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LA JUSTICIA DEL REY
Publicado por el 13/11/2007 (10308 lecturas)
En un pa?s muy lejano, hace mucho, mucho tiempo, gobernaba un joven rey con mucha sabidur?a. Era querido de todos sus s?bditos por su generosidad y justicia.

Nadie de su reino pasaba hambre porque su palacio estaba abierto cada d?a para servir una copiosa comida a todos los peregrinos, trotamundos e indigentes.

Un d?a, despu?s de la comida ordinaria, un mensajero del rey les anunci? que al d?a siguiente era el cumplea?os de su majestad, que ?ste comer?a con ellos y que al final del espl?ndido banquete, todos y cada uno recibir?an un regalo. Tan s?lo se les ped?a que subieran a la hora acostumbrada con alguna vasija o recipiente llenos de agua para echarla en el estanque del palacio.

Los comensales estuvieron de acuerdo en que la petici?n del rey era f?cil de cumplir, que era muy justo corresponder a su generosidad y ... si encima les hac?a la gracia de un obsequio, mejor que mejor.

Al d?a siguiente, una larga hilera de mendigos y vagabundos sub?a hacia el palacio del rey llevando recipientes llenos de agua. Algunos de ellos eran muy grandes, otros m?s peque?os y alguno hab?a que, confiando en la bondad del rey, sub?a con las manos libres, sin un vaso de agua...

Al llegar a palacio vaciaron las diversas vasijas en el estanque real, las dejaron cerca de la salida y pasaron donde el rey les aguardaba para comer.

La comida fue espl?ndida. Todos pudieron satisfacer su apetito. Finalizado el banquete, el rey se despidi? de todos ellos. Se quedaron estupefactos, de momento, sin habla, porque esperaban el regalo y ?ste no llegar?a si el rey se marchaba.

Algunos murmuraban, otros perdonaban el olvido del rey que sab?an que era justo y alguno estaba contento de no haber subido ni una gota de agua para aquel rey que no cumpl?a lo que promet?a.

Uno tras otro salieron y fueron a recoger sus recipientes. ¡Qu? sorpresa se llevaron! Sus vasijas estaban llenas, llenitas de monedas de oro. ¡Qu? alegr?a! los que hab?an acarreado grandes cubos y ¡qu? malestar! los que lo trajeron peque?o o se presentaron con las manos vac?as.

Y cuentan los anales del reino que en aquel pa?s no hubo m?s pobres, porque con las monedas del rey pudieron vivir bien y otros comprarse tierras para trabajar y los que se quedaron sin nada se marcharon para siempre de all?.
Citado por Ll. Carreras y otros. C?mo educar en virtudes. Narcea Ediciones>

SUGERENCIAS METODOL?GICAS

Objetivo.- Aprender a ser generosos y justos en nuestras obligaciones.

Contenidos.-

Primero, ser justos


Cada cristiano ha de plantearse c?mo vive la justicia en las circunstancias normales de su vida: en la familia, en el trabajo profesional, en las relaciones sociales...
Por Pbro. Dr. Francisco Fern?ndez Carvajal


I. En la Ley de Mois?s estaba dispuesto que se cumpliera el diezmo [1]: se deb?a entregar la d?cima parte del producto de los frutos m?s corrientes del campo, como los cereales, el vino y el aceite, para el sostenimiento del Templo. Los fariseos pagaban, adem?s, el diezmo de la hierbabuena, el eneldo y el comino, plantas arom?ticas que se cultivaban en los jardines de las casas y que serv?an para condimentar las comidas. Era una equ?voca manifestaci?n de generosidad con Dios, porque a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relaci?n al pr?jimo.

Por eso, por su hipocres?a, les dir? el Se?or: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hip?critas! que pag?is el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero hab?is abandonado lo m?s importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas hab?a que hacer, sin omitir aqu?llas [2].

No desprecia el Se?or el pago del diezmo por la menta, el eneldo y el comino, que podr?a haber sido una verdadera expresi?n de amor: como quien regala unas flores a una persona que quiere, o al Se?or en el Sagrario; lo que rechaza Jesucristo es la hipocres?a que este falso celo oculta, pues con ello se justificaban para no cumplir con otros deberes esenciales: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Los cristianos no debemos caer jam?s en una hipocres?a semejante a la de estos fariseos: nuestras ofrendas voluntarias son gratas a Dios cuando cumplimos con las obligatorias y necesarias, determinadas por la justicia; esta virtud manda dar a cada uno lo suyo y se enriquece y perfecciona por la misericordia y la caridad. Estas cosas hab?a que hacer, sin omitir aqu?llas.

