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El amor no tiene envidia....
Publicado por Admin el 17/6/2016 (451 lecturas)
Hace mucho tiempo a la orilla del gran rio Nilo, vivía un lavandero y un alfarero. El lavandero hombre de muy buen carácter y amable trato, había conseguido aumentar su clientela y le iba muy bien. Al alfarero no le había sonreído la fortuna, razón por la que empezó a sentir envidia de su vecino.

Cierto día se le ocurrió visitar al rey para decirle que su vecino sabia de una forma para que su elefante quedara blanco y que se imaginara lo que todos los pueblos dirían de él, si lo tuviera. El rey de inmediato mando llamarlo, pero el lavandero sospecho de donde le venía aquello, por lo que le dijo, que él no podría probar a hacerlo, pues necesitaba de un recipiente muy grande para poner en remojo al elefante, como hacía con todas sus prendas. Inmediatamente el rey pidió al alfarero que se lo hiciera. Este intento varias veces hacerlo, pero cada vez que el elefante lo probaba se rompía. Y por esta tarea descuido tanto su trabajo, que quedó sin un centavo.

Que graves consecuencias trajo la envidia en esta historia.

La sagrada Escritura describe tambien varias tragedias ocurridas por este sentimiento, con Caín y Abel en la primera familia humana, una muerte violenta a causa de la envidia entre hermanos. (Gn 4.5), Los patriarcas por envidia vendieron a José con destino a Egipto.(Hch 7.9), La persecución del rey Saúl a David, porque al saber que era el elegido de Dios, sintió envidia (1 Sam 18.9),La muerte del Salvador del mundo entregado por la envidia de los fariseos. (Mt 27.18)

Historias que nos pueden iluminar del daño que puede hacer darle lugar en el corazón a un sentimiento como este, lo más crítico es que casi nunca nos percatamos de su presencia en o cerca de nosotros.

Cuantas veces nuestra relación conyugal no ha sido golpeada por la envidia de otros, que vienen a ponernos en el corazón cosas que no son ciertas o nosotros mismos, experimentamos dolor porque el cónyuge expresa más afecto con los hijos, con los padres, con los amigos. O porque el otro alcanza más éxitos, es mejor tratado, gana mejor, tiene mejor educación, mas belleza, mas carisma.

La envidia es más destructiva que la ira. (Prov.27:4).

Es de aquí donde nacen los temibles celos que deterioran poco a poco la relación y alejan, en lugar de aclarar situaciones como se piensa.

Estos sentimientos tienen raíces en no amarnos a nosotros mismos como Dios manda: "Ama a tu prójimo como a ti mismo ", en frustraciones por no alcanzar metas propuestas, en sentirnos inseguros porque no hemos valorado los dones que Dios nos ha dado. Ese sentimiento de sentirnos menos que los demás, menos dotados es un terrible dolor que puede causar daño a nuestra relación.

Y es importante reconocer que no son los demás, si no nosotros mismos los que necesitamos comprender que Dios es el que da como le place, a unos belleza, a otros inteligencia, a otros salud riquezas o el don incomparable de la fe.

Cuando realizamos que es El quien da como quiere y lo que quiere según la misión que otorga y que a nosotros nos toca con el libre albedrío, decidir por el bien, aceptar que los demás tienen dones y talentos, que puedo alcanzar ser feliz con lo que tengo, que ser diferentes, es ser complemento y que se pueden encausar nuestras diferencias si lo hablamos. Que no soy yo el centro del universo y que no me deben rendir pleitesía, porque todos somos seres únicos e irrepetibles.

Que, en definitiva, se trata de cumplir aquello que piden los dos últimos mandamientos “no codiciaras la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de el" ex 20.17 que es el amor que no tiene envidia, el que nos llevará a una sentida valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Que amo a mi esposo-a, que debo mirarla con la mirada de Dios Padre, que nos regala todo, para que lo disfrutemos y acepto dentro de mí que puedo disfrutar siempre de un buen momento. (Exhortación apostólica del Papa Francisco Amoris Laetitia # 97)

Hay que reconocer la envidia para desterrarla.

"Pues donde hay envidia y ambición, allí hay desconcierto y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y buenos frutos" Stgo 3.16-17

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