ENTRE LA EPOPEYA Y LA HISTORIA
Publicado por Admin el 2010/7/10 (65 lecturas)
Ha quedado ya apuntado que en el s. X A. C., particularmente en el reinado de Salomón, cuando el territorio está en paz y la monarquía hebrea ha llegado a su esplendor, se establece, a imitación de otras cortes, un grupo de escribas o sabios, uno de cuyos cometidos será el redactar la historia’ de Israel: historia de los acontecimientos en curso, pero también de los sucesos pasados: ¿quiénes somos como pueblo? ¿Quiénes han sido nuestros antepasados? ¿De dónde procedían? ¿Por qué caminos hemos llegado hasta la situación actual?
De cara al presente y al futuro la tarea que realicen estos ‘investigadores’ sin duda que podrá recibir en muchos casos el calificativo de crónica o de relato histórico; pero, de cara al pasado, la tarea resulta más difícil: no hay documentos escritos, tan sólo tradiciones orales que se han ido transmitiendo de padres a hijos, con las desfiguraciones que eso lleva consigo, junto con el afán inherente a toda colectividad de magnificar los propios orígenes, acudiendo al recurso de lo sobrenatural y a la exageración a la hora de exaltar las hazañas de sus héroes; todo ello muy de acuerdo con lo que podían observar en los pueblos circundantes; intentando a la vez dar una explicación a la situación actual a través de conjeturas o causalidades, lo que hemos designado con el nombre de ‘etiología’. Todo esto nos hace pensar que los relatos bíblicos, al referirse a esos tiempos antiguos, han de tener más de legendario o de épico que de histórico.
Mirando hacia el pasado, nuestros sabios han podido remontarse hasta la persona de Abraham, al que consideran como fundador de la estirpe y primer depositario de una promesa. Esto nos sitúa en torno al s. XIX a. C.; desde entonces hasta el momento en que ellos se ponen a escribir, han pasado cerca de mil años. Naturalmente, todo este tiempo no podrá tener un tratamiento uniforme: a más distancia más inseguridad. Por eso podemos distinguir varios períodos:
1. Tiempo fundacional o de los patriarcas, entre los siglos XIX y XIV a.C. Sobre este período nos habla el libro del Génesis, a partir del capítulo 12 hasta el final.
2. Éxodo y desierto; siglo XIII; de ello nos habla el resto de los libros del Pentateuco, particularmente el libro del Éxodo.
3. Asentamiento en Palestina; tiene lugar entre los siglos XIII y XI; sobre ello nos informan los libros de Josué y de los Jueces.
l. TIEMPO FUNDACIONAL O DE LOS PATRIARCAS
Dijimos que la Biblia es una ‘historia de salvación’. Esa historia de salvación se inicia con la creación; pero es principalmente a partir del capítulo 12 del Génesis, con la promesa que Dios le hace a Abraham, cuando de forma más estricta da comienzo esta historia. Los 11 primeros capítulos del Génesis quieren ofrecernos una visión de la humanidad, alejada de Dios y dividida entre sí, como consecuencia del pecado; pues bien, es en ese momento cuando Dios interviene en la historia de la humanidad de una manera especial para salvarla. Abraham nace en Ur, de Caldea, en torno al año 1800 a. C.; de allí sale hacia Jarán y, posteriormente, desciende hacia la tierra de Canaán. Estos movimientos eran frecuentes, motivados por presiones de pueblos invasores más fuertes que obligaban a estos desplazamientos. Según la Biblia, el desplazamiento de Abraham está dignificado: es consecuencia de una orden de Dios.
Dos son, según estos capítulos del Génesis, los aspectos que hacen importante la figura de Abraham:
a) El es el depositario de una promesa.
b) El es el hombre de la fe.
a. Depositario de una promesa
Dios le hace a Abraham una promesa, repetida en diversos momentos: 12, 2-3.7; 13, 14-17; 15, 1-20; 17, 1-8; 18, 9-14; 22, 15-18). ¿En qué consiste esa promesa? El Señor le promete a Abraham varias cosas:
Una descendencia ilimitada: ser padre de una gran nación: “De ti haré una nación grande” (12, 2); “haré tu descendencia como el polvo de la tierra” (13, 16); “mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas; así será tu descendencia” (15, 5); etc.
Una tierra en posesión para él y sus descendientes: “A tu descendencia he de dar esta tierra” (12, 7); “Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Pues bien, toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia por siempre... Levántate, recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque a ti te lo he de dar” (13, 14-15.17); etc.
Por él serán bendecidos todos los linajes de la tierra (12, 3; 22, 18).
Para él y su posteridad el Señor será su Dios, dignándose establecer con él una alianza:
“Yo soy para ti un escudo” (15, 1); “Y estableceré mi alianza entre nosotros dos y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad..., yo seré el Dios de los tuyos” (17, 7-8); etc.
b. El es el hombre de la fe
A estas promesas y a esa propuesta de alianza, Abraham responde con su fe: “Y creyó en Yahvé, el cual se lo reputó por justicia” (15, 6), y con la ratificación de la alianza, ejecutando sus exigencias (17, 23-27); y esto a pesar de que los años iban pasando y él y su mujer Sara se iban haciendo viejos. Llegará el hijo, Isaac, pero es entonces cuando se presentará la prueba mayor para su fe: La propuesta de sacrificar a su hijo único (22, 1-18).
Repugna a nuestra sensibilidad el que Dios hiciera a Abraham una propuesta semejante. ¿Qué pudo suceder en realidad?
El v. 14 consigna un dato: la existencia de un monte con el nombre de ‘Yahvé provee’. Nos encontramos con una etiología: a este dato se le busca una causa, y esto es lo que se relata en este capítulo 22. En realidad podría tratarse de un ‘hecho interpretativo’, con el que se querría afirmar: la fe-confianza de Abraham era tan grande que, aun en el caso de que Dios le hubiera exigido el sacrificio de su hijo único, habría seguido fiándose de él.
