Evangelio del día 30 de abril – Tercer Domingo de Pascua

Tercer Domingo de Pascua

Tercer Domingo de Pascua – 30 de Abril

Los discípulos de Emaús

   

RECUPERAR LA ESPERANZA

Todas las comunidades de creyentes, entre “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de nuestro tiempo” seguimos celebrando y proclamando que hemos descubierto el “tesoro escondido”, la “perla preciosa”, el “pan que se multiplica por doquier” y que nada de esto es posesión nuestra. Jesús de Nazaret, muerto en cruz y resucitado a una vida nueva y plena, ha abierto definitivamente la posibilidad de que las personas, todas las personas, vivamos felices desarrollando el proyecto “original” del Dios Abbá, Padre y Madre. El encuentro de los creyentes con el Espíritu de Jesús nos ayudará siempre a recuperar la esperanza cuando experimentemos fracasos, cuando estemos en horas bajas, cuando nos demos cuenta y reconozcamos que nuestro estilo de vida no ilumina a los demás.

Necesitamos recuperar un estilo de vida más evangélico. Necesitamos confrontar nuestras prácticas religiosas, nuestros mensajes éticos y nuestras estructuras eclesiales con la vida nueva que se encierra en el Evangelio y en los primeros años de existencia de las diferentes comunidades cristianas que surgieron de la predicación apostólica. Como los discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el pan, necesitamos seguir profundizando en la Palabra de Dios hasta que “ardan” nuestros corazones por el gran amor que se nos regala. En las “noches” de nuestra vida es imperativa la presencia de Jesús, reconocerlo cuando el pan se parte en la eucaristía y en la vida de los hermanos. Y compartir, compartir siempre en nuestras comunidades, lo que este “paso” de Jesús va logrando en todos los hermanos, especialmente en los más desfavorecidos.

 

 

 

 

LECTURAS PARA LA EUCARISTÍA DEL III DOMINGO DE PASCUA

 

 

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14. 22-33

 

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:
– Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
«Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia».
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que «no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción», hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, de lo cual todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo. Palabra de Dios

 

Comentario a la 1ª lectura

 

El apóstol Pedro levanta su voz para proclamar con entereza que Jesús ha resucitado y en Él se dan cumplimiento las Escrituras, porque Jesús es el Mesías anunciado desde siempre por los profetas, que Dios le ha constituido en “centro y Señor” de la salvación y que para alcanzarla es necesario convertirse al Señor, e incorporarse a la comunidad cristiana por medio del bautismo.

 

Sal 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11

 

  1. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.
  • Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;                                              yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
    El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,                                              mi suerte está en tu mano. R:
  • Bendeciré al Señor que me aconseja;                                                        hasta de noche me instruye internamente.
    Tengo siempre presente al Señor,                                                                  con él a mi derecha no vacilaré. R:
  • Por eso se me alegra el corazón,                                                                      se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena:
    porque no me entregarás a la muerte                                                          ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R:
  • Me enseñarás el sendero de la vida,                                                             me saciarás de gozo en tu presencia,
    de alegría perpetua a tu derecha. R:

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1,17-21

 

Queridos hermanos:
Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza. Principio del formulario

Palabra de Dios

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Comentario a la 2ª lectura

El Apóstol Pedro llama la atención de los cristianos para que tomen en serio la exigencia de la doctrina de Cristo-Jesús. Hemos sido rescatados y liberados por la muerte y resurrección de Jesús, por consiguiente, hemos de tomar en serio nuestra fe cristiana y poner nuestra esperanza solamente en Dios que nos ha liberado del pecado y en quien descansa nuestra fe y nuestra esperanza.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24,13-35

 

 

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
– ¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
– ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
Él les preguntó:
– ¿Qué?
Ellos le contestaron:
– Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo:
– ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
– Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
– ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
– Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra de DiosFinal del formularioPrincipio del formulario

 

 

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO

En el relato de los discípulos de Emaús se destaca el hecho de que lo reconocieron y se dieron cuenta que Jesús estaba vivo y que estaba junto a ellos, después de haber perdido la ilusión y la esperanza. Se encontraron con Jesús al compartir la mesa, al partir y compartir el pan.

