una espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos
La Conferencia de Aparecida (2007) es la única que fue realizada en un santuario mariano. Este hecho dejó su impronta en la reunión. Todas las mañanas los obispos celebraban la Eucaristía con los peregrinos y luego deliberaban en un salón situado debajo del santuario con todo un rumor de oraciones sobre sus cabezas. Al parecer, la piedad popular se respiraba en el ambiente de Aparecida. Benedicto XVI -en su discurso inaugural- fue el primero en poner en palabras ese sentimiento al llamar a la religiosidad popular el “precioso tesoro de la Iglesia Católica en América Latina”. El cardenal Bergoglio -presidente de la Comisión de redacción de Aparecida- lo describe gráficamente: “nuestra música funcional eran las oraciones y las misas que se celebraban con nuestro pueblo” (30 Giorni, 11 [2007] 20). Sin duda que el contacto tan directo con las expresiones de fe del pueblo influyó en la valoración que hacen los obispos de ellas en el documento final. En él -al igual que en Evangelii Nuntiandi- pueden leerse “las cosas más bellas acerca de la piedad popular escritas en un documento de la Iglesia” (30 Giorni, 11 [2007] 20).
La enseñanza de Aparecida sobre la religiosidad popular debemos buscarla -sobre todo- en el apartado 6.1.3 llamado “La piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo” (Aparecida, 258-265). El marco inmediato es el capítulo 6, dedicado a la espiritualidad y a la formación cristiana. Este contexto ayuda a presentar la piedad popular como una verdadera espiritualidad e invitar a su crecimiento como un camino formativo para el cristiano.
Es la primera vez que un documento magisterial usa la expresión espiritualidad popular; al hacerlo se nos llama la atención sobre el hecho de que este modo de vivir la fe es una verdadera espiritualidad, como otras que se han dado en la historia de la Iglesia. En una entrevista que pudimos hacerle, Víctor Fernández -uno de los peritos que trabajó en la redacción de este fragmento del documento- nos explicaba que lo que se quiere es “mostrar que la piedad popular no es algo superficial, sino que tiene a su modo todo lo que hoy se pide a un cristiano madurado por la gracia: fe, eclesialidad, celebración, misión, oración personal, etc.” (Entrevista a Víctor Fernández, 3). De este modo, “los obispos evitan caer en planteos elitistas sobre la formación cristiana, rompiendo toda dialéctica entre formados y no formados” (Entrevista a Víctor Fernández, 3).
Con un lenguaje muy vivo, se describen algunas de las expresiones de esta espiritualidad popular. Se habla de “fiestas patronales, novenas, rosarios, via crucis, procesiones, danzas y cantos del folklore religioso, promesas”, y del “cariño a los santos” (ver Aparecida, 259). En esta enumeración, los obispos se detienen especialmente en las peregrinaciones a los santuarios. Enseñan que quien decide visitar una santuario ya está haciendo un acto de fe (ver Aparecida, 259) y que una vez allí el “peregrino vive la experiencia del misterio” (Aparecida, 260). “Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos que millones podrían contar” (Aparecida, 260). Describen con una belleza inusual en un documento magisterial lo que seguramente contemplaban cada día en el santuario de Aparecida: “La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual” (Aparecida, 259).
Pero esta piedad popular, si bien la viven multitudes, “no es una espiritualidad de masas” (Aparecida, 261) sino que brota de lo más íntimo del corazón ante las situaciones de la vida cotidiana del pueblo. Y otra vez la riqueza del texto nos obliga a transcribirlo: “En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un Padrenuestro musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo en medio de una sencilla alegría” (Aparecida, 261).
En la línea de Puebla, Aparecida reconoce el potencial evangelizador de la piedad popular. Ésta es una espiritualidad “encarnada en la cultura de los sencillos” (Aparecida, 263), es por eso que participa del proceso de transmisión de valores inherente a cada cultura. Los obispos son conscientes de que las “tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado” (Aparecida, 39); pero, aún debilitado, este proceso sigue dándose en América Latina. De no ser así no se explicaría la existencia de una religiosidad popular en nuestro días. Esta dinámica interna del pueblo es lo que hace que Aparecida enseñe que gracias a la espiritualidad popular el “pueblo cristiano se evangeliza a sí mismo” (Aparecida, 264).
