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Evangelio del día 20 de julio

Evangelio del día

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Evangelio del día 20 de julio
Éxodo 16, 1-5. 9-15 / Juan 20, 1-2. 11-18
Salmo Responsorial Sal 77, 18-19. 23-28
R/. “El Señor les dio un alimento celestial”

Santoral:
Santa María Magdalena , San Vandrilio,
Santas Ana Wang, Lucía Wang-Wang,
María Wang y San Andrés W.

Santa María Magdalena

Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo

Lectura del libro del Éxodo
16, 1-5. 9-15

Los israelitas partieron de Elím, y el día quince del segundo mes después de su salida de Egipto, toda la comunidad de los israelitas llegó al desierto de Sin, que está entre Elím y el Sinaí.
En el desierto, los israelitas comenzaron a protestar contra Moisés y Aarón. «Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, les decían, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Porque ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea».
Entonces el Señor dijo a Moisés: «Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo, y el pueblo saldrá cada día a recoger su ración diaria. Así los pondré a prueba, para ver si caminan o no de acuerdo con mi ley. El sexto día de la semana, cuando preparen lo que hayan juntado, tendrán el doble de lo que recojan cada día».
Moisés dijo a Aarón: «Da esta orden a toda la comunidad de los israelitas: “Preséntense ante el Señor, porque Él ha escuchado sus protestas”». Mientras Aarón les estaba hablando, ellos volvieron su mirada hacia el desierto, y la gloria del Señor se apareció en la nube. y el Señor dijo a Moisés:
«Yo escuché las protestas de los israelitas. Por eso, háblales en estos términos: “A la hora del crepúsculo ustedes comerán carne, y por la mañana se hartarán de pan. Así sabrán que Yo, el Señor, soy su Dios”».
Efectivamente, aquella misma tarde se levantó una bandada de codornices que cubrieron el campamento; y a la mañana siguiente había una capa de rocío alrededor de él. Cuando ésta se disipó, apareció sobre la superficie del desierto una cosa tenue y granulada, fina como la escarcha sobre la tierra. Al verla, los israelitas se preguntaron unos a otros: «¿Qué es esto?» Porque no sabían lo que era. Entonces Moisés les explicó: «Éste es el pan que el Señor les ha dado como alimento».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
77, 18-19. 23-28

R.
El Señor les dio un alimento celestial.

Los israelitas tentaron a Dios en sus corazones,
pidiendo comida a su antojo.
Hablaron contra Dios, diciendo:
«¿Acaso tiene Dios poder suficiente
para preparar una mesa en el desierto?» R.

Entonces mandó a las nubes en lo alto
y abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos el maná,
les dio como alimento un trigo celestial. R.

Todos comieron un pan de ángeles,
les dio comida hasta saciarlos.
Hizo soplar desde el cielo el viento del este,
atrajo con su poder el viento del sur. R.

Hizo llover sobre ellos carne como polvo
y pájaros como arena del mar:
los dejó caer en medio del campamento,
alrededor de sus carpas. R.

EVANGELIO

Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

a
Lectura del santo Evangelio
según san Juan
20, 1-2. 11-18

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentado uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»
María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».
Jesús le dijo: «¡María!»
Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes”». ‘
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que Él le había dicho esas palabras».

Palabra del Señor.

Reflexión

Ex. 16, 1-5. 9-15. He aquí que la mano de YHWH no es demasiado corta para salvar, ni sobrado duro su oído para oír. Si Dios envió plagas sobre Egipto para castigar a quienes tenían cautivo a su Pueblo, ahora enviará codornices y pan del cielo para salvar a los suyos, pues Él vela por ellos con amor. Ante la murmuración y la desesperación por la falta de alimento substancioso como se tenía en Egipto, se entiende en el fondo una especie de desconfianza sobre el que Dios pueda cumplir su plan de llevarles sanos y salvos hasta la tierra que mana leche y miel. Y Dios se manifiesta con ellos con gran misericordia. Finalmente no le han entregado su corazón a otro dios; siguen con Él, con reclamos nacidos de lo duro del camino, que tal vez ellos no previeron antes de aventurarse a caminar hacia la libertad, pues en ese momento de esclavitud insoportable, sólo pensaban en liberarse de quienes los tenían cautivos. Dios los comprende; por eso no los abandona y caminará con ellos como un Padre que vela por sus hijos. Ese es también el camino de fe de quien ha depositado su vida en Dios. No tengamos miedo ante las adversidades; sepamos que el Señor siempre irá con nosotros y saldrá en defensa de sus pobres.