 

PARA NUESTRA REFLEXIÓN

 

DOS EXPERIENCIAS CLAVE

 

Al pasar los años, en las comunidades cristianas se fue planteando espontáneamente un problema muy real. Pedro, María Magdalena y los demás discípulos habían vivido unas experiencias muy «especiales» de encuentro con Jesús vivo después de su muerte. Unas experiencias que a ellos los llevaron a «creer» en Jesús resucitado. Pero los que se acercaron más tarde al grupo de seguidores, ¿cómo podían despertar y alimentar esa misma fe? Éste es también hoy nuestro problema. Nosotros no hemos vivido el encuentro con el resucitado que vivieron los primeros discípulos. ¿Con qué experiencias podemos contar nosotros?

Es lo primero que necesitamos en nuestras comunidades: recordar a Jesús, ahondar en su mensaje y en su actuación, meditar en su crucifixión… Si, en algún momento, Jesús nos conmueve, sus palabras nos llegan muy dentro y nuestro corazón comienza a arder, es señal de que nuestra fe se está despertando. Pero, esto no basta, es necesaria la experiencia de la cena eucarística. Aunque todavía no saben quién es, los dos caminantes sienten necesidad de Jesús. Les hace bien su compañía. No quieren que los deje «Quédate con nosotros». Y «Jesús entró para quedarse con ellos». En la cena se les abren los ojos. Estas son las dos experiencias clave: sentir que nuestro corazón arde al actualizar su mensaje, su actuación y su vida entera; sentir que, al celebrar la eucaristía, su persona nos alimenta, nos fortalece y nos consuela. Así crece en la Iglesia la fe en el Resucitado.

 

 

 

 

 

 

Evangelio del día – Tercer Domingo de Pascua
Hechos 3, 13-15. 17-19 / 1 Juan 2, 1-5a
/ Lucas 24, 35-48
Salmo Responsorial, Sal 4, 2. 4. 7. 9
R/. “Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro”

Santoral:
Santa Inés de Montepulciano, Santa Emma,
San Expedito, San Wernerio y San León IX

LECTURAS DEL DOMINGO 19 DE ABRIL DE 2015

DOMINGO 3º DE PASCUA

Ustedes mataron al autor de la vida,
pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
3, 13-15. 17-19

En aquellos Días, Pedro dijo al pueblo:
«El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quienes ustedes entregaron, renegando de Él delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerlo en libertad. Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. Pero así, dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer.
Por lo tanto, hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 4, 2. 4. 7. 9

R. Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro.

Respóndeme cuando te invoco, Dios, mi defensor ,
Tú, que en la angustia me diste un desahogo:
ten piedad de mí
y escucha mi oración. R.

Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo:
Él me escucha siempre que lo invoco.
Hay muchos que preguntan: «¿Quién nos mostrará la felicidad,
si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros?» R.

Me acuesto en paz
y en seguida me duermo,
porque sólo Tú, Señor,
aseguras mi descanso. R.

Él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados
y por los del mundo entero.

Lectura de la primera carta de san Juan
2, 1-5a

Hijos míos,
les he escrito estas cosas para que no pequen.
Pero si alguno peca,
tenemos un defensor ante el Padre:
Jesucristo, el Justo.
Él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados
y no sólo por los nuestros,
sino también por los del mundo entero.

La señal de que lo conocemos,
es que cumplimos sus mandamientos.
El que dice:
«Yo lo conozco»,
y no cumple sus mandamientos,
es un mentiroso,
y la verdad no está en él.
Pero en aquél que cumple su palabra,
el amor de Dios
ha llegado verdaderamente a su plenitud.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

El Mesías debía sufrir,
y resucitar de entre los muertos al tercer día

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
24, 35-48

Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Porqué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que Yo tengo».
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer? » Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; Él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, Yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos».
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Palabra del Señor.