La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una felicidad eterna. Y si consideramos el respeto que merece todo hombre «a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos por la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y constituidos herederos de la gloria eterna» [3].

El aprecio a los derechos de las personas comienza por un ordenamiento justo de las leyes civiles, al que hemos de contribuir los cristianos, como ciudadanos ejemplares, con todas nuestras fuerzas, comenzando por aquellas leyes que defienden el derecho a la vida, el primero de los derechos, desde el mismo instante de la concepci?n. Pero no basta con esta contribuci?n, que hemos de hacer siempre en la medida de nuestras posibilidades, aunque sean peque?as.

Cada d?a se nos presentan muchas ocasiones para ser justos con nuestros semejantes: a la hora de emitir juicios sobre otros -¡con qu? facilidad, con qu? frivolidad se falta a veces a la justicia m?s elemental con juicios temerarios!-; en las palabras, evitando no s?lo la calumnia -la acusaci?n falsa-, sino tambi?n la difamaci?n, la palabrer?a que propaga los defectos del pr?jimo, para disminuir su consideraci?n social, profesional y humana; en las obras, dando a cada uno lo que es suyo...

?C?mo podr?an ser gratas a Dios nuestras obras si no tratamos con esmero -de pensamiento, palabra y obra- a nuestros hermanos, por quienes Jes?s dio su vida?


II. Vivir la justicia con el pr?jimo es mucho m?s que el mero no causarle da?o, y no basta para cumplirla con lamentarse ante situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que ser?n est?riles si no se traducen en m?s oraci?n y obras para remediar esa situaci?n. Cada cristiano ha de plantearse c?mo vive la justicia en las circunstancias normales de su vida: en la familia, en el trabajo profesional, en las relaciones sociales... Vivir la justicia con quienes nos relacionamos habitualmente significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la fama, a la intimidad, a una retribuci?n econ?mica suficiente... «Estas exigencias no han de limitarse ?nicamente al orden econ?mico, como es, por ejemplo, la justicia en sueldos y honorarios; la vida y la moral cristianas tienen exigencias m?s amplias. El respeto a la vida, a la fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparaci?n, la laboriosidad y la honestidad, el rechazo de todo fraude, el sentido social e incluso la generosidad deben inspirar siempre al cristiano en el ejercicio de sus actividades laborales y profesionales» [4].

Tambi?n la calumnia, la maledicencia, la murmuraci?n.... constituyen una verdadera y flagrante injusticia, pues «entre los bienes temporales la buena reputaci?n parece ser el m?s valioso, y por su p?rdida el hombre queda privado de hacer mucho bien» [5]. El Ap?stol Santiago dice de la lengua que es un mundo entero de maldad [6]: puede servir para alabar a Dios, para hablar con ?l, para comunicarnos..., o puede hacer mucho da?o, si no hay un empe?o decidido en no hablar nunca mal de nadie.

No es infrecuente que se falte a la justicia a trav?s de la palabra. Por eso, el Se?or nos pide a los cristianos que sepamos defenderla, que no nos dejemos guiar por rumores, por juicios precipitados de otras personas, de algunos medios de comunicaci?n social..., que nunca emitamos un juicio negativo sobre personas o instituciones -no ser inquisidores y verdugos de vidas ajenas-. Y, entonces, hemos de procurar poner los medios para estar bien informados, y, si alguien tiene el deber de juzgar, oyendo a las dos partes, matizando cuando sea preciso hacerlo y salvando siempre la intenci?n profunda de las personas, que s?lo Dios conoce. Especial responsabilidad tienen quienes de alguna manera trabajan en los medios de comunicaci?n social o tienen acceso a ellos, por el gran bien o el mal grave que pueden hacer.

Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Se?or nos ha encomendado, dedic?ndoles tiempo, colaborando en la formaci?n de todos, tratando con m?s esmero a aquel que, por enfermedad, edad o por sus condiciones particulares, m?s lo necesita. Sabemos bien que no vivir?a esta virtud, por ejemplo, el padre o la madre que tuviera tiempo para sus gustos y distracciones, y no dedicara lo necesario para la educaci?n de los hijos o para aquellas personas que Dios ha puesto a su cuidado; o quien antepusiera sus gustos y preferencias personales, de los que con un poco de buena voluntad se puede prescindir, a las necesidades de los dem?s.

