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Evangelio del día 25 de Junio – En los caminos difíciles

oracion1Miércoles, 25 de junio de 2014
Semana 12ª durante el año
Feria – Verde
2 Reyes 22, 8. 10-13; 23, 1-3 / Mateo 7, 15-20
Salmo responsorial Sal 118, 33-36. 39-40

R/. “¡Muéstrame el camino de tus preceptos, Señor!”

Santoral:
San Guillermo de Vercelli, San Próspero,
Santa Leonor y San Salomón

En los caminos difíciles

Acoge, Corazón de Jesús,
los movimientos, a veces complicados y sin rumbo,
de todos los corazones de los creyentes.
Son muchas las dificultades que nos asolan.
Parece como si los acontecimientos
y las ideas del nuevo mundo
marchasen irremediablemente, y con ventaja,
por delante de nosotros.

Tú, Señor, nos dijiste:
“vosotros sois la luz del mundo”
Ayúdanos, con la fuerza de la verdad,
a iluminar los rincones
de nuestros pensamientos y de nuestra sociedad
Que no pase, ni un solo día,
sin dejar de hacer algo por tu Reino
de ofrecernos, en algo, por tu Reino
de avanzar, con alguien, por tu Reino.

Haz, Corazón de Jesús,
que lejos de lamentarnos por lo que nos acontece
pongamos nuestra esperanza en Ti:
sólo así no desfalleceremos.
Pongamos nuestras ilusiones en Ti:
sólo así nuestra alegría será verdadera
Pongamos nuestra fuerza en Ti:
sólo así dejaremos de estar débiles
Pongamos nuestro pensamiento Ti:
sólo así dejaremos de estar perdidos.

Permite, Corazón de Jesús,
que pongamos nuestras vidas, al lado de la tuya,
nuestros sentimientos, al compás de los tuyos,
nuestras manos, tomadas a las tuyas,
nuestros caminos, avanzando junto a los tuyos,
nuestra fe, alimentada y rejuvenecida
por la luz de tu Palabra y la fuente de la Eucaristía.
Amén.

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Miércoles,
25 de Junio de 2014

El rey leyó al pueblo las palabras del libro de la Alianza
hallado en la Casa del Señor
y selló delante del Señor la alianza

Lectura del segundo libro de los Reyes
22, 8. 10-13; 23, 1-3

El sumo sacerdote Jilquías dijo al secretario Safán: «He encontrado el libro de la Ley en la Casa del Señor».
Jilquías entregó el libro a Safán, y éste lo leyó.
Luego el secretario Safán anunció al rey: «Jilquías, el sacerdote, me ha dado un libro». Y Safán lo leyó delante del rey.
Cuando el rey oyó las palabras del libro de la Ley, rasgó sus vestiduras, y dio esta orden a Jilquías, el sacerdote, a Ajicám, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, a Safán, el secretario, y a Asaías, el servidor del rey: «Vayan a consultar al Señor por mí, por todo el pueblo y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que ha sido encontrado. Porque es grande el furor del Señor que se ha encendido contra nosotros, ya que nuestros padres no han obedecido a las palabras de este libro y no han obrado conforme a todo lo que está escrito en él».
El rey mandó que se reunieran junto a él todos los ancianos de Judá y de Jerusalén. Luego subió a la Casa del Señor, acompañado de todos los hombres de Judá y de todos los habitantes de Jerusalén -los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, desde el más pequeño al más grande-, y les leyó todas las palabras del libro de la Alianza, que había sido hallado en la Casa del Señor.
Después, de pie sobre el estrado, el rey selló delante del Señor la alianza que obliga a seguir al Señor y a observar sus mandamientos, sus testimonios y sus preceptos, de todo corazón y con toda el alma, cumpliendo las palabras de esta alianza escritas en aquel libro. Y todo el pueblo se comprometió en la alianza.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 118, 33-36. 39-40

R. ¡Muéstrame el camino de tus preceptos, Señor!

Muéstrame, Señor, el camino de tus preceptos,
y yo los cumpliré a la perfección.
Instrúyeme, para que observe tu ley
y la cumpla de todo corazón. R.

Condúceme por la senda de tus mandamientos,
porque en ella tengo puesta mi alegría.
Inclina mi corazón hacia tus prescripciones
y no hacia la codicia. R.

Aparta de mí el oprobio que temo,
porque tus juicios son benignos.
Yo deseo tus mandamientos:
vivifícame por tu justicia. R.

EVANGELIO

Por sus frutos los reconocerán

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
7, 15-20

Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.
Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.

Palabra del Señor.