Reflexión
LA FE EN LA RESURRECCIÓN AHUYENTA LOS FANTASMAS
1.- Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. No les fue fácil a los apóstoles creer en la resurrección de Jesús. Ni en el mundo judío de los tiempos de Jesús, ni en el pueblo hebreo en general, se creía en un Mesías que sería vencido y muerto y que después resucitaría. Se creía, eso sí, en un Mesías victorioso que vendría a instaurar el reino de Dios y en el que todos los muertos judíos resucitarían y serían juzgados. Pero esto ocurriría al final de los tiempos, en los tiempos mesiánicos. En el caso de Jesús de Nazaret esto no había ocurrido así y los apóstoles no acababan de entender lo que había ocurrido con su Maestro. Es verdad que el mismo Jesús les había insinuado varias veces, durante su vida mortal, que él tenía que morir y que después resucitaría, pero los apóstoles no habían entendido cómo podría ser esto. Por eso, cuando Jesús muere se quedan tan desconcertados y cuando ven ahora a Jesús que se presenta en medio de ellos se asustan y creen ver un fantasma. Sólo cuando ven con sus propios ojos que Jesús ha resucitado y está vivo dejan de tener miedo y se llenan de valor y de fe. La fe en la resurrección del Maestro cambia por completo la vida de los apóstoles. Los que antes eran miedosos y apocados se convierten ahora en audaces predicadores, hasta ser capaces de entregar su vida en defensa de su fe. Este es el ejemplo que nosotros debemos seguir hoy, en la defensa de nuestra fe cristiana. Sin fe en la resurrección, todo el edificio cristiano se derrumba y no es posible encontrar un punto de luz seguro que nos guíe en nuestro caminar hacia Dios, nuestro Padre. Sin fe en la resurrección, todo son dudas y fantasmas; sólo una auténtica fe en la resurrección puede ahuyentar los fantasmas de la duda y de nuestras incertidumbres religiosas.
2.- Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. La fe en la resurrección ha operado en Pedro un cambio total: no sólo cree él en la resurrección de Jesús, sino que lo predica, lleno de valor, a todo el pueblo judío. Lo que Pedro busca ahora es ganarse la confianza de los judíos, para que también ellos se conviertan y crean. Sabe, por propia experiencia, lo que es negar a Jesús, pero también sabe lo que es arrepentirse de su pecado y convertirse al Señor. Esto es lo que quiere ahora que hagan todos los que le escuchan y para conseguir esto trabaja y trabajará durante toda su vida, hasta el mismo momento de su muerte. Esta es también la misión de los cristianos de ahora y de siempre: buscar la conversión de los que no creen en Jesús. Debemos hacerlo con convicción y con firmeza, pero, al mismo tiempo, con amabilidad y cercanía. Sabiendo que siempre la gracia de Dios es más fuerte y más eficaz que nuestras torpes palabras.
3.- Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. San Juan lo tiene muy claro: las palabras que no se traducen en obras, son palabras estériles. Decir que amamos a Dios y no intentar cumplir la voluntad de Dios es decir una mentira. El mandamiento de Cristo es el amor a Dios y al prójimo: “en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”. Los cristianos debemos ser testigos del amor de Dios, antes que predicadores. La gente nos creerá si ven que nosotros somos los primeros en practicar lo que predicamos. Predicar a los demás el amor, la humildad, la pobreza evangélica, la justicia, la paz… y comportarnos de manera distinta a lo que predicamos, es la mejor manera de desprestigiar la fe en la que decimos creer. Cada uno de nosotros, y nuestra Iglesia en general, deberá tener esto siempre en cuenta: ser nosotros los primeros en cumplir lo que predicamos. Lo contrario será como escribir en el agua.

