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A SU IMAGEN Y SEMEJANZA
Publicado por Admin el 10/1/2012 (353 lecturas)
SUSANA MERINO, sue.merino@speedy.com.ar
ARGENTINA.

ECLESALIA, 10/01/12.- Dos vertientes se derraman desde la cumbre b?blica, tratando de encontrar casi infructuosamente argumentos expl?citos que respalden la imposici?n o no del celibato eclesi?stico pero son pocas, escasas, las referencias que justifiquen la decisiva importancia que dentro de la iglesia cat?lica se le ha venido asignando a trav?s de los siglos.

Tanto dentro del Antiguo como del Nuevo Testamento son numerosas las exhortaciones a la caridad, al amor al pr?jimo, a la abnegaci?n, a la hospitalidad, a la justicia, a la misericordia, a la paciencia, a la piedad o a las prevenciones contra la ira, la mentira, el odio, el orgullo, la usura, la soberbia, la avaricia como ?causa de todos los males? y a la que San Pablo califica como una ?especie de idolatr?a?, pero casi ninguna referente a la preferencia del celibato sobre la vida conyugal a excepci?n de las recomendaciones, aunque no taxativas, del mismo ap?stol a Timoteo (4.12 y 5.22 en que le aconseja ?castidad? y pureza). Ser?a injusto no reconocer que tambi?n Mateo hace referencia a la castidad (Mt. 19.10/12) pero en la que precisamente destaca su car?cter de voluntaria aunque del Eclesi?stico (Eclo 36.24) surge como m?s recomendable que el hombre no permanezca c?libe, cuando dice: ?El que tiene una mujer tiene ya el comienzo de la fortuna, una ayuda semejante a s? y columna en qu? apoyarse?
Contrariamente en casi todo el antiguo testamento, la esterilidad y por consiguiente la incapacidad de engendrar vida, es considerada casi un oprobio y motivo de s?plicas y de invocaciones a Yaveh para no morir sin descendencia. Y as? tanto Abraham y Sara, como Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel y Zacar?as e Isabel fueron bendecidos con hijos a?n edad provecta ya que como dice el profeta Isa?as: ?As? como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a ?l sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que d? la semilla al sembrador y el pan al que come, as? sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a m? est?ril sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misi?n que yo le encomend?? (Is 55, 10-11).
No intento ni siquiera m?nimamente ser ex?geta de la Biblia ni mucho menos adentrarme en su heur?stica pero hay una expresi?n b?sica del G?nesis que me lleva a reflexionar: ?Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gen. 1:26) y que autom?ticamente me transporta a las figuras miguelangelescas de la Capilla Sixtina, es decir a la imagen de un magn?fico se?or de barba tupida y pelo cano que aproxim?ndose apenas a otro ser con el que, al transferirle generosamente su propia y singular energ?a, comienza a compartir la chispa de la vida. Porque ?de qu? otra manera se puede interpretar esa ?imagen y semejanza? con el Creador, sino con esa capacidad de dar vida y vida espiritual que nos vuelve ?nicos sobre la faz de la tierra? No parece l?gico suponer que esa semejanza pueda referirse espec?ficamente a los aspectos f?sicos de los seres humanos sino m?s bien a nuestra capacidad de convertirnos en co-creadores de las sucesivas generaciones que desde sus or?genes habitan y habitamos la tierra.
Creo que estos veinte siglos de cristianismo no han destacado lo suficiente el misterio del amor que se hace carne y esp?ritu convirti?ndonos en part?cipes permanentes de la suprema creaci?n y que desestimar la importancia de este don, cuya gratuidad estamos por otra parte lejos de valorar, constituye casi una ofensa para el mismo Dios que manifestamos amar. Renunciar voluntariamente a estar dispuesto a generar nueva vida, cuando es el mismo Dios qui?n nos imparti? el mandato de ?creced y multiplicaos? no parece ser la mejor manera de honrarlo, aun cuando se est? inspirado por los m?s nobles fines. Cuanto m?s grave parece ser la imposici?n eclesi?stica del celibato a aquellos seres que se hallan convocados a ejercer el ministerio y la pastoral cristianos.
En los primeros siglos del cristianismo no exist?a la dicotom?a o sacerdote c?libe o seglar casado, dado que Cristo no hizo sobre esa base la acepci?n de personas y solo invit? a seguirle a quienes creyeran y compartieran su mensaje. Fue en los primeros Concilios, el de Elvira en Espa?a, luego el de Nicea y el de Tours en Francia los que fueron generando progresivamente la idea de que los sacerdotes, muchos de ellos casados, deb?an dejar a sus esposas y permanecer nuevamente ?solteros?. Ello no obst? para que a?n despu?s hubiera hasta Papas casados o dispuestos a renunciar al Papado para casarse como lo hiciera el Papa Bonifacio IX, a principios del siglo II. Posteriormente los Concilios de Letr?n I y II decretaron la nulidad de los casamientos clericales y ya en el siglo XVI el Concilio de Trento termina por establecer que el celibato y la virginidad son superiores al matrimonio, con lo que va perfil?ndose el canon que exige a los futuros sacerdotes el voto de celibato. Sin embargo ya en 1963 Juan XXIII, durante el Concilio Vaticano II manifest? que el matrimonio es equivalente a la virginidad y hasta el Papa actual, cuando era Cardenal Ratzinger y profesor de teolog?a en Ratisbona (Alemania) firm? en 1970 junto a otros ocho sacerdotes un documento que fue enviado a la Conferencia Episcopal de Alemania en el cual instaban a realizar una ?urgente revisi?n? de la regla del celibato ya que es, a sus juicios, una de las causas de la escasez de candidatos al sacerdocio.
El tema sigue a?n sin resolverse, pero lo lamentable a mi criterio es que la probable y futura eliminaci?n del celibato eclesi?stico no se funde en principios religiosos m?s profundos como el que he se?alado, es decir que nadie con verdadera vocaci?n religiosa se vea obligado a renunciar al don m?s maravilloso que le ha otorgado ese Dios al que quiere consagrarse y que de seguro ver?a con buenos ojos, por decirlo de alguna manera, que esos seres capaces de amar al pr?jimo como ?l nos lo pide puedan ser tambi?n transmisores de vida, de ejemplo, de esa profunda espiritualidad a que los convoca el sacerdocio.
Nuestras hermanas religiones conocidas como protestantes a partir del cisma luterano, dan pruebas fehacientes de supervivencia, de espiritualidad y de firme compromiso a partir de sus pastores y pastoras sin que su fe se haya desvirtuado, ni sus comunidades diezmado, ni el servicio a sus fieles menoscabado. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusi?n de sus art?culos, indicando su procedencia).



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