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Evangelio del día 18 de Julio

Evangelio del día 18 de Julio – Ciclo A

Evangelio según San Mateo 11,20-24. 

Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido.

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza.
Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo?

No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría.
Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú”.

 

Lecturas del día

Evangelio del día

Evangelio del día 18 de Julio – Ciclo B
Éxodo 12, 37-42 / Mateo 12, 14-21
Salmo Responsorial Sal 135, 1. 23-24. 10-15
R/. “¡Porque es eterno su amor!”

Santoral:

San Federico, San Arnulfo de Metz,
Santa Marina y Santo Domingo Dinh Dat

La noche en que el Señor hizo salir a Israel de Egipto

Lectura del libro del Éxodo
12, 37-42

Los israelitas partieron de Ramsés en dirección a Sucot. Eran unos seiscientos mil hombres de a pie, sin contar sus familias. Con ellos iba también una multitud heterogénea, y una gran cantidad de ganado mayor y menor. Como la masa que habían traído de Egipto no había fermentado, hicieron con ella galletas ácimas. Al ser expulsados de Egipto no pudieron demorarse ni preparar provisiones para el camino.
Los israelitas estuvieron en Egipto cuatrocientos treinta años. Y el día en que se cumplían esos cuatrocientos treinta años, todos los ejércitos de Israel salieron de Egipto. El Señor veló durante aquella noche, para hacerlos salir de Egipto. Por eso, todos los israelitas deberán velar esa misma noche en honor del Señor, a lo largo de las generaciones.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
135, 1. 23-24. 10-15

Den gracias al Señor, porque es bueno,
R. ¡porque es eterno su amor!

Al que en nuestra humillación se acordó de nosotros,
R. ¡porque es eterno su amor!

Y nos libró de nuestros opresores,
R. ¡porque es eterno su amor!

Al que hirió a los primogénitos de Egipto,
R. ¡porque es eterno su amor!

Y sacó de allí a su pueblo,
R. ¡porque es eterno su amor!

Con mano fuerte y brazo poderoso,
R. ¡porque es eterno su amor!

Al que abrió en dos partes el Mar Rojo,
R. ¡porque es eterno su amor!

Al que hizo pasar por el medio a Israel,
R. ¡porque es eterno su amor!

Y hundió en el Mar Rojo al Faraón con sus tropas,
R. ¡porque es eterno su amor!

EVANGELIO

Les ordenó severamente que no lo dieran a conocer,
para que se cumpliera lo anunciado por el profeta

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
12, 14-21

Los fariseos se confabularon para buscar la forma de acabar con Jesús.
Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Grandes multitudes lo siguieron, y los sanó a todos. Pero Él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías:
“Éste es mi servidor, a quien elegí,
mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección.
Derramaré mi Espíritu sobre Él
y anunciará la justicia a las naciones.
No discutirá ni gritará,
y nadie oirá su voz en las plazas.
No quebrará la caña doblada
y no apagará la mecha humeante,
hasta que haga triunfar la justicia;
y las naciones, pondrán la esperanza en su Nombre”.

Palabra del Señor.

Reflexión

Ex. 12, 37-42. Y se inicia el camino de personas libres. Dios vela por su pueblo para que nada los detenga ni les haga daño. Junto al pueblo elegido camina una abigarrada multitud, llevando todo lo suyo. También ellos participan de la libertad de los hijos de Dios. También ellos entrarán en la tierra prometida. Por eso hay que ser agradecidos con el Señor, que ha velado por su pueblo para defenderlo. Por eso hay que ofrecerle al Señor una noche en vela, de generación en generación, para darle gracias por el amor que ha manifestado hacia los suyos.
Dios quiere que todos los hombres se salven. Para eso nos ha enviado a su propio Hijo, que, hecho uno de nosotros, ha dado su vida para que nosotros tengamos vida. Nadie debe ser excluido de esta salvación. Todos tienen el derecho de unirse a los creyentes para caminar, juntos, hacia la posesión de los bienes definitivos.
En la misma forma como nosotros hemos sido amados hemos de amar a nuestro prójimo, manifestando así un signo de fe y gratitud al Señor. No podemos, por tanto, dejar de proclamar ante los demás lo misericordioso que ha sido el Señor para con nosotros. Pero esa misericordia no podemos cantarla sólo con los labios, sino con actitudes y obras que la hagan que, quienes viven cercanos a nosotros, la conozcan y experimenten en verdad.