Podría tratarse también de una narración con carácter didáctico, para precaver a los israelitas de la práctica de sacrificios humanos frecuente en tierras de Canaán.
El elogio de la fe de Abraham lo encontramos en diversos pasajes de la Biblia: Eclo 44, 19-21; Rm 4, I-25; Ga 3, 6-14; Hb 11, 8-19. Frente al pecado de la humanidad de querer igualarse a Dios, Abraham responde con la actitud sumisa y filial de quien se fía de Dios, de quien espera contra toda esperanza.
Los relatos sobre Abraham se prolongan desde el cap. 12 al 25. A continuación la figura de Isaac pasa más desapercibida, ya que se habla de él preferentemente en relación con su padre Abraham o con sus hijos Esaú y Jacob (Cap. 21-27; 35). Sobre Jacob la narración se extiende principalmente desde los caps. 25 a 35 y 46 a 50, y sobre José desde el 37 al 50.
La historia patriarcal es una historia de familia; reúne los recuerdos que se conservan de los antepasados, Abraham, Isaac, Jacob, José. Es una historia popular: se detiene en anécdotas personales y en rasgos pintorescos sin ninguna preocupación por relacionar estas narraciones con la historia general. Es, en fin, una historia religiosa: todos los momentos decisivos están marcados por una intervención divina, y en ellos todo aparece como providencial: concepción teológica verdadera desde un punto de vista superior, pero que descuida la acción de las causas segundas; además, los hechos se introducen, se explican y se agrupan en orden a demostrar una tesis religiosa: hay un Dios que ha formado a un pueblo y le ha dado un país; este Dios es Yahvé, el pueblo es Israel, el país es la Tierra santa. Pero estos relatos son históricos en el sentido de que, a su manera, narran acontecimientos reales que dan una imagen fiel del origen y migraciones de los antepasados de Israel y de sus vínculos geográficos y étnicos, de su conducta moral y religiosa. Los recelos de que han sido objeto estos relatos deberían ceder ante el testimonio favorable que les aportan los recientes descubrimientos de la historia y de la arqueología orientales”.
2. EXODO Y DESIERTO
En el Pentateuco encontramos un vacío; es el tiempo que va desde la muerte de Jacob hasta que se hace insoportable la situación de los hebreos en Egipto y Moisés promueve el éxodo; es el tiempo que corre entre los siglos XVII y XIII.
Al comienzo del Éxodo se describe esa situación, motivada por la presencia en el trono de Egipto de “un nuevo rey que nada sabía de José” (1, 8). Efectivamente, hubo en Egipto una dinastía de faraones de raza semita, los llamados ‘hiksos’, que gobernaron aproximadamente entre los años 1720-1552; en su tiempo José estuvo en el poder. Cuando fue derrocada esa dinastía las cosas comenzaron a ponerse mal para los hebreos, hasta llegar al siglo XIII, en que Ramsés II (1290-1224), al construir las ciudades de Pitom y Ramsés, empleó a los hebreos como esclavos. Esto da pie a su salida de Egipto. ¿Qué es lo que sucedió en realidad? Es difícil precisarlo.
En el texto unas veces se alude a ‘expulsión’, otras veces a ‘huida’. Probablemente hubo una expulsión de hebreos con ocasión de la caída de la dinastía de los hiksos en el siglo XVI. La huida tiene lugar ahora en el siglo XIII. Es posible que se hayan fundido ambas tradiciones, incorporando al éxodo-huida los recuerdos de la otra tradición: éxodo-expulsión. La intervención divina en el paso del mar y en el desastre de los egipcios tiene también tratamiento distinto. Según una tradición (la sacerdotal): Moisés extendió su mano sobre el mar; se dividieron las aguas (14, 21); los israelitas entran en medio del mar a pie enjuto (14, 22); los egipcios se lanzan en su persecución (14, 23); Moisés extiende de nuevo su mano sobre el mar, que volvió a su lecho, anegando a los egipcios (14, 27). Según la tradición Yavista, quien actúa directamente es el Señor: hizo retirarse el mar con un fuerte viento; el mar se secó (14, 21). Al despuntar el día el mar recobró su estado ordinario; los egipcios fueron anegados (14, 27-30). En el primer caso se habla de atravesar el mar; en el segundo más bien de un simple caminar por la orilla del mar.
¿Cuál fue el itinerario seguido? Tradicionalmente se supone que, atravesando la zona del Mar Rojo, se bajó hacia el Sinaí. Otros prefieren situarlo a lo largo de la orilla del mar Mediterráneo bajando luego hacia Cadés. El texto nos proporciona unos nombres, pero es difícil saber a qué lugares actuales corresponden; podrían indicar el camino del norte; pero ese camino parece ser excluido expresamente en 13, 17-18. Por otra parte, la referencia al mar de Suf (mar de las Cañas) parece ser una adición posterior. Tal vez los nombres apuntados en 14, 2 correspondan al éxodo-expulsión, que seguiría el camino del norte.
a) Un punto de partida
Este episodio se convierte en el suceso por excelencia, con carácter fundacional, en la historia del pueblo de Israel. En el aspecto sociopolítico significa la liberación de la esclavitud, y en el religioso el encuentro personal con el Dios que elige a Israel como pueblo de su predilección. Este será el acontecimiento que se evocará posteriormente todos los años con la fiesta de la Pascua, como la gran fiesta religioso-nacional.
