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III. LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET
Publicado por Admin el 6/10/2007 (6895 lecturas)
Los Santos, as? se llamaban los primeros cristianos, veneran la Sagrada Familia porque toda ella est? formada por Santos. El Hijo del Alt?simo, naciendo en seno de un hogar familiar, ha santificado la familia humana.

Jesucristo necesitaba una familia, para tener su cuido y la atenci?n, el desarrollo y la protecci?n, la ayuda y la educaci?n propicios. Mar?a y Jos? criaron y sustentaron al Ni?o Jes?s, unieron su esfuerzo y trabajo, sin que, en lo posible, sufriera carencias; le proporcionaron, en la feliz humildad de su hogar, los elementos adecuados para su crecimiento mental y corporal.

Descendi? Jes?s con ellos, fue a NAzaret y les estaba sumiso. Su madre guardaba todas las cosas en su coraz?n. Jes?s crec?a en sabidur?a, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 2,51-52).


Jos? era trabajador manual, alba?il o agricultor, tal vez, seg?n la tradici?n, carpintero; y, como es corriente, Jes?s tambi?n trabajar?a la madera, ya despu?s, sus propios paisanos, al o?rlo, se preguntan: ?No es este el hijo del â??carpinteroâ?? Mar?a se dedicaba se ocupaba de la casa de Nazaret y de las faenas dom?sticas precisas al marido y al hijo, limpiar?a y cocinar?a y estar?a al tanto de sus necesidades con esmero y mimo de esposa y madre. El Ni?o colaboraba en el quehacer, como se habituaba entre los jud?os, ayudando a moler el trigo, acarreando agua del pozo y acercando las tablas o las herramientas. Jes?s, entroncado en la familia, aprender?a y ayudar?a con generosidad y alegr?a. Obedec?a a sus padres, confiaba en ellos, los abrazaba y los respetaba y quer?a.


Jes?s pudo escoger su nacimiento; podr?a haber sido en el m?s suntuoso palacio de Roma, Egipto o Jerusal?n y ser pr?ncipe, rey o emperador, obedecido y aclamado por los hombres. Todo eso lo dej?, lo rechaz?, para, escondi?ndose de este mundo, ocuparse de las cosas de su Padre en cumplimiento de su misi?n de Siervo de los siervos; y, someti?ndose obediente a Mar?a y a Jos?, realizar el humilde trabajo diario del taller y de la casa de Nazaret. Aceptaba sin tristeza, sin renegar de su situaci?n, contento con lo mucho o lo poco, sin obtenci?n de caprichos y exigencias superiores a la familia, en la gozosa renuncia, en la felicidad que proporciona vivir la sencillez cotidiana de la familia unida en las dificultades o en las peque?as alegr?as, en el calor del afecto y del amor que envuelve; y, en la correcci?n y disciplina, miraba con respeto el rostro del padre que sabe por qu? corrige y amonesta, se le oye y se le atiende. Cuando, tras la dolorosa b?squeda, lo encuentran en el Templo, Mar?a le rega?a y lo llama al orden: â??Hijo, ?por qu? has hecho esto? Tu padre y yo te busc?bamos angustiadosâ? (Lc 2,48).


La familia es una unidad delicada que se ha de proteger y cuidar con el amor y el respeto, con la paciencia y la verdad, como rosal de jard?n requiere riego poda y abono de entrega y renuncia, para que arraigue f?rtil en la uni?n y en la educaci?n de los hijos; ha de vivir ese crecimiento de Jes?s en sabidur?a y gracia ante Dios y los hombres y seguir el hermoso ejemplo de la Sagrada Familia en la pr?ctica de las virtudes que nos ense?a: bondad, humildad, caridad, laboriosidad. La familia debe ser una escuela de virtudes que imparte el aprendizaje y cumple su misi?n educativa, que funda los cimientos de la personalidad del hijo, de lo que ser? el adulto y ense?a el camino del buen cristiano. La familia forma el car?cter, la inteligencia y voluntad del ni?o, labor hermosa y trascendente. Los ni?os, como Jes?s, han de ser amables y respetuosos, estudiosos y obedientes, confiar en sus padres, ayudarles y quererlos, orar y pedir por la familia.