Reflexión

2Re. 22, 8-13; 23, 1-3. Cuando se pierde el sentido de la vida, el rumbo de la misma se hace errático. No se tienen normas morales de comportamiento, pues no hay algo que le dé sentido al actuar de la persona, que vive como las hojas movidas por cualquier viento.
Si en verdad queremos vivir como personas que caminan día a día hacia una mayor perfección personal que nos dé una auténtica felicidad, estable, eterna, debemos saber cuál es la meta final hacia la que nos dirigimos.
Quien vive sin Dios no tiene por qué llevar comportamientos morales que manifiesten el grado de perfección, la cercanía a ese Dios en quien ha dejado de creer. La felicidad no puede cifrarse sólo en lo pasajero; la felicidad no puede comprarse; la felicidad nace de la realización interior de la persona. Por eso debemos continuamente descubrir y redescubrir a Dios en nuestra vida; lo cual nos llevará también a descubrir y redescubrir continuamente su Ley, llevada, por Jesucristo, a su perfección en el amor.
Aquel que sea capaz de amar hasta el extremo sabrá que, a pesar de la cruz, su vida tiene sentido, el sentido que le da el haberle dado a su existencia el rumbo que le lleva a unirse plenamente con ese Dios, que no sólo lo espera en la eternidad, sino que camina con él ya desde esta vida fortaleciéndolo, para que su amor sea cada vez más sincero y perfecto.
En lo más profundo de nuestro corazón, templo de Dios, podemos descubrir esa Ley del Amor, que Dios ha grabado en nosotros al comunicarnos su Espíritu Santo. Vivamos guiados por ese Espíritu del Señor que habita en nosotros.

Sal. 119 (118). Roguemos al Señor que incline nuestro corazón a cumplir con fidelidad su Palabra, buscando en ella, y no en la avaricia, nuestra paz y nuestra felicidad.
Hay muchas cosas pasajeras que no sólo nos han deslumbrado, sino que han embotado nuestra mente y nuestro corazón. Sólo la Gracia Divina puede hacer realidad en nosotros una verdadera conversión. Por eso le pedimos al Señor que sea Él quien aparte nuestros ojos de las vanidades y que nos enseñe y ayude a cumplir su voluntad y a guardarla de todo corazón, pues su Palabra es Palabra de Vida eterna para nosotros.
Volvamos al Señor con un corazón humilde, sencillo y sincero; aprendamos a escuchar su Palabra, y a meditarla en nuestro corazón para ponerla en práctica, y poder llegar a ser así dichosos eternamente.

Mt. 7, 15-20. Ya Jesús nos advertía diciendo: “En aquel tiempo muchos me dirán: ‘Señor, Señor: ábrenos’; pero Él les responderá: ‘¡No sé de dónde son!’ Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero Él les dirá: ‘¡No sé de dónde son! ¡Apártense de mí, malvados!”
No basta con vivir cercanos al Señor; no basta con sentarnos a su mesa; no basta con proclamar su Evangelio, en su Nombre, a todas las naciones. Se nos pide que seamos testigos del Reino y que no vivamos como los hipócritas.
El verdadero profeta, el enviado de Dios se conoce por sus frutos y no sólo por sus palabras.
Saber amar hasta el extremo; saber dar voz a los sin voz; socorrer al necesitado; trabajar por la justicia y la paz y muchas otras cosas que han de manifestar la lealtad de nuestra fe, serán la forma como nosotros demos testimonio de que realmente el Señor habita en nosotros y guía, no sólo nuestra lengua, sino también nuestros pasos, por el camino del bien.
El Señor conoce hasta lo más profundo de nuestro ser. Él es el único bueno. Al unir a Él nuestra vida, Él perdona nuestros pecados y nos santifica, para que seamos santos como Él es Santo. Esto se hace realidad en la Alianza de amor con Él que renovamos en esta Eucaristía.
Efectivamente aquí volvemos a adquirir el compromiso de caminar, ya no a impulsos de nuestros caprichos ni dominados por nuestra concupiscencia, sino guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo, que Dios ha infundido en nuestros corazones.
Así, vivificados por el Señor, nuestra vocación mira a unirnos plenamente a Dios; y puesto que esta unión se inicia ya desde esta vida, llevemos un comportamiento conforme a la Vida y al Espíritu que hemos recibido.
No vivamos como impostores, llevando sólo una vida de aparente virtud, revestidos sólo en la piel como ovejas, pero con un corazón podrido por la maldad y el pecado. El Señor nos quiere como personas de fe y de virtud probadas.
Cuando san Lucas nos habla del Señor nos dice que nos va a narrar todo lo que Jesús hizo y enseñó, pues antes de hablar Él hizo, Él vivió aquella Verdad y aquel Amor que no sólo nos anunció, sino de los que dio testimonio incluso con su propia sangre.
El camino de Jesús es el mismo camino de su Iglesia. Por eso nuestras obras deben hablar de que realmente nosotros vivimos en Dios y de que es Él el que continúa amando y salvando al mundo entero por medio de la Iglesia, que es su Cuerpo.
Sepamos hacia dónde se encaminan los pasos de la Iglesia; vamos hacia el Señor para unirnos con Él eternamente. Que nuestras buenas obras den a conocer que vamos por el camino correcto hacia nuestra perfección y hacia nuestra unión eterna con el Señor.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber poner totalmente nuestra confianza en Él, de dejarnos revestir de Cristo y de ser guiados por el Espíritu Santo para no sólo proclamar el Evangelio, sino para convertirnos en auténticos testigos del mismo. Amén.

Homiliacatolica.com

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