Es novedosa para un documento de este rango la presentación que hace Aparecida acerca de la necesidad de purificación que tiene la religiosidad popular. Ya había sido mérito de Medellín señalar que todas las formas de religiosidad -no sólo la vivida por los pobres- necesitan ser purificadas (ver Medellín VI, 4). Hasta antes de Aparecida, siempre que el Magisterio trataba la necesidad de purificación de la piedad popular lo hacía en términos de “rectificación de errores y excesos” (ver Medellín 6,5; 8,2; Puebla 83; 109; 457; 643; Santo Domingo 36; 39; 53). En esta Quinta Conferencia, los obispos -siguiendo la huella de aquel dueño de un campo con trigo y cizaña hablan de purificación en términos de crecimiento de riquezas presentes en el pueblo: “Cuando afirmamos que hay que evangelizarla o purificarla, no queremos decir que esté privada de riqueza evangélica. Simplemente deseamos que todos los miembros del pueblo fiel, reconociendo el testimonio de María y también de los santos, traten de imitarles cada día más” (Aparecida, 262).
No encontramos en Aparecida la enumeración de los riesgos de desviaciones de la religiosidad popular, no porque los desconozca o los niegue, sino porque es otra la idea que entiende por purificación de la piedad popular. Como señala V. Fernández, “en lugar de enumerar los riesgos, desarma las objeciones más comunes que se han usado para criticar la piedad popular” (Entrevista a Víctor Fernández, 6). A quienes piensan que la piedad popular no es auténtica fe católica, que no tiene inserción eclesial y que no lleva a un compromiso misionero, los obispos les enseñan que “la piedad popular es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros” (Aparecida, 264).
Más bien señalan el riesgo que corre la Iglesia de despreciarla, o “considerarla un modo secundario de vida cristiana” (Aparecida, 263). Esta espiritualidad es “una expresión de sabiduría sobrenatural” (Aparecida, 263), vivida por gente que tiene muy poco de lo que se conoce como instrucción religiosa, pero “no por eso es menos espiritual, sino que lo es de otro modo” (Aparecida, 263). Porque “la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente sino de la acción interna de la gracia” (Aparecida, 263).
Además de espiritualidad popular, otra expresión que aparece por primera vez en el magisterio es mística popular (Aparecida, 264). Este sintagma fue introducido en la reflexión teológica por el jesuita argentino Jorge Seibold. Mirar la experiencia religiosa del pueblo en clave mística nos lleva a considerar los rasgos de vida mística que tiene la fe del pueblo. Aparecida no desarrolla la pluralidad de sentidos a la que nos abre esta expresión, sólo se limita a mencionarla introduciéndola así en la reflexión magisterial y proponiéndola al mundo teológico para su maduración.
Por último, señalamos que el lugar privilegiado que tiene la piedad mariana en la espiritualidad popular, también es mencionado por los obispos en Aparecida. En el rostro de María, los pobres “encuentran la ternura y el amor de Dios” (Aparecida, 265) y “ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio” (Aparecida, 265). Este amor a la Virgen que tiene el pueblo latinoamericano “ha sido capaz de fundir las historias latinoamericanas diversas en una historia compartida” (Aparecida, 43).
A modo de conclusión
Como conclusión, podemos decir que Aparecida representa un avance significativo en la valoración que hace el magisterio sobre las expresiones de fe de los pobres de Latinoamérica. Reconoce en ellos una verdadera espiritualidad, un modo propio -y válido- de vivir la fe cristiana por donde el Espíritu Santo va guiando a gran cantidad de latinoamericanos. También enseña que esta piedad “puede ser profundizada” (Aparecida, 262) y que puede hacerse, no tanto desde correcciones y rectificaciones, sino sobre todo buscando un “crecimiento a partir de la propia riqueza del pueblo” (Entrevista a Víctor Fernández, 6).
Hemos querido hasta aquí presentar la enseñanza de la última Conferencia sobre este modo de vivir la fe tan extendido en nuestro continente. Creemos que son muchas las consecuencias prácticas que podrían sacarse de esta doctrina. Queda ahora la tarea de buscar caminos pastorales para aplicarla, de buscar el modo de fecundar la vida pastoral de la Iglesia con las riquezas de este tesoro escondido que nos señala Aparecida.
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