Lo dijo el Papa Juan Pablo II: â??La familia es la primera comunidad de vida y amor, el primer ambiente donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no s?lo por otras personas, sino tambi?n y ante todo por Dios.â? (Encuentro con las Familias en Chihuahua 1990). Y, en su carta a las familias a?ad?a, que es necesario que los esposos orienten, desde el principio, su coraz?n y sus pensamientos hacia Dios, para que su paternidad y maternidad, encuentren en ?l la fuerza, para renovarse continuamente en el amor. Recordemos que â??la salvaci?n del mundo vino a trav?s del coraz?n de la Sagrada Familiaâ?. «En la familia se fragua el futuro de la Humanidad», proclam?.


La familia es la piedra angular de la sociedad. Sin la consistencia y fundamento familiar las naciones se hunden; la salvaci?n del mundo, el porvenir de la humanidad y la prosperidad de los pueblos y sociedades est?n en que el ritmo sano y el fluido arterial del coraz?n de la familia funcionen siempre con regularidad.



Se dice que Occidente vive en la sociedad del bienestar. A?n las familias cristianas viven hoy en la abundancia de lo superfluo. El Hijo de Dios, viene al mundo en la austeridad de un pesebre. Quiere que pongamos el coraz?n en ?l y en los dem?s; no en las cosas. Posiblemente la austeridad sea una de las grandes virtudes ausentes en los hogares. Muchos padres no entienden que hay que practicarla, y que tienen que ense?arla a sus hijos, y la mejor ense?anza se trasmite por el ejemplo diario en su vida y en su hogar. Puede que la ra?z del fracaso de muchas familias cristianas en la educaci?n de los hijos se halle en el menosprecio de la virtud de la austeridad. Las causas radican, en realidad, en no ejercer y hacer norma de vida el mensaje espiritual de la austeridad de Bel?n.



La realidad revela los costes sociales que arrastra el derrumbe de la familia. No sorprende que, ante el d?ficit de caridad y de paz, y el aumento de la agresividad y la violencia en sociedades altamente tecnificadas, se reflexione y se torne a los valores olvidados de la familia: una fecundidad que asegure el futuro, una crianza de los hijos que enra?ce la bondad y la fortaleza y una revalorizaci?n del trabajo, de la entrega, del esfuerzo en la disciplina de la uni?n y del amor. Si la familia se arruina, se destruye la paz. La paz ha de brillar en la familia, para que se establezca en las naciones. Es la paz de Nazaret que inund? el mundo.



De ah? surge la esperanza de un mundo m?s sereno, de que el hombre, individual y comunitariamente, se esfuerce en conseguir las v?as de la justicia y la paz. La Constituci?n Gaudium et spes afirma que la humanidad no conseguir? construir «un mundo m?s humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con esp?ritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz».[2] La paz no puede reducirse a la simple ausencia de conflictos armados, sino que es «el fruto de un orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador», un orden «que los hombres, siempre sedientos de una justicia m?s perfecta, han de llevar a cabo».[3] En cuanto resultado de un orden dise?ado y querido por el amor de Dios, la paz tiene su verdad intr?nseca e inapelable, y corresponde «a un anhelo y una esperanza que nosotros tenemos de manera imborrable» [4]. La paz es un don celestial y una gracia divina, que exige a todos los niveles el ejercicio responsable de conformar, en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor, la historia humana con el orden divino. Cuando falta la adhesi?n al orden trascendente de la realidad, o el respeto de aquella «gram?tica» del di?logo que es la ley moral universal, inscrita en el coraz?n del hombre; [5] cuando se obstaculiza y se impide el desarrollo integral de la persona y la tutela de sus derechos fundamentales; cuando muchos pueblos se ven obligados a sufrir injusticias y desigualdades intolerables, ?c?mo se puede esperar la paz? En efecto, faltan los elementos esenciales que constituyen la verdad de dicho bien. San Agust?n defin?a la paz como «tranquillitas ordinis», (C. E. Vaticano II, GS).



La tranquilidad del orden, es aquella situaci?n que permite en definitiva respetar y realizar por completo la verdad del hombre. La paz es un anhelo imborrable en el coraz?n de la criatura. Todo hombre ha de comprometerse en la consecuci?n y el servicio de tan alto bien precioso: Todos pertenecen a una misma y ?nica familia. La exaltaci?n exasperada de las propias diferencias contrasta con esta verdad de fondo. Hay que recuperar la conciencia de estar unidos por un mismo destino, en un rumbo trascendente que conduce a afirmar las relaciones de familia, para valorar mejor las propias diferencias hist?ricas y las identidades espec?ficas culturales, buscando la coordinaci?n, frente a la contraposici?n, en la uni?n de paz y amor que expande la Sagrada Familia.


Camilo Valverde Mudarra

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