En el relato se entrecruzan las tradiciones Yavista, elohista y sacerdotal, que, a su vez, pueden responder a los recuerdos de los diversos grupos que se federan en Siquén (Jos 24): los que no bajaron a Egipto, los que fueron expulsados, los que huyeron con Moisés. De entre todos estos recuerdos hay uno que, por su importancia y espectacularidad, se convierte en el más significativo y, consiguientemente, en epopeya nacional: el éxodo.
b) Algunos detalles
En torno al momento central del éxodo figuran otros detalles; vamos a fijarnos en algunos de ellos:
· La zarza ardiendo. Moisés se siente llamado por el Señor para libertar a su pueblo; es lo que arranca del episodio misterioso de la zarza ardiendo (3, 2s). ¿Qué es lo que Moisés experimentó? ¿Contempló realmente una zarza ardiendo? ¿O fue la expresión plástica de una visión interior? Dios le comunica su nombre; nombre al que se le han dado diversas traducciones, aunque siempre coincidiendo en que se trata de una forma arcaica del verbo ‘ser’.
· Las plagas. Lo primero con que tropezamos son las contradicciones que se dan entre ellas, debido a las exageraciones y a que proceden de tradiciones distintas. Hoy día se intenta explicarlas como fenómenos naturales, que en aquella ocasión pudieron tener particular viru-lencia. Esto no es óbice para que aquellos sucesos tuvieran sentido de signo ante el Faraón en favor de los hebreos. Cuando se dice que “los magos hicieron lo mismo”, lo que se quiere decir es que dieron una explicación natural del suceso.
· Institución de la Pascua. En el cap. 12 se cuenta la celebración de la primera Pascua israelita antes de salir de Egipto; ¿realmente sucedió así? Tanto la fiesta de la Pascua como la de los Ázimos eran dos fiestas cananeas, preexistentes a la llegada de los israelitas y que éstos asumieron como recuerdo de su liberación.
· Por el desierto. Entre la salida de Egipto y la ocupación de Palestina hay un largo espacio de tiempo. El número de 40 no deja de ser un número simbólico: tiempo de prueba, de camino hacia la salvación. Es el tiempo en que, entre docilidad y rebeldía, Moisés les va creando la conciencia de grupo homogéneo, les va inculcando unas normas de comportamiento, y en que experimentan la presencia y providencia de Dios que hará alianza con ellos. Es el tiempo que evocarán e idealizarán los profetas como tiempo del amor primero entre Dios y su pueblo.
· El maná y las codornices. Frente a las quejas de falta de alimentos, el relato alude a ciertas formas de avituallamiento de que dispusieron en su vagabundear por el desierto: el maná y las codornices. Naturalmente que tenían otros recursos para su alimentación: los rebaños que llevaban consigo (12, 38), los frutos de los oasis (l5, 27), el grano de las plantaciones en asentamientos más prolongados (Lv 8, 26), etc.; pero se destaca el maná y las codornices como ayuda providencial. De ambos se habla en Ex 16, aunque, probablemente los dos fenómenos se produjeron en zonas y en estaciones del año distintas; incluso pueden proceder de tradiciones de grupos diversos. Se supone que el llamado ‘maná’ corresponde a la secreción producida en el tratamiento al ser picado por insectos. Y las bandadas de codornices podían abatirse exhaustas sobre la península del Sinaí en sus periódicos desplazamientos entre Europa y África para invernar y veranear.
La tradición sacerdotal deja claros sus puntos de vista al decir que el día sexto se recogerá doble ración para no tener que trabajar el sábado (16, 5).
3. ASENTAMIENTO EN PALESTINA
De la ocupación de la tierra de Canaán o Palestina, tras la salida de Egipto y travesía del desierto, nos hablan los libros de Josué y de los Jueces. Al primero le da nombre Josué, el lugarteniente de Moisés (libro, sobre Josué’, no ‘escrito por Josué’), que inicia la ocupación de Palestina. El segundo lleva por título “Jueces”. Con exactitud este título sólo corresponde a algunos de ellos; la mayoría son más bien caudillos o libertadores, y es de esta acción libertadora de lo que habla el libro.
Estos libros fueron engrosándose con sucesivas adiciones hasta el s. VI para Josué y el V para Jueces. Fundamentalmente responden a la tradición deuteronomista.
Respecto de su valor histórico debemos hacer las mismas reservas expresadas al comienzo de este capítulo. Es innegable que los israelitas consiguieron dominar Canaán... Podemos decir en general que Josué conserva recuerdos auténticos de la conquista israelita... Dado que parte del material es de tipo folklórico, no podremos determinar un hecho histórico concreto, pero sí podemos asegurar, al menos en líneas generales, que las tradiciones se fundan en la historia. El asentamiento fue progresivo, lo mismo que la integración entre los diversos grupos; cosa que pudo estar ultimada hacia el año 1200 a. C.
Por su parte, al libro de los Jueces no podemos considerarle como fuente suficiente para hacernos idea de todo lo ocurrido durante ese tiempo. No se trata de caudillos que hubieran estado al frente de todo Israel sino de simples jefes de tribus. Los Jueces eran héroes locales que surgieron para remediar aprietos de su tribu. Débora es la primera que logra reunir un buen número de tribus para enfrentarse al enemigo común, los reinos cananeos. En su canto se denuncia a las tribus remisas en tomar parte, un indicio de que se estaba formando la conciencia de una comunidad de intereses y destino... A esa mujer se la llama ‘madre de Israel’. Ella y su hazaña, en efecto, son el agarradero más firme que tenemos del origen de la confederación de Israel.
4. ¿JUSTIFICACION DE LA CONQUISTA?
La lectura de estos libros nos induce a pensar que este asentamiento en Palestina no fue un asentamiento pacífico: hubo que conquistar y defender lo conquistado. ¿Cómo se justifica esto?