Sal. 136 (135). Por pura gracia el Señor nos ha manifestado su amor y su misericordia. Él nos amó primero. Su amor no se ha quedado en simples promesas ni en vana palabrería.
Puesto que hemos experimentado el amor de Dios, que nos ha salvado de la mano de nuestros enemigos, elevemos agradecidos, nuestro himno de alabanza a su Santo Nombre.
Que nuestra gratitud se la expresen nuestros labios, pero también nuestras obras; manifestando así que no sólo estamos con las manos abiertas para recibir sus dones, sino que también tenemos un corazón noble dispuesto a cumplir su voluntad, escuchando su Palabra y poniéndola en práctica.

Mt. 12, 14-21. Jesús, dueño del sábado, realiza una curación en ese día indicando que ante Dios vale más la vida de sus hijos que la esclavitud paralizante del cumplir por cumplir la Ley.
Efectivamente: la Ley conduce a Dios y al prójimo. Mientras se quede en un cumplimiento meramente externo, no tiene ningún sentido, pues la salvación viene de Dios y no del cumplimiento de la Ley.
Jesús, amenazado de muerte por centrar al hombre en su relación con Dios, se retira y cura, tal vez ese mismo día sábado, a todos los enfermos. San Mateo aplica a Jesús, entonces, un texto del profeta Isaías. Pareciéramos escuchar la voz del Padre sobre su Hijo cuando es bautizado y cuando se transfigura ante sus discípulos: Este es mi Hijo (Siervo), muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias. En Él reposa el Espíritu de Dios que nos manifiesta el rostro misericordioso del Padre; pues Él no ha venido a condenar sino a salvar. No vendrá con apariencias de poder que espanten y opriman, sino con la sencillez del campesino que endereza las plantas, dobladas por el viento, para que produzcan fruto; con el cuidado de quien protege la luz para que tome fuerza y pueda iluminar. Él no vino sólo a manifestarnos su amor y a comunicarnos su vida. Él quiere que, quienes aceptemos su amor, su vida, su bondad, su misericordia, produzcamos frutos capaces de alimentar las esperanzas de nuestro prójimo.
Que seamos luz que ilumine a quienes caminan en tinieblas y podamos, así, ser corresponsables en la construcción del Reino de Dios entre nosotros.
En esta Eucaristía nos encontramos como peregrinos continuos hacia la casa del Padre. El Señor va delante de nosotros. Nosotros aceptamos tomar nuestra cruz, la de este día, con todo lo que en él viviremos.
Iremos tras las huellas de Cristo amando como Él nos ha amado; haciendo el bien con el mismo amor y misericordia que el Señor nos ha manifestado a cada uno de nosotros.
En este día, con la sencillez de un corazón que realmente ama, abrimos nuestro corazón al Señor y le decimos que sí estamos dispuestos a seguir avanzando. Le pedimos que nos ayude a que desaparezcan nuestros miedos ante el compromiso de fe que tenemos para ser un signo de su amor, de su misericordia, de la esperanza que Él quiere dar a los decaídos.
No podemos esperar a mañana, hoy Dios nos quiere en camino sanando las heridas que el pecado ha dejado en muchos corazones.
No podemos descansar, sentirnos en paz mientras siga habiendo personas que sufren por la pobreza o por las injusticias. Dios nos llama para que experimentemos su misericordia y podamos ser testigos del amor que Él nos ha tenido y que ofrece a todos.
A nosotros no nos compete condenar a nadie. Igual que nosotros, muchos han fallado. Han perdido las esperanzas y la ilusión por la vida. Se han dejado envolver por la maldad que ha ido apagando en ellos día a día la fe y el verdadero sentido del amor.
No hemos sido enviados para acabar con los pecadores, sino a salvarlos y a ayudarlos para que el amor de Dios vuelva a incendiar su vida, para que el Espíritu de Dios los haga fecundos, para que Dios se complazca, nuevamente en ellos como en sus hijos amados por su fidelidad al mismo Dios, fidelidad no de cumplimientos externos, sino fidelidad al amor que nos hace entrar en comunión con el Señor y dejarnos convertir, por Él, en signos de su amor y de su salvación para todos los pueblos.
Roguémosle humildemente al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vernos libres de todo aquello que nos ata a la esclavitud del pecado. Que libres de toda maldad, hechos partícipes del mismo Espíritu de Dios, podamos ir por el mundo dando testimonio del amor que Dios tiene a todos. Amén.

Homiliacatolica.com

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