Evangelio del día 9 de abril – Tiempo de Pascua

Evangelio del día 9 de abril – Tiempo de Pascua
Hechos 3, 11-26 / Lucas 24, 35-48
Salmo responsorial Sal 8, 2a. 5-9
R/. “¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre!”

Santoral:
Santa Casilda, San Vadim
y San Lorenzo de Irlanda

Aunque no te vea, creeré, Señor

Que frente a lo palpable, Señor, nunca me cerraré a lo invisible.
Que, si no puedo medir, dejaré que Tú, Señor, lo hagas por mí.
Que seré un privilegiado porque, aunque no te vea, sé que existes.

Aunque no te vea, creeré, Señor.
Que sigues vivo y operante en medio de tu pueblo.
Que en la experiencia interna del corazón es donde hablas.
Que en las manos abiertas es donde acaricias.
Que en los pies que acompañan es donde te haces presente.

Aunque no te vea, creeré, Señor.
Porque, otros hace mucho tiempo, te vivieron y te vieron.
Porque, otros hace mucho tiempo, te escucharon y te contemplaron.
Porque, otros hace mucho tiempo, te tocaron.
Porque, otro hace mucho tiempo, después de dudar, creyó.

Aunque no te vea, creeré, Señor.
En tu presencia real y milagrosa en la comunidad cristiana.
En tu presencia misteriosa en la eucaristía.
En tu presencia silenciosa en el caminar del hombre y de la Iglesia.
En la alegría que produce el saber que Tú caminas a nuestro lado.

Aunque no te vea, creeré, Señor.
Aunque no se pueda comprobar tu existencia.
Aunque otros se dejen llevar por lo que exclusivamente se pueda medir.
Aunque otros afirmen que tus heridas ya cicatrizaron y se cerraron para siempre.
Aunque el mundo, sabio e ignorante a la vez, no sepan entenderte ni acogerte.

Aunque no te vea, creeré, Señor.
Entre otras cosas, Señor, creeré porque Tú sólo eres capaz
de dar un brillo y una luz especiales a mis ojos, para ver
que sigues vivo aun habiendo estado muerto por nosotros.

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Jueves, 9 de Abril de 2015

JUEVES
DE LA OCTAVA DE PASCUA

Ustedes mataron al autor de la vida,
pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
3, 11-26

Como el paralítico que había sido sanado no soltaba a Pedro y a Juan, todo el pueblo, lleno de asombro, corrió hacia ellos, que estaban en el pórtico de Salomón.
Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: «Israelitas, ¿de qué se asombran? ¿Por qué nos miran así, como si fuera por nuestro poder o por nuestra santidad, que hemos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quien ustedes entregaron, renegando de Él delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerlo en libertad. Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
Por haber creído en su Nombre, ese mismo Nombre ha devuelto la fuerza al que ustedes ven y conocen. Esta fe que proviene de Él, es la que lo ha sanado completamente, como ustedes pueden comprobar. Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. Pero así Dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer.
Por lo tanto, hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados. Así el Señor les concederá el tiempo del consuelo y enviará a Jesús, el Mesías destinado para ustedes. El debe permanecer en el cielo hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció antiguamente por medio de sus santos profetas.
Moisés, en efecto, dijo: “El Señor Dios suscitará para ustedes, de entre sus hermanos, un profeta semejante a mí, y ustedes obedecerán a todo lo que él les diga. El que no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y todos los profetas que han hablado a partir de Samuel, anunciaron también estos días.
Ustedes son los herederos de los profetas y de la Alianza que Dios hizo con sus antepasados, cuando dijo a Abraham: “En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Ante todo para ustedes Dios resucitó a su Servidor, y lo envió para bendecirlos y para que cada uno se aparte de sus iniquidades”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
8, 2a. 5-9

R. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre!
en toda la tierra!

Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides? R.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies. R.

Todos los rebaños y ganados,
y hasta los animales salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y cuanto surca los senderos de las aguas. R.

SECUENCIA
Como el Domingo de Pascua, Misa del día.

EVANGELIO

Estaba escrito: el Mesías debía sufrir
y resucitar de entre los muertos al tercer día

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
24, 35-48

Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; Él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, Yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos».
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Palabra del Señor

Reflexión

Hech 3, 11-26. En este anuncio de toda la obra salvífica de Jesús, en que se indica que cada uno es responsable de la entrega y del rechazo del mismo a la muerte, se nos disculpa, conforme al estilo en que san Lucas nos habla de la misericordia divina. Parece haber un eco de aquellas palabras: Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen.
La responsabilidad del profeta, cuyas palabras pueden estar acompañadas de grandes señales, consiste en saber reportar su Misión y sus obras a Aquel que lo llamó y lo envió como testigo. No se anuncia el propio nombre, sino el Nombre de Jesús. No puede uno creerse dueño de las comunidades, sino solo siervo del Evangelio.
Hay muchos títulos que se le aplican al Señor en esta lectura: Siervo, Santo, Justo, Autor de la vida, Mesías, Señor, Profeta, Descendencia de Abraham. Podemos aumentar muchos más; esto no nos salva, pues no basta decir Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos. Hay que reconocer a Dios como nuestro Padre; arrepentirnos de nuestras faltas y convertirnos a Él. Sólo así, perdonados nuestros pecados, Dios enviará a su Hijo para que nosotros nos unamos a Él como las ramas se unen al tronco, y así seamos adoptados como hijos de Dios; y entonces, sólo entonces, Dios se convertirá para nosotros en una bendición.