Desde el punto de vista de Israel es fácil. Sabemos que todos estos relatos fueron escritos después de estar asentados en Palestina. Entonces es fácil decir: Hemos ocupado esta tierra porque era tierra de Yahvé, porque El nos la prometió, porque El nos ayudó a conquistarla; si actuamos violentamente fue porque Yahvé nos ordenó eliminar a los habitantes del país.
Pero realmente ¿las cosas fueron así? ¿Yahvé ordenó la conquista y el exterminio? Aquí, como en otras ocasiones, Dios escribe derecho con líneas torcidas; realiza sus planes a través de las acciones malas o imperfectas de los hombres. Dios puede prometer una tierra porque sabe que, en el juego de las causas segundas, los israelitas van a llegar a ocuparla; pero no es que quiera o induzca a los medios empleados para su ocupación.
Después de conquistada la tierra, se interpreta su conquista como una intervención de Dios; incluso las acciones sanguinarias se justifican como si hubieran sido ordenadas por Dios. No se trata de una orden de Dios, sino de una interpretación a la luz de la mentalidad de aquellos pueblos, que concebían a la divinidad como exigiendo esa contribución para prestar su ayuda.
En el libro de los Jueces es más bien Israel quien sufre la agresión. Según la interpretación del Deuteronomista, la infidelidad a la Alianza es la que le hace caer en manos de los enemigos; por el contrario, la vuelta a Yahvé es lo que garantiza el envío de un libertador.
MENSAJE DENTRO DE LA HISTORIA DE SALVACION
1.-Abraham
· Dios es el que tiene la iniciativa de la salvación. El sale al paso de Abraham para ser su Dios y el de su descendencia, hasta que llegue el Mesías Jesús, en quien serán bendecidos todos los linajes de la tierra.
· La respuesta de la fe. Por su parte, Abraham nos enseña que, frente a la promesa de Dios, la actitud humana no ha de ser otra que la de la fe. Más padre por la fe que por la sangre, se ha podido convertir en padre de todos los creyentes (Rm 4,11).
2.-Éxodo
· Dios es el que es. Dios se manifiesta a su pueblo, a través de Moisés, como “el que es”, el Dios que vive y que da vida, cuya naturaleza consiste en existir, el trascendente. Este pasaje contiene potencialmente las ampliaciones que le dará el resto de la revelación, cf. Ap 1,8: ‘Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso.
· Dios llama a la libertad. El mensaje fundamental del Éxodo es que Dios quiso la libertad de su pueblo, que no fueran esclavos, que disfrutaran de autonomía para poder ser los depositarios de su promesa y elección, y para poder más fácilmente vivir su religión monoteísta sin contaminarse con la idolatría circundante. El pueblo fue consciente de esta voluntad de Dios y por eso instituyó una fiesta anual para celebrarlo
3.-La tierra prometida
· Dios fiel a su promesa. El mensaje del libro de Josué es el de demostrar que Dios cumplió la promesa, hecha a Abraham y Moisés, de dar a los israelitas una tierra en posesión.
· Necesidad de ser fieles a la alianza. Por su parte, el del libro de los Jueces es el de la necesidad de la fidelidad a la alianza pactada con Yahvé. Yahvé acompaña y ayuda al pueblo en la medida en que éste es fiel; se retira en cuanto el pueblo se olvida de él.
MENSAJE PARA HOY
1. Necesidad de la fe. La figura de Abraham sigue teniendo actualidad: la fe, el fiarse de Dios, es el fundamento de nuestra justificación; pero una fe que es principio de acción; a este propósito dice St: “¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?” (2, 22).
2. Mensaje de liberación. Al Éxodo dirigen su mirada todos los actuales promotores de la liberación. Una liberación que se presenta a tres niveles: socio-político, liberación de todo sometimiento injusto a otros poderes; personal, liberación de lo que nos esclaviza e impide nuestra realización personal; trascendente, liberación del pecado. Todo ello proyectado hacia la liberación escatológica y universal que se realiza en Cristo.
3. Simbolismo. En el paso del mar Rojo se ha visto siempre una figura del Bautismo: la salvación a través del agua. Y en el maná una figura de la Eucaristía: alimento espiritual en el desierto de la vida.
4. Fidelidad de Dios a sus promesas. Dios sigue siendo fiel a sus promesas. Lo que sucede es que las promesas del Dios cristiano difieren de las de la antigua Alianza. Cristo nos ha descubierto unos bienes superiores -las Bienaventuranzas- y son esos los que nos promete ahora.
Una teología de estilo épico
Uno puede sentirse decepcionado ante tan pocas cosas ciertas. Esto se debe al género de estos relatos -son una epopeya- , que tienen ante todo una importancia teológica.
Una epopeya
Diversos clanes pretenden tener un mismo origen (los que se han quedado en Canaán, los expulsados de Egipto, los que huyeron con Moisés) y se federan en la asamblea de Siquén (Jos 24). Al agruparse con los demás, cada clan aporta sus tradiciones que se fusionan para formar el patrimonio común del nuevo grupo. Los diversos recuerdos se sobreponen unos sobre otros. Así, por ejemplo, el recuerdo del ‘paso’ del Jordán contribuye a hacer de las escaramuzas al lado del lago un ‘paso del mar’. Otros sucesos señalan el establecimiento en Canaán: el paso del Jordán, la conquista de ciudades fortificadas, la victoria de Taanac cantada por Débora (Je 5). Entre todos ellos destacó un acontecimiento y se convirtió en símbolo de todos los demás, en el símbolo de la liberación: fue el éxodo.
