El gallo – Cuentos con valores

Gallo

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El gallo – Cuentos con valores

Valor: compasión, perdón, respeto a la vida
Edad sugerida: 5 años en adelante

El correr del tiempo nos retrotrae a la memoria figuras y hechos que están adormecidos en nuestro subconsciente, con tal nitidez como si lo hubiésemos vivido ayer. En nuestro transcurrir en el mundo caben todos los sueños y el candor. Es como la presentación del ángel en el alma de un niño.

En el afán de mimar a nuestro hijo Bichín, entonces de dos añitos, mi madre lo instruía en todo
lo que a monerías o gracias se refería. En la calma de las vivencias cotidianas, aquellas picardías eran ampliamente festejadas. Así, por ejemplo, saludar al gallo al pasar a su lado.
Vivíamos en la provincia de Buenos Aires, en una modesta casa pero eso sí: con un amplio
terreno. Mi madre tenía un espacio donde se encerraban todos los misterios, se plantaban las verduras y también se percibía el paso del tiempo en los naranjos y en la flor de los durazneros.
En aquel tiempo mi hijo se acercaba al cerco lindero con la vecina e introduciendo la mano por
un hueco del tejido de alambre, llamaba a doña María: -Acá vuelvo, María-, le decía a gritos, mientras ella venía presurosa y depositaba un huevo casero en su manito.

Bichín regresaba con su pequeña carga, no sin antes solicitar permiso al gallo, para luego hacer
el breve tramo.
-Emiso, coró-coró-, saludo que pronunciaba en su balbuceante lenguaje.

Pero una mañana el gallo, que tenía la misma estatura que mi hijo, amaneció de mal talante, vaya uno a saber qué discusión había tenido con las gallinas del patio. Lo cierto es que, cuando Bichín se detuvo para saludar al rey de la madrugada, éste por toda respuesta le dio un picotazo abriéndole una herida en la mejilla.

El chico huyó despavorido dejando caer su huevito y, tremendamente asustado, se puso a llorar
en mis brazos, mientras que la sangre manaba como si se le hubiera abierto una canilla. De inmediato le hicimos una pequeña compresa y luego hubo de colocársele tres puntitos.
Cuando el padre regresó, casi mata al gallo corriéndolo por el patio para darle su merecido. Cansado de perseguirlo, sentenció por último:
-Este gallo está condenado a muerte, no lo quiero ver nunca más por aquí!
Por supuesto la orden era contundente y mi compañero, con una enorme rama en las manos, manifestó que no lo mataba ya, porque prefería que lo hiciera mi madre que en definitiva era la dueña
del ave.

Como mi progenitora estaba encariñada con el gallo, contrató a mi hermano Goyo, que era una persona cargada de bondad.

-No me animo a matarlo…
-Y entonces, ¿qué hacemos?, porque está sentenciado a muerte, alegó mi madre. Lo cierto es
que ambos cavilaron un instante, mientras veían pasar por el frente a un vagabundo, que se quedó
parado para observar.

Al verlo, mi hermano Goyo, tuvo la solución definitiva que no crearía complejos de culpa e
incluso permitía un espacio de rescate, ante la tamaña decisión de mi marido.
-No querés?, te regalamos un gallo, es el que tengo en esta bolsa.
-Sí, pero, ¿cuánto cuesta?, preguntó el hombre.
-Nada, simplemente la señora te regala para que lo comas o lo vendas. El hombre tomó ceremoniosamente la bolsa y se fue caminando muy despacio, mientras decía:
-Estos son locos de la guerra, yo ya no entiendo más nada…

Lo que nunca supo el vagabundo era que el gallo estaba sentenciado a muerte y que justo con
él, había llegado el indulto, no se sabe si por la mano de Dios, o de los duendes que protegen a los animales de la tierra.

Andrea G. de Mestas Núñez.

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