Somos justos cuando damos a cada uno lo suyo. El empresario, con la justa retribuci?n de los empleados, de acuerdo con las leyes civiles justas y con la recta conciencia. No ser? raro que, a veces, haya de remunerar por encima del m?nimo exigido por la ley, pues pueden darse circunstancias en las que, cumpliendo lo estrictamente legal, lo establecido, se falte a la justicia con ese m?nimo estipulado: pueden darse despidos legales pero injustos, salarios de acuerdo con las leyes pero que ofenden la dignidad de las personas... ; «la justicia no se manifiesta exclusivamente en el respeto exacto de derechos y de deberes, como en los problemas aritm?ticos que se resuelven a base de sumas y de restas» [7]. Al cristiano le importa, sobre todo, ser justo ante Dios, y esto le llevar? a cumplir m?s all? de lo meramente establecido por las leyes, teniendo en cuenta las circunstancias personales y familiares de quien trabaja a su cargo.


III. La econom?a tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden econ?mico no debe concebirse -insiste el Magisterio de la Iglesia- como un orden independiente y soberano, sino que ha de estar sometido a los principios superiores de la justicia social, que corrijan los defectos y deficiencias del orden econ?mico y tengan en cuenta la dignidad de la persona [8].

La justicia social exige tambi?n que al trabajador no se le deje a merced de las leyes de la competencia, como si su trabajo se tratara s?lo de una mercanc?a [9]; y una de las principales preocupaciones del Estado y de los empresarios «debe ser ?sta: dar trabajo a todos» [10], pues el paro forzoso es uno de los mayores males de un pa?s y causa de otros muchos en la persona, en las familias y en la sociedad misma.

Quien trabaja en un taller, en la Universidad, en una empresa, no vivir?a la justicia si no cumple con esmero con su tarea, con competencia profesional, aprovechando el tiempo, cuidando los instrumentos de trabajo que son propiedad de la f?brica, de la biblioteca, del hospital, del taller, de la casa en la que se ayuda en las tareas del hogar. Los estudiantes faltar?an a la justicia con la sociedad, con la familia, a veces gravemente, si no aprovechan ese tiempo dedicado al estudio. De modo general, las calificaciones acad?micas obtenidas pueden ser materia de un buen examen de conciencia. Muchas veces, la poca intensidad en el estudio ser? la causa de no ser m?s tarde buenos profesionales, faltando as? a la justicia con la empresa en la que se trabaja, por carecer de la preparaci?n debida. Son puntos que con frecuencia deberemos examinar, para vivir delicadamente, delante de Dios y de los hombres, los deberes hacia el pr?jimo: la justicia, la misericordia y la fidelidad en los pactos y promesas.

Pidamos a la Sant?sima Virgen esa rectitud de conciencia, para contribuir a hacer de la sociedad en que vivimos un ?mbito de convivencia digno de hijos de Dios.

[1] Lev 27, 30-33; Dt 14, 22 ss.
[2] Mt 23, 23.
[3] JUAN XXIII, Enc. Pacem in terris, 11-IV-1963, 10.
[4] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPA?OLA, Instr. Past. Los cat?licos en la vida p?blica, 22-IV-1986, nn. 113-114.
[5] SANTO TOM?S. Suma Teol?gica, 2-2, q. 73, a. 2.
[6] Sant 3, 6.
[7] J. ESCRIV? DE BALAGUER, Amigos de Dios, 168. 8 Cfr.
[8] P?o XI, Enc. Quadragesimo anno, 15-VI-1931, 37.
[9] JUAN PABLO II, Enc. Sollicitudo re¡ socialis, 30-XII-1987, 34.
[10] IDEM, En el estadio de Morumbi, 3-VII-1980.

Meditaci?n extra?da de la serie "Hablar con Dios", Tomo IV, Martes de la 21ª Semana del Tiempo Ordinario, por Francisco Fern?ndez Carvajal.

Puedes adquirir la colecci?n en
www.edicionespalabra.es

o en www.beityala.com
Actividades.-

1. Leer este ejercicio y explicar lo m?s importante.

2. Entablar un di?logo con los alumnos sobre estas cuestiones:

a) ?En qu? se demostraba la generosidad del rey?

b) ?Qu? les pidi? a los comensales para el d?a de su cumplea?os?

c) ?Fueron generosos todos los mendigos y vagabundos?

d) ?En qu? podemos ser nosotros generosos?

3. Puesta en com?n, leyendo algunas respuestas.

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