Una teología
Estos sucesos se pusieron por escrito, no para enseñar un curso de historia o de geografía, sino para hablarnos de Dios. A través de estos relatos, aparece el rostro de un Dios liberador, que quiere un pueblo de hombres libres, que le sirvan libremente viviendo su existencia en la alianza con él. Esto es lo esencial y lo que movió toda la vida de Israel, y luego la de los cristianos. Esta experiencia fundamental permitirá algún día descubrir que no es solamente a un pueblo al que Dios quiere liberar, sino al hombre, se podrán escribir entonces los relatos de la creación que extienden a la humanidad entera ese don de la vida y de la libertad.
De cara al presente y al futuro la tarea que realicen estos ‘investigadores’ sin duda que podrá recibir en muchos casos el calificativo de crónica o de relato histórico; pero, de cara al pasado, la tarea resulta más difícil: no hay documentos escritos, tan sólo tradiciones orales que se han ido transmitiendo de padres a hijos, con las desfiguraciones que eso lleva consigo, junto con el afán inherente a toda colectividad de magnificar los propios orígenes, acudiendo al recurso de lo sobrenatural y a la exageración a la hora de exaltar las hazañas de sus héroes; todo ello muy de acuerdo con lo que podían observar en los pueblos circundantes; intentando a la vez dar una explicación a la situación actual a través de conjeturas o causalidades, lo que hemos designado con el nombre de ‘etiología’. Todo esto nos hace pensar que los relatos bíblicos, al referirse a esos tiempos antiguos, han de tener más de legendario o de épico que de histórico.
Mirando hacia el pasado, nuestros sabios han podido remontarse hasta la persona de Abraham, al que consideran como fundador de la estirpe y primer depositario de una promesa. Esto nos sitúa en torno al s. XIX a. C.; desde entonces hasta el momento en que ellos se ponen a escribir, han pasado cerca de mil años. Naturalmente, todo este tiempo no podrá tener un tratamiento uniforme: a más distancia más inseguridad. Por eso podemos distinguir varios períodos:
1. Tiempo fundacional o de los patriarcas, entre los siglos XIX y XIV a.C. Sobre este período nos habla el libro del Génesis, a partir del capítulo 12 hasta el final.
2. Éxodo y desierto; siglo XIII; de ello nos habla el resto de los libros del Pentateuco, particularmente el libro del Éxodo.
3. Asentamiento en Palestina; tiene lugar entre los siglos XIII y XI; sobre ello nos informan los libros de Josué y de los Jueces.
l. TIEMPO FUNDACIONAL O DE LOS PATRIARCAS
Dijimos que la Biblia es una ‘historia de salvación’. Esa historia de salvación se inicia con la creación; pero es principalmente a partir del capítulo 12 del Génesis, con la promesa que Dios le hace a Abraham, cuando de forma más estricta da comienzo esta historia. Los 11 primeros capítulos del Génesis quieren ofrecernos una visión de la humanidad, alejada de Dios y dividida entre sí, como consecuencia del pecado; pues bien, es en ese momento cuando Dios interviene en la historia de la humanidad de una manera especial para salvarla. Abraham nace en Ur, de Caldea, en torno al año 1800 a. C.; de allí sale hacia Jarán y, posteriormente, desciende hacia la tierra de Canaán. Estos movimientos eran frecuentes, motivados por presiones de pueblos invasores más fuertes que obligaban a estos desplazamientos. Según la Biblia, el desplazamiento de Abraham está dignificado: es consecuencia de una orden de Dios.
Dos son, según estos capítulos del Génesis, los aspectos que hacen importante la figura de Abraham:
a) El es el depositario de una promesa.
b) El es el hombre de la fe.
a. Depositario de una promesa
Dios le hace a Abraham una promesa, repetida en diversos momentos: 12, 2-3.7; 13, 14-17; 15, 1-20; 17, 1-8; 18, 9-14; 22, 15-18). ¿En qué consiste esa promesa? El Señor le promete a Abraham varias cosas:
Una descendencia ilimitada: ser padre de una gran nación: “De ti haré una nación grande” (12, 2); “haré tu descendencia como el polvo de la tierra” (13, 16); “mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas; así será tu descendencia” (15, 5); etc.
Una tierra en posesión para él y sus descendientes: “A tu descendencia he de dar esta tierra” (12, 7); “Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Pues bien, toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia por siempre... Levántate, recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque a ti te lo he de dar” (13, 14-15.17); etc.
Por él serán bendecidos todos los linajes de la tierra (12, 3; 22, 18).
Para él y su posteridad el Señor será su Dios, dignándose establecer con él una alianza:
“Yo soy para ti un escudo” (15, 1); “Y estableceré mi alianza entre nosotros dos y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad..., yo seré el Dios de los tuyos” (17, 7-8); etc.
b. El es el hombre de la fe
A estas promesas y a esa propuesta de alianza, Abraham responde con su fe: “Y creyó en Yahvé, el cual se lo reputó por justicia” (15, 6), y con la ratificación de la alianza, ejecutando sus exigencias (17, 23-27); y esto a pesar de que los años iban pasando y él y su mujer Sara se iban haciendo viejos. Llegará el hijo, Isaac, pero es entonces cuando se presentará la prueba mayor para su fe: La propuesta de sacrificar a su hijo único (22, 1-18).
Repugna a nuestra sensibilidad el que Dios hiciera a Abraham una propuesta semejante. ¿Qué pudo suceder en realidad?
El v. 14 consigna un dato: la existencia de un monte con el nombre de ‘Yahvé provee’. Nos encontramos con una etiología: a este dato se le busca una causa, y esto es lo que se relata en este capítulo 22. En realidad podría tratarse de un ‘hecho interpretativo’, con el que se querría afirmar: la fe-confianza de Abraham era tan grande que, aun en el caso de que Dios le hubiera exigido el sacrificio de su hijo único, habría seguido fiándose de él.
Podría tratarse también de una narración con carácter didáctico, para precaver a los israelitas de la práctica de sacrificios humanos frecuente en tierras de Canaán.