Gabriel González del Estal
www.betania.es

TESTIGOS
1.- Pedro acaba de curar al paralítico que estaba pidiendo limosna a la entrada del Templo. A continuación dirige unas palabras a los que han presenciado este hecho. La fe en Jesús resucitado tiene que ser testimoniada siempre con los hechos y, cuando sea oportuno, con la palabra. El signo y la palabra van siempre inseparablemente unidos en la actividad misionera de los apóstoles. El milagro ha sido realizado porque el enfermo tenía fe en el “nombre de Jesús”. La fe es una condición indispensable para gozar de la vida en plenitud. Pedro da testimonio de que Dios no es un Dios lejano; es un Dios familiar, cercano: “el Dios de nuestros padres”. A la salida del pueblo de Egipto se corresponde ahora la salida de Jesús de la muerte. Al pueblo lo liberó Dios; a Jesús lo resucita Dios. Pedro dice que el justo que ellos mataron, el autor de la vida, Dios lo resucitó. Comprende que ha sido por ignorancia, pero la ignorancia también es culpable cuando es vencible, por eso les anima a arrepentirse y convertirse para que se borren sus pecados. Es importante la conclusión a la que Pedro invita: cambio de mentalidad y de actuación como condición imprescindible para superar los condicionamientos injustos y las decisiones arbitrarias. Dios borra los pecados lo mismo que se borra una deuda. Dios perdona y no tiene en cuenta los pecados de aquellos que creen en Jesucristo.
2.- Tener experiencia de Jesucristo resucitado. El evangelio de San Lucas de este domingo es la continuación de la aparición a los discípulos de Emaús. Ellos le reconocieron y volvieron a Jerusalén a contárselo a todos. Reconocieron que “era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Pedro fue de los primeros en reconocer al Señor resucitado después de las mujeres que fueron al sepulcro. No basta con que alguien hable de la resurrección, sino que es necesario tener experiencia del resucitado. Esta experiencia es personal e intransferible, poco a poco la van teniendo los discípulos. Cuando recibieron a los dos de Emaús estaban comentando lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Pero ahora Jesús toma de nuevo la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos. La insistencia en que le palpen las manos y los pies es porque quiere demostrarles que Él es el mismo que murió en la cruz. Muerte y resurrección van unidas. Se cumplen así las Escrituras: el Mesías padecerá, pero resucitará al tercer día. Lo del tercer día es porque para los judíos uno no estaba definitivamente muerto hasta que pasaban tres días del óbito. Así se aseguraban totalmente de que no enterraban a un ser vivo. Sólo entonces procedían a encerrarle definitivamente en el sepulcro.
3.- Seamos testigos de Jesucristo resucitado. Jesús les pide a los discípulos, también a nosotros, que sean testigos de la resurrección, que anuncien la conversión y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén. Testigo es aquél que no sólo ha visto o ha oído, sino que sobre todo ha experimentado algo que ha transformado su vida. Entonces no le queda más remedio que comunicarlo a todos. Podemos preguntarnos: ¿Cómo puedo ser testigo aquí y ahora de la experiencia de Cristo resucitado? En nuestro tiempo se necesitan testigos antes que maestros. La experiencia de fe no se transmite de memoria o por lo que hemos aprendido en los libros, sólo nuestro testimonio será creíble si lo que decimos lo hemos experimentado antes en nuestra vida. Es un mandato del Señor resucitado dar testimonio de nuestra fe

José María Martín OSA
www.betania.es

NO CUNDA EL DESENCANTO
1.- Como los de Emaús, cierta parte de nuestra sociedad, se encuentra agobiada y hastiada. Hay muchas esperanzas, sobre todo las superficiales, que hicieron aguas. Y, esa decepción, se ha convertido en duda sistemática de todo y sobre todo.
Los discípulos de Emaús estaban un poco de aquella manera; se encontraban desconcertados y cabizbajos. Vuelven desazonados y sin muchas perspectivas de una experiencia idílica con Jesús hacia una “nada” que les hace sentir su fragilidad, orfandad y desesperanza.
2. ¿Dónde está el Señor? ¿Ya le dejamos avanzar y transitar a nuestro lado? ¿No estaremos dibujando un mundo a nuestra medida sin trazo alguno de su resurrección? ¿Se dirige nuestro mundo hacia un bienestar permanente y duradero o sólo a corto plazo? Son interrogantes que surgen constantemente como fruto de la desazón de los discípulos del Emaús de nuestros días: regresamos decepcionados de muchos panoramas que se nos presentan en nuestra vida corriente como fantásticos…y resultan que eran ruinosos.
3. Necesitamos volver hacia el encuentro con el Señor. No para que nos resuelva de un plumazo nuestras peticiones o inquietudes. En principio es necesario regresar de la desesperanza. Cristo salió fiador por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra felicidad eterna y seguimos huyendo cabizbajos concluyendo que, el Señor, se ha desentendido de nosotros. Que, el Señor, tal vez murió y nunca resucitó. ¿Tal vez somos esos murciélagos habituados a la oscuridad –como señalaba recientemente el Papa Francisco– huyendo de la luz?
Que seamos capaces de reconocer al Señor allá donde nos encontremos. No esperemos signos extraordinarios. Nada y todo nos habla de Dios. Todo y nada nos muestra al Señor. No es juego de palabras y sí pura verdad: sólo quien vive con la percepción de que el Señor nos acompaña es capaza de vivirlo intensamente.
¡Feliz Pascua! ¡Estamos en Pascua!

Javier Leoz

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