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Laicos: compromiso social y eclesial
Publicado por Admin el 24/6/2008 (1484 lecturas)
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La formación integral del laicado es una necesidad para la presencia evangelizadora en la vida pública
Hay que ser sensibles actualmente, y tomar conciencia sobre la importancia, urgencia y necesidad de la formación de los laicos, la exhortación apostólica Christifideles Laici, recoge esta exigencia para el testimonio y presencia madura de los laicos en la vida pública, especialmente en su capítulo V y último.
Formación y espiritualidad son dos temas que están en estrecha relación y hay que tratarlos conjuntamente.

Es indudable que las vivencias y las prácticas espirituales que personalmente se tienen están de ordinario conectadas con el tipo de formación que ha recibido el sujeto; y viceversa: hablando de estos temas, el anhelo por afianzar y progresar en la propia formación, depende ordinariamente de la seriedad con que se asuman las propias obligaciones eclesiales, y en definitiva, con la intensidad de la propia vida cristiana.
Juan Pablo II en el discurso a los miembros de la Asociación Cristiana de Trabajadores Cristianos (ACLI), reunidos en la Plaza de San Pedro para celebrar el 50 aniversario de su fundación (1.V.95), insiste una vez más en la formación y dice:
La plena aceptación del Evangelio, tanto en la exigencia personal como en el compromiso asociativo y en la acción social dará fuerza y originalidad a nuestra presencia... Es necesario para este fin ”la conversión al Evangelio” recuperar el compromiso por la formación... Objetivo de todo itinerario educativo, cristianamente motivado, es la maduración de una auténtica espiritualidad... Resultados de dicho esfuerzo formativo serán la formación integral de las personas, a través del crecimiento en una fe consciente y capaz de testimonio misionero, la adquisición de conocimientos y de competencias, la capacitación para el estudio, para el discernimiento, para las opciones responsables, para la proyección social, para la ciudadanía activa y solidaria, para la coherencia y para la entrega de sí por el bien común (Ecclesia n. 2.738, 2l.V.1995. pág. 35 ”[795]).
1. La formación. Comprensión de la misma
1.1. Se entiende como un proceso largo, complejo, en el que se integran múltiples elementos «formadores» con el fin de que se conviertan en imágenes vivas de Jesucristo, aquellos que han sido llamados y han aceptado su vocación, cualquiera que esta sea.
1.2. Hay que situarse en un tipo de formación que pretende ser «integral». Se dan dos aspectos distintos en la formación. Según el Derecho Canónico, el primero es el derecho general de todos los fieles a recibir los medios sobrenaturales de la formación cristiana ”la Palabra y los Sacramentos” (c. 213) y el derecho”deber de todos los laicos de adquirir el conocimiento de la doctrina adecuado a la condición de cada uno (c. 229 & 1, en correspondencia con el 217).
1.3. Si el laico debe impregnar con su fe la realidad social que le circunda, lo peculiar de su formación no consistirá sin más en una particular formación doctrinal religiosa o espiritual. Dentro de la integridad de la formación de la persona humana, en el caso concreto del laico, junto a esas facetas, se sitúa en primer término la formación profesional, humana, cívica, etc., que el fiel laico adquiere ”como sus demás conciudadanos” en el trabajo, en el seno de la familia, en la vida de relación social, en la escuela o universidad, en la diversión, etc.
Todos esos no son elementos accesorios y secundarios, sino aspectos integrantes de una formación sin la cual el laico no estará en condiciones de llevar a cabo la función eclesial que le corresponde (GS 43, AA l y cap. III y AA 29).
1.4. Formar es ayudar, a quienes están en formación, a que progresivamente hagan suyos «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2, 5). Se trata, en suma, de entender la formación como un proceso de «renovación de espíritu y mentalidad», de «revestirse de nueva humanidad» (Ef 4, 12”24).
En resumen, entendida así la formación, queda claro que es mucho más que «in formación» o aprendizaje de conocimientos de cualquier orden, por elevados que estos sean. Es «con formación» en su sentido primario de dar forma; desde este punto de vista, tiene importantes elementos de socialización y de «probación», para los que no bastan profesores, libros y pupitres, sino que se hacen necesarias experiencias de vida, compañeros y formadores, acompañamiento. Y desde ahí se puede decir también que la formación es «con formación», como proceso que, por su propia naturaleza, nunca puede ser solitario y ha de ser siempre comunitario, acompañado.
2. Características de la formación del laicado actual
Hoy se necesita promocionar un laicado cristiano, quizás con más urgencia que en otras épocas, formado íntegramente, con coherencia, para poder responder adecuadamente a los retos de la sociedad y a las necesidades de la propia Iglesia. Las características o aspectos principales son los siguientes:

2.1. La identidad cristiana, sin más aditamentos, como eje central de la formación de los laicos
En la actualidad se da una nueva situación (secularismo, neopaganismo, ateísmo, indiferentismo”), que urge a la recuperación de la conciencia de que es central en el ser y vivir cristianos la necesidad de conversión personal a Jesucristo, al Reino de Dios y a la esperanza de vida eterna.
En estos tiempos de nueva evangelización se necesita un laicado cuya formación gire toda ella desde un eje central, y este no puede ser otro que la conversión a la vivencia y al cultivo intensivo de la identidad cristiana sin más aditamentos. Se necesita un laicado consciente que tenga como nota distintiva la conversión a la globalidad y a la totalidad del ser cristiano, de acuerdo con la fe de la Iglesia y con los signos actuales.
2.2. Encuentro con Dios en Jesucristo
Una formación laical centrada sobre la identidad cristiana se ha de proponer como objetivo básico suscitar el encuentro con Dios en Jesucristo en todos los ámbitos de la vida. La formación que el laico necesita hoy debe estar concebida como un medio para suscitar, vivenciar y profundizar el encuentro cristiano en toda su plenitud, esto es, para ayudar al laico a tomar conciencia y a vivir:
” el encuentro con Dios que Jesucristo nos manifiesta,
” el encuentro con la Iglesia como sacramento y prolongación de Jesús,
” el encuentro con los pobres y la opción preferencial por ellos como actitud evangélica prioritaria, el encuentro con la naturaleza y con la historia,
” el encuentro con uno mismo,
” la conversión permanente al Evangelio.
Todo ello como implicaciones fundamentales del encuentro con Jesucristo. La Iglesia debe llegar a los lejanos, no sólo a los alejados. Ser Iglesia es para la misión. En la actualidad la misión ad gentes conserva todo su valor, y para ello, Juan Pablo II, distingue tres situaciones:
a) La actividad misionera que se dirige a pueblos, grupos humanos o contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras.
b) La nueva evangelización (o reevangelización) se desarrolla en ámbitos en que los bautizados han perdido el sentido de la fe o de la pertenencia eclesial.
c) La actividad pastoral se desarrolla en comunidades eclesiales adecuadas y sólidas. La primera es el punto de llegada o el dinamismo interno de las otras dos.
Ahora bien, necesitamos de una formación que parta de la conversión personal de los incrédulos y aún de los mismos que se tienen por cristianos a una experiencia religiosa de Jesucristo, de su mensaje de salvación, del descubrimiento de la perla preciosa del Reino de Dios y de la renuncia y desprendimiento de las demás cosas.
2.3. El desarrollo de la espiritualidad evangélica
La formación cristiana exige el cultivo y desarrollo de una espiritualidad evangélica. La espiritualidad de un laico es, simplemente, la espiritualidad cristiana: encuentro con Jesucristo del que nace la conversión y la espiritualidad cristiana que abarca todos los ámbitos y momentos de la vida. Este encuentro lleva al seguimiento y, por tanto, a la participación en su novedad de vida, que pasa inevitablemente por la cruz; vida de amor entregado en la fe y en la esperanza; vida ”toda ella, y no sólo la interioridad” según el Espíritu (LG 34. ChL 1 l).
De un laico debe esperarse todo lo que debe esperarse de un verdadero cristiano:
” oración
” subversión de falsos valores vigentes en la sociedad,
” fidelidad a los criterios evangélicos de la vida,
” amor prioritario y práctico a los pobres, solidaridad,
” sentido de Iglesia (comunión, comunicación, vida sacramental...).
Sin embargo, puesta la forma de vida propia del laico y la realidad actual de nuestra sociedad e Iglesia, cabe esperar que el laico desarrolle algunos de estos rasgos:
La interioridad: una oración más pegada a lo cotidiano y con modos y ritmos más flexibles, aunque buscando espacios apropiados de realimentación (grupos, retiros, etc.) para renovar la oración y revitalizar la fe, la esperanza y el amor. La lucha: una ascesis y penitencia con paciencia en el crecimiento (honradez profesional, puesta al día profesional continua, asunción de las exigencias de la vida familiar, integración de lo social y político...). La Iglesia: una participación eclesial (liturgia, movimientos, comunidad...) que se apoye más en la calidad que en la multiplicación de actos, reuniones, cursos, etc.
Este carácter radical y totalizante de la fe y de espiritualidad hace de ellas el núcleo de la identidad cristiana. Así es como la vida entera del cristiano se convierte en una vida:
” a la escucha de la Palabra,
” de ofrenda a Dios,
” de adoración y acción de gracias
” de mediación entre el mundo y Dios,
” de oración,
” de miembros conscientes de la Iglesia,
” de seguidores de Jesucristo,
” de testigos del Reino en este mundo.
La nueva etapa formativa de los laicos que se propugna ha de dejar atrás todos los espiritualismos desencarnados y evasivos y todos los secularismos comprometidos en los que el laicado ha estado inmerso años atrás, los cuales, de un modo u otro, falsean la identidad cristiana, y ha de encarnar el verdadero ser cristiano teniendo en cuenta los signos de los tiempos.
2.4. Coherencia cristiana o unidad fe”vida
Unificar la fe y la vida o ser cristianos coherentes ha sido siempre uno de los retos centrales en la formación del laicado y, en general, en toda formación cristiana. El logro de esta coherencia se hace progresivamente, ”siempre estamos necesitados de conversión”, abarca toda la vida e incluye cuatro aspectos principales:
” unidad entre la fe y conciencia,
” unidad entre la fe y la vida cotidiana,
” unidad entre la fe y la teoría/praxis humana y
” unidad entre la fe y los métodos de pensamiento y acción.
La crisis de identidad cristiana tiene mucho que ver con lo antedicho. Hay que superar la inmadurez en la conciencia cristiana que huye de todo compromiso y de toda la cultura actual. Y también, la conciencia que reduce la fe al compromiso y a lo humano; prescinde de las orientaciones éticas y disciplinares de la Iglesia y tiende a aceptar, sin crítica, concepciones, actitudes, ideas y valoraciones que se presentan como progresistas, pero no son coherentes con la fe cristiana.