El elogio de la fe de Abraham lo encontramos en diversos pasajes de la Biblia: Eclo 44, 19-21; Rm 4, I-25; Ga 3, 6-14; Hb 11, 8-19. Frente al pecado de la humanidad de querer igualarse a Dios, Abraham responde con la actitud sumisa y filial de quien se fía de Dios, de quien espera contra toda esperanza.
Los relatos sobre Abraham se prolongan desde el cap. 12 al 25. A continuación la figura de Isaac pasa más desapercibida, ya que se habla de él preferentemente en relación con su padre Abraham o con sus hijos Esaú y Jacob (Cap. 21-27; 35). Sobre Jacob la narración se extiende principalmente desde los caps. 25 a 35 y 46 a 50, y sobre José desde el 37 al 50.
La historia patriarcal es una historia de familia; reúne los recuerdos que se conservan de los antepasados, Abraham, Isaac, Jacob, José. Es una historia popular: se detiene en anécdotas personales y en rasgos pintorescos sin ninguna preocupación por relacionar estas narraciones con la historia general. Es, en fin, una historia religiosa: todos los momentos decisivos están marcados por una intervención divina, y en ellos todo aparece como providencial: concepción teológica verdadera desde un punto de vista superior, pero que descuida la acción de las causas segundas; además, los hechos se introducen, se explican y se agrupan en orden a demostrar una tesis religiosa: hay un Dios que ha formado a un pueblo y le ha dado un país; este Dios es Yahvé, el pueblo es Israel, el país es la Tierra santa. Pero estos relatos son históricos en el sentido de que, a su manera, narran acontecimientos reales que dan una imagen fiel del origen y migraciones de los antepasados de Israel y de sus vínculos geográficos y étnicos, de su conducta moral y religiosa. Los recelos de que han sido objeto estos relatos deberían ceder ante el testimonio favorable que les aportan los recientes descubrimientos de la historia y de la arqueología orientales”.
2. EXODO Y DESIERTO
En el Pentateuco encontramos un vacío; es el tiempo que va desde la muerte de Jacob hasta que se hace insoportable la situación de los hebreos en Egipto y Moisés promueve el éxodo; es el tiempo que corre entre los siglos XVII y XIII.
Al comienzo del Éxodo se describe esa situación, motivada por la presencia en el trono de Egipto de “un nuevo rey que nada sabía de José” (1, 8). Efectivamente, hubo en Egipto una dinastía de faraones de raza semita, los llamados ‘hiksos’, que gobernaron aproximadamente entre los años 1720-1552; en su tiempo José estuvo en el poder. Cuando fue derrocada esa dinastía las cosas comenzaron a ponerse mal para los hebreos, hasta llegar al siglo XIII, en que Ramsés II (1290-1224), al construir las ciudades de Pitom y Ramsés, empleó a los hebreos como esclavos. Esto da pie a su salida de Egipto. ¿Qué es lo que sucedió en realidad? Es difícil precisarlo.
En el texto unas veces se alude a ‘expulsión’, otras veces a ‘huida’. Probablemente hubo una expulsión de hebreos con ocasión de la caída de la dinastía de los hiksos en el siglo XVI. La huida tiene lugar ahora en el siglo XIII. Es posible que se hayan fundido ambas tradiciones, incorporando al éxodo-huida los recuerdos de la otra tradición: éxodo-expulsión. La intervención divina en el paso del mar y en el desastre de los egipcios tiene también tratamiento distinto. Según una tradición (la sacerdotal): Moisés extendió su mano sobre el mar; se dividieron las aguas (14, 21); los israelitas entran en medio del mar a pie enjuto (14, 22); los egipcios se lanzan en su persecución (14, 23); Moisés extiende de nuevo su mano sobre el mar, que volvió a su lecho, anegando a los egipcios (14, 27). Según la tradición Yavista, quien actúa directamente es el Señor: hizo retirarse el mar con un fuerte viento; el mar se secó (14, 21). Al despuntar el día el mar recobró su estado ordinario; los egipcios fueron anegados (14, 27-30). En el primer caso se habla de atravesar el mar; en el segundo más bien de un simple caminar por la orilla del mar.
¿Cuál fue el itinerario seguido? Tradicionalmente se supone que, atravesando la zona del Mar Rojo, se bajó hacia el Sinaí. Otros prefieren situarlo a lo largo de la orilla del mar Mediterráneo bajando luego hacia Cadés. El texto nos proporciona unos nombres, pero es difícil saber a qué lugares actuales corresponden; podrían indicar el camino del norte; pero ese camino parece ser excluido expresamente en 13, 17-18. Por otra parte, la referencia al mar de Suf (mar de las Cañas) parece ser una adición posterior. Tal vez los nombres apuntados en 14, 2 correspondan al éxodo-expulsión, que seguiría el camino del norte.
a) Un punto de partida
Este episodio se convierte en el suceso por excelencia, con carácter fundacional, en la historia del pueblo de Israel. En el aspecto sociopolítico significa la liberación de la esclavitud, y en el religioso el encuentro personal con el Dios que elige a Israel como pueblo de su predilección. Este será el acontecimiento que se evocará posteriormente todos los años con la fiesta de la Pascua, como la gran fiesta religioso-nacional.