Sal 8. Dios, su Nombre es admirable en toda la tierra. Dios, el Todopoderoso, es el Creador de todo lo que contemplan nuestros ojos.
En la tierra la persona humana es el ser más grandioso creado por Dios. El Señor puso todo en sus manos para que ejerciera poder sobre ello. Por eso Dios nos hizo apenas inferiores a un dios.
nuestra misión sobre la tierra es vivir y actuar como representantes, vicarios de Dios en este mundo.
Muchas veces la maldad ha ofuscado, endurecido, desviado, oscurecido esa misión que Dios nos ha confiado; y es entonces cuando no han quedado muy claros el amor, la verdad, la rectitud, la santidad, la justicia, la solidaridad, la paz.
Reconocer que se ha deteriorado la imagen de Dios en nosotros y que la Misión de ser Signos vivos del amor de Dios se ha oscurecido y nos hemos desviado por caminos incorrectos, nos ha de ayudar a tomar la firme determinación de unir nuestra vida a la vida del Resucitado, pues en él se hacen nuevas todas la cosas.
Quienes hemos puesto nuestra fe en Cristo, si somos serios en ella, debemos permitirle al Señor que, desde nuestra frágil vida, sea Él quien en verdad se convierta en Señor de todas la cosas, para que dejen de esclavizarnos; y al mismo tiempo, desde nosotros, se convierta en hermano de todos para que dejemos de odiarnos, de destruirnos y de oprimirnos unos a otros.

Lc. 24, 35-48. Ya los discípulos han recibido el testimonio de Pedro, de los discípulos de Emaús, de María Magdalena y de otras mujeres.
Ahora Jesús se hace presente ante ellos y ellos podrán constatar la presencia del Resucitado de modo personal. Sólo así podrán ellos ser testigos, no de fábulas, sino de su experiencia personal con el Señor.
A Jesús se le conocerá a través de las Escrituras, que han tenido en Él su cumplimiento. No podemos hacer una interpretación de la Palabra de Dios al margen del resucitado; es Él quien abre nuestra inteligencia para que ahí lo reconozcamos como lo que es: el Enviado del Padre, que, amándonos, ha dado su vida por nosotros y nos ha confiado la misión de llevar su amor, su misericordia, su entrega a nuestro hermanos.
Quien proclame un evangelio distinto, o una interpretación distinta del mismo, y que deje de manifestarnos el amor y la misericordia de Dios hacia todos nosotros, no conoce al Señor, que ha salido al encuentro del pecador envuelto y esclavizado por las cosas pasajeras, o por sus maldades y vicios, para rescatarlo, salvarlo y reunir en un sólo pueblo a los hijos de Dios que el pecado había dispersado.
En la Eucaristía nos reunimos convocados por el Señor resucitado. No venimos a contemplar un fantasma que quisiera espantarnos con palabras de ultratumba, infundiendo miedo en nosotros con falsas revelaciones que nos reunieran en torno al Señor más por el miedo que por el amor.
Su Palabra debe transformar nuestros corazones y hacerlos arder en amor por Dios, para que dé su fruto y nos convirtamos no sólo en quienes anuncian la Palabra de Dios, sino en quienes dan testimonio de la misma con sus obras.
El Señor nos alimenta con su Eucaristía no sólo para habitar en nuestro corazón, sino para impulsar nuestra vida y convertirnos en constructores de su Reino aceptando y afrontando con amor todas las consecuencias del haber pronunciado nuestro sí a la voluntad de Aquel que nos llamó, nos instruyó con su Palabra y ejemplo, nos fortaleció con el Pan del Cielo y con la participación de su Espíritu, y nos envió como testigos suyos.
Nuestra misión no termina en la alabanza que tributamos a Dios en la Eucaristía; más bien, de ahí surge, con todo el compromiso de llevar, no nuestras palabras, sino la presencia del Señor que, hecha experiencia personal, ha de llegar hasta los últimos los rincones de la tierra y a todos los tiempos de nuestra historia.
No podemos inventarnos un nuevo evangelio; no podemos hacer relecturas del mismo acomodadas a nuestros criterios de maldad, de violencia, de desorden o de desequilibrios internos.
Cristo es el Señor de la historia que pasa por ella haciendo el bien, salvando por medio del amor, reinando en los corazones y no convirtiéndose en bandera para la violencia, para la destrucción, para la injusticia, para la persecución y la muerte.
Así como Él no se convierte en espanto para quienes lo contemplan, así como Él manifestó las huellas de su amor marcadas en sus manos, en sus pies y en su costado, así hemos de ser motivo de paz y no de guerra ni de angustia para nuestros hermanos. Hemos de ser motivo de entrega de nuestro propio ser para que los demás tengan vida y no motivo de destrucción de la vida de los demás pensando que así habremos barrido con la maldad que anidaba en los malvados.
Si Cristo nos ha mostrado las llagas que le causó el amor que tuvo a los pecadores hasta sus últimas consecuencias, ese ha de ser también el camino que manifiesta su Iglesia para que salve a los culpables, no para que los condene ni destruya.
¿Cuáles son las huellas de nuestro amor?
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser portadores de la paz, de la alegría, y de su amor. Que nos ayude a conducirlos a todos hacia Cristo para que seamos todos hijos en el Hijo. Que nuestra predicación no se base en el miedo, sino en el amor, para que, unidos por el amor fraterno y por un sólo Espíritu, estemos preparados para el día del Señor, no con el temor nacido del pecado, sino con las lámparas que, llenas del amor de Dios, iluminan a los demás por las buenas obras, por la generosidad, por la entrega, por la bondad y misericordia de Dios reflejadas en nuestra vida. Amén.

Homiliacatolica.com

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