Sal 78 (77). Recordamos aquellos momentos en que Jesús es puesto a prueba, y no cede a la tentación: Si eres hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan; Maestro, queremos verte hacer un milagro; Si es el Hijo de Dios, que baje de la cruz, para que creamos en Él. Cuando los Israelitas en el desierto quieren poner a prueba a Dios, el Señor escucha sus lamentos de desesperación y acude a ellos, no como quien ha sido vencido por una tentación, sino como un Padre que vela por sus hijos. Si Dios ha puesto en marcha a su pueblo hacia la posesión de la tierra prometida, Él velará por los suyos y no permitirá que el mal, ni el hambre, ni sus enemigos, ni alguna otra cosa contraria les afecten. Dios no lleva a sus hijos hacia el abismo, sino hacia el cumplimiento de sus promesas. Confiar en el Señor, aún cuando a veces la vida se nos torne difícil, es saberse amado por Él, protegido por Él, conducido por Él; es saber que sus caminos son seguros, aun cuando muchas veces incomprensibles.

Jn. 20, 1-2. 11-18. Jesús, resucitado, se aparece en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. A Jesús no le interesa el pasado de las personas, solamente que, habiendo creído en Él y habiendo recibido el perdón de sus pecados, en adelante acepten su Vida y se dejen guiar por el Espíritu Santo. María Magdalena no sólo es la primera que ve al Señor resucitado, sino que es la primera apóstol de la resurrección, pues el Señor la envía a comunicar este mensaje a los apóstoles. Este mensaje grandioso no es sólo el del acontecimiento de la resurrección, sino el de hacer conciencia de que quienes creen en Jesús ya no son siervos, ni sólo amigos, sino hermanos de Jesús; por lo cual nuestro Dios es también nuestro Padre. La experiencia personal de salvación experimentada por María Magdalena la hace portadora de una Buena Noticia vivida por ella misma. Dios nos llama a todos para hacernos partícipes, en Cristo, de su propia Vida. Sin importarle nuestro pasado Dios quiere salvarnos, y conducirnos al gozo de la Vida eterna a su diestra, junto con Jesús, su Hijo. Mientras llega ese momento, sin perder nuestra unión con el Señor, llevemos a todos su mensaje de amor, de verdad, de vida y de misericordia que Él nos ofrece a todos.
En esta Eucaristía el Señor nos hace la oferta de su propia Vida y Espíritu. Tal vez nuestra existencia no ha sido lo suficientemente recta en la presencia de Dios. No por eso el Señor nos ha cerrado las puertas de su amor. La prueba de que nos ama consiste tanto en hacerse uno con nosotros para comunicarnos su Vida y su mensaje de salvación, que llevaremos a nuestros hermanos, como también el hacernos entrar en comunión de vida entre nosotros mismos, de tal forma que así como el Padre y Él son uno, así lo seamos Él y nosotros. El Señor conoce a profundidad nuestra vida. Pero nos quiere comunicar su Espíritu para vayamos como testigos suyos a darle un nuevo rumbo a nuestro mundo y su historia. Vivamos unidos al Señor y seamos fieles portadores de su Evangelio de salvación a toda la humanidad.
En la Eucaristía hacemos nuestra la vida que Dios nos ofrece en Cristo Jesús; además, hacemos nuestra su misión. A nosotros corresponde trabajar por construir relaciones más fraternas, de tal forma que desaparezcan las persecuciones injustas y las manifestaciones de poderío egoísta. Somos hermanos y no podemos decirle a Dios: ¿Acaso soy guardián de mi hermano? Ser testigos de la resurrección de Cristo significa que nosotros, con nuestra vida, nuestras obras y palabras, somos un signo del Señor resucitado en medio de nuestros hermanos. Quien en lugar de anunciar con sus obras la vida, anuncia la muerte o la destrucción de su hermano, no puede llamarse, en verdad, hijo de Dios unido a Cristo Jesús. No hagamos de nuestra fe un motivo de dolor, ni de sufrimiento, ni de tristeza, ni de muerte para nuestros hermanos; sino que, por el contrario seamos motivos de paz, de alegría, de gozo, de vida para aquellos que entren en contacto con nosotros.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre, la gracia de amarnos y ayudarnos como hermanos. Que con nuestras actitudes de amor fraterno contribuyamos para que, juntos, nos encaminemos hacia la posesión de los bienes definitivos. Amén.

Homiliacatolica.com

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