En el relato se entrecruzan las tradiciones Yavista, elohista y sacerdotal, que, a su vez, pueden responder a los recuerdos de los diversos grupos que se federan en Siquén (Jos 24): los que no bajaron a Egipto, los que fueron expulsados, los que huyeron con Moisés. De entre todos estos recuerdos hay uno que, por su importancia y espectacularidad, se convierte en el más significativo y, consiguientemente, en epopeya nacional: el éxodo.
b) Algunos detalles
En torno al momento central del éxodo figuran otros detalles; vamos a fijarnos en algunos de ellos:
· La zarza ardiendo. Moisés se siente llamado por el Señor para libertar a su pueblo; es lo que arranca del episodio misterioso de la zarza ardiendo (3, 2s). ¿Qué es lo que Moisés experimentó? ¿Contempló realmente una zarza ardiendo? ¿O fue la expresión plástica de una visión interior? Dios le comunica su nombre; nombre al que se le han dado diversas traducciones, aunque siempre coincidiendo en que se trata de una forma arcaica del verbo ‘ser’.
· Las plagas. Lo primero con que tropezamos son las contradicciones que se dan entre ellas, debido a las exageraciones y a que proceden de tradiciones distintas. Hoy día se intenta explicarlas como fenómenos naturales, que en aquella ocasión pudieron tener particular viru-lencia. Esto no es óbice para que aquellos sucesos tuvieran sentido de signo ante el Faraón en favor de los hebreos. Cuando se dice que “los magos hicieron lo mismo”, lo que se quiere decir es que dieron una explicación natural del suceso.
· Institución de la Pascua. En el cap. 12 se cuenta la celebración de la primera Pascua israelita antes de salir de Egipto; ¿realmente sucedió así? Tanto la fiesta de la Pascua como la de los Ázimos eran dos fiestas cananeas, preexistentes a la llegada de los israelitas y que éstos asumieron como recuerdo de su liberación.
· Por el desierto. Entre la salida de Egipto y la ocupación de Palestina hay un largo espacio de tiempo. El número de 40 no deja de ser un número simbólico: tiempo de prueba, de camino hacia la salvación. Es el tiempo en que, entre docilidad y rebeldía, Moisés les va creando la conciencia de grupo homogéneo, les va inculcando unas normas de comportamiento, y en que experimentan la presencia y providencia de Dios que hará alianza con ellos. Es el tiempo que evocarán e idealizarán los profetas como tiempo del amor primero entre Dios y su pueblo.
· El maná y las codornices. Frente a las quejas de falta de alimentos, el relato alude a ciertas formas de avituallamiento de que dispusieron en su vagabundear por el desierto: el maná y las codornices. Naturalmente que tenían otros recursos para su alimentación: los rebaños que llevaban consigo (12, 38), los frutos de los oasis (l5, 27), el grano de las plantaciones en asentamientos más prolongados (Lv 8, 26), etc.; pero se destaca el maná y las codornices como ayuda providencial. De ambos se habla en Ex 16, aunque, probablemente los dos fenómenos se produjeron en zonas y en estaciones del año distintas; incluso pueden proceder de tradiciones de grupos diversos. Se supone que el llamado ‘maná’ corresponde a la secreción producida en el tratamiento al ser picado por insectos. Y las bandadas de codornices podían abatirse exhaustas sobre la península del Sinaí en sus periódicos desplazamientos entre Europa y África para invernar y veranear.
La tradición sacerdotal deja claros sus puntos de vista al decir que el día sexto se recogerá doble ración para no tener que trabajar el sábado (16, 5).
3. ASENTAMIENTO EN PALESTINA
De la ocupación de la tierra de Canaán o Palestina, tras la salida de Egipto y travesía del desierto, nos hablan los libros de Josué y de los Jueces. Al primero le da nombre Josué, el lugarteniente de Moisés (libro, sobre Josué’, no ‘escrito por Josué’), que inicia la ocupación de Palestina. El segundo lleva por título “Jueces”. Con exactitud este título sólo corresponde a algunos de ellos; la mayoría son más bien caudillos o libertadores, y es de esta acción libertadora de lo que habla el libro.
Estos libros fueron engrosándose con sucesivas adiciones hasta el s. VI para Josué y el V para Jueces. Fundamentalmente responden a la tradición deuteronomista.
Respecto de su valor histórico debemos hacer las mismas reservas expresadas al comienzo de este capítulo. Es innegable que los israelitas consiguieron dominar Canaán... Podemos decir en general que Josué conserva recuerdos auténticos de la conquista israelita... Dado que parte del material es de tipo folklórico, no podremos determinar un hecho histórico concreto, pero sí podemos asegurar, al menos en líneas generales, que las tradiciones se fundan en la historia. El asentamiento fue progresivo, lo mismo que la integración entre los diversos grupos; cosa que pudo estar ultimada hacia el año 1200 a. C.
Por su parte, al libro de los Jueces no podemos considerarle como fuente suficiente para hacernos idea de todo lo ocurrido durante ese tiempo. No se trata de caudillos que hubieran estado al frente de todo Israel sino de simples jefes de tribus. Los Jueces eran héroes locales que surgieron para remediar aprietos de su tribu. Débora es la primera que logra reunir un buen número de tribus para enfrentarse al enemigo común, los reinos cananeos. En su canto se denuncia a las tribus remisas en tomar parte, un indicio de que se estaba formando la conciencia de una comunidad de intereses y destino... A esa mujer se la llama ‘madre de Israel’. Ella y su hazaña, en efecto, son el agarradero más firme que tenemos del origen de la confederación de Israel.
4. ¿JUSTIFICACION DE LA CONQUISTA?
La lectura de estos libros nos induce a pensar que este asentamiento en Palestina no fue un asentamiento pacífico: hubo que conquistar y defender lo conquistado. ¿Cómo se justifica esto?
Desde el punto de vista de Israel es fácil. Sabemos que todos estos relatos fueron escritos después de estar asentados en Palestina. Entonces es fácil decir: Hemos ocupado esta tierra porque era tierra de Yahvé, porque El nos la prometió, porque El nos ayudó a conquistarla; si actuamos violentamente fue porque Yahvé nos ordenó eliminar a los habitantes del país.