No existe conciencia cristiana adulta si no es la fe la que preside, articula, informa y unifica el encuentro que se da en todo militante cristiano entre su ser hombre inmerso en la sociedad y su ser miembro de la Iglesia. Para el cristiano la fe es siempre el valor y el criterio decisivo. En relación con este aspecto tiene mucha importancia la cuestión de la pedagogía a utilizar en la formación.
2.5. La realización de la persona como tal: dimensión humana
Toda formación cristiana auténtica empieza por ser verdadera formación humana y militante. Para el cristiano el Evangelio es el criterio último de lo verdaderamente humano y Jesucristo la respuesta plena a la pregunta ¿qué es el hombre?
La formación de los laicos ha de tender siempre a desarrollar los valores humanos, tales como: libertad, solidaridad, justicia, responsabilidad, felicidad, honradez, fortaleza, sinceridad” que han de ser vividos por los cristianos desde su particular perspectiva y óptica de fe, y a favorecer la realización plena de las personas según sus propias cualidades, aptitudes y potencialidades. Así se facilita el testimonio específico y veraz ante el mundo.
La coherencia cristiana abarca todos los ámbitos de la vida. Ahora se especifican y desarrollan un poco los fundamentales:
a) La vida familiar. Es necesario recrear la familia cristiana de nuestros tiempos. Para un cristiano la familia está llamada a ser una comunidad cristiana doméstica, verdadera célula de la sociedad y de la Iglesia y foco de auténtico testimonio cristiano.
Aunque la vocación matrimonial y familiar será lo más frecuente, la formación laical debe tender también a valorar la vocación célibe, aun entre los laicos. La historia de la espiritualidad cristiana nos hace ver que el descubrimiento profundo de la vida matrimonial cristiana va unido a la valoración del celibato y viceversa.
b) La vida profesional. El militante cristiano, salvo cuando está desempleo, ejerce una determinada actividad profesional. Esta es otra dimensión importante a iluminar por la formación. Hay que resaltar que la formación de los laicos, especialmente de los adultos, tenga presente las características de las diversas profesiones y ocupaciones de los militantes e, incluso, que existan medios, cauces y materiales para el cultivo específico de la fe en cada una de las profesiones. Otro tanto habría que decir del ocio y del tiempo libre.
c) La vida y el compromiso eclesial y sociopolítico. Por último conviene subrayar dos dimensiones de especial trascendencia por su carácter globalizante: la dimensión eclesial y la dimensión social y política.
El cristiano es miembro, a la vez, de la sociedad y de la Iglesia. Son dos ciudadanías a las que no corresponden dos conciencias, una humana y política y otra cristiana y eclesial, sino una única conciencia cristiana, cuyo motor es la vivencia de la fe, que por una parte, lleva a edificar la comunidad eclesial y, por la otra, a ordenar el mundo según el designio de Dios. Dice Juan Pablo II (ChL 59):
«En el descubrir y vivir la propia vocación y misión de los fieles laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcada su mismo ser de miembros de la Iglesia y ciudadanos de la sociedad humana. En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte la denominada vida ”espiritual” con sus valores y sus exigencias; y por otra, la denominada vida ”secular”, es decir la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura».

El cultivo de la dimensión eclesial y de la dimensión sociopolítica está lleno de implicaciones concretas para un planteamiento formativo adecuado al hablar del compromiso eclesial y social de los laicos, y para la formación permanente de los sacerdotes.




Antonio Cartagena Ruiz
Sacerdote. Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar. Conferencia Episcopal Española. Conferencia presentada en San Luis Potosí, México, en el Encuentro Regional de laicos convocado por la Arquidiócesis de San Luis Potosí, (5.IX.03).
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