Pero realmente ¿las cosas fueron así? ¿Yahvé ordenó la conquista y el exterminio? Aquí, como en otras ocasiones, Dios escribe derecho con líneas torcidas; realiza sus planes a través de las acciones malas o imperfectas de los hombres. Dios puede prometer una tierra porque sabe que, en el juego de las causas segundas, los israelitas van a llegar a ocuparla; pero no es que quiera o induzca a los medios empleados para su ocupación.
Después de conquistada la tierra, se interpreta su conquista como una intervención de Dios; incluso las acciones sanguinarias se justifican como si hubieran sido ordenadas por Dios. No se trata de una orden de Dios, sino de una interpretación a la luz de la mentalidad de aquellos pueblos, que concebían a la divinidad como exigiendo esa contribución para prestar su ayuda.
En el libro de los Jueces es más bien Israel quien sufre la agresión. Según la interpretación del Deuteronomista, la infidelidad a la Alianza es la que le hace caer en manos de los enemigos; por el contrario, la vuelta a Yahvé es lo que garantiza el envío de un libertador.
MENSAJE DENTRO DE LA HISTORIA DE SALVACION
1.-Abraham
· Dios es el que tiene la iniciativa de la salvación. El sale al paso de Abraham para ser su Dios y el de su descendencia, hasta que llegue el Mesías Jesús, en quien serán bendecidos todos los linajes de la tierra.
· La respuesta de la fe. Por su parte, Abraham nos enseña que, frente a la promesa de Dios, la actitud humana no ha de ser otra que la de la fe. Más padre por la fe que por la sangre, se ha podido convertir en padre de todos los creyentes (Rm 4,11).
2.-Éxodo
· Dios es el que es. Dios se manifiesta a su pueblo, a través de Moisés, como “el que es”, el Dios que vive y que da vida, cuya naturaleza consiste en existir, el trascendente. Este pasaje contiene potencialmente las ampliaciones que le dará el resto de la revelación, cf. Ap 1,8: ‘Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso.
· Dios llama a la libertad. El mensaje fundamental del Éxodo es que Dios quiso la libertad de su pueblo, que no fueran esclavos, que disfrutaran de autonomía para poder ser los depositarios de su promesa y elección, y para poder más fácilmente vivir su religión monoteísta sin contaminarse con la idolatría circundante. El pueblo fue consciente de esta voluntad de Dios y por eso instituyó una fiesta anual para celebrarlo
3.-La tierra prometida
· Dios fiel a su promesa. El mensaje del libro de Josué es el de demostrar que Dios cumplió la promesa, hecha a Abraham y Moisés, de dar a los israelitas una tierra en posesión.
· Necesidad de ser fieles a la alianza. Por su parte, el del libro de los Jueces es el de la necesidad de la fidelidad a la alianza pactada con Yahvé. Yahvé acompaña y ayuda al pueblo en la medida en que éste es fiel; se retira en cuanto el pueblo se olvida de él.
MENSAJE PARA HOY
1. Necesidad de la fe. La figura de Abraham sigue teniendo actualidad: la fe, el fiarse de Dios, es el fundamento de nuestra justificación; pero una fe que es principio de acción; a este propósito dice St: “¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?” (2, 22).
2. Mensaje de liberación. Al Éxodo dirigen su mirada todos los actuales promotores de la liberación. Una liberación que se presenta a tres niveles: socio-político, liberación de todo sometimiento injusto a otros poderes; personal, liberación de lo que nos esclaviza e impide nuestra realización personal; trascendente, liberación del pecado. Todo ello proyectado hacia la liberación escatológica y universal que se realiza en Cristo.
3. Simbolismo. En el paso del mar Rojo se ha visto siempre una figura del Bautismo: la salvación a través del agua. Y en el maná una figura de la Eucaristía: alimento espiritual en el desierto de la vida.
4. Fidelidad de Dios a sus promesas. Dios sigue siendo fiel a sus promesas. Lo que sucede es que las promesas del Dios cristiano difieren de las de la antigua Alianza. Cristo nos ha descubierto unos bienes superiores -las Bienaventuranzas- y son esos los que nos promete ahora.
Una teología de estilo épico
Uno puede sentirse decepcionado ante tan pocas cosas ciertas. Esto se debe al género de estos relatos -son una epopeya- , que tienen ante todo una importancia teológica.
Una epopeya
Diversos clanes pretenden tener un mismo origen (los que se han quedado en Canaán, los expulsados de Egipto, los que huyeron con Moisés) y se federan en la asamblea de Siquén (Jos 24). Al agruparse con los demás, cada clan aporta sus tradiciones que se fusionan para formar el patrimonio común del nuevo grupo. Los diversos recuerdos se sobreponen unos sobre otros. Así, por ejemplo, el recuerdo del ‘paso’ del Jordán contribuye a hacer de las escaramuzas al lado del lago un ‘paso del mar’. Otros sucesos señalan el establecimiento en Canaán: el paso del Jordán, la conquista de ciudades fortificadas, la victoria de Taanac cantada por Débora (Je 5). Entre todos ellos destacó un acontecimiento y se convirtió en símbolo de todos los demás, en el símbolo de la liberación: fue el éxodo.
Una teología
Estos sucesos se pusieron por escrito, no para enseñar un curso de historia o de geografía, sino para hablarnos de Dios. A través de estos relatos, aparece el rostro de un Dios liberador, que quiere un pueblo de hombres libres, que le sirvan libremente viviendo su existencia en la alianza con él. Esto es lo esencial y lo que movió toda la vida de Israel, y luego la de los cristianos. Esta experiencia fundamental permitirá algún día descubrir que no es solamente a un pueblo al que Dios quiere liberar, sino al hombre, se podrán escribir entonces los relatos de la creación que extienden a la humanidad entera ese don de la vida y de la libertad.
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