Venid conmigo y os haré pescadores de hombres

Domingo III T. Ordinario. Ciclo B
Jon 3,1-5.10; Sal 24,4-9; 1Co 7,29-31; Mc 1,14-20

 

«Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia.

Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres, al punto, dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con El».

 

 

          La primera lectura del Profeta Jonás cuenta cómo, al  convertirse los ninivitas de su mala vida, el Señor tuvo piedad de su pueblo.

          Este libro de Jonás no se escribe con fines históricos, sino didácticos. Hay en 2 Reyes 14,25 un Jonás, contemporáneo de Amós y de Jeroboam II, s. VIII a. C., pero no es el personaje de este libro escrito unos siglos después, en la época del postexilio. Esta preciosa obrita inculca que Dios es, ante todo, misericordioso y perdona a todos los que se convierten, incluso a los paganos.

          Nínive, capital del imperio, el símbolo de la opresión e injusticia contra Israel, era una gran metrópoli; a este centro de corrupción y de hostilidad , que juega un papel semejante al de Babilonia en el relato de la torre de Babel (Gn 11,1-9), es enviado Jonás a predicar por segunda vez.

          Jonás no quiere romper con sus tradicionales esquemas teológicos según los cuales la misericordia de Dios sólo debía extenderse al pueblo de Israel. Pero, va y suelta su escueto, breve y frío mensaje: “Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada”. La ciudad cree, confía, se pone en manos de Dios: “tal vez el Señor… conceda su perdón”. Y la gran metrópoli, símbolo de la corrupción e injusticia entre los israelitas, es por su fe modelo a imitar, según la predicación de Jesús en Mt 12,41, ya que en Israel no ha encontrado tanta fe (Mt 8,10); vendrán de fuera quienes creerán antes que los que están dentro. El número 40 es tiempo de espera, de preparación: 40 días dura el diluvio, 40 años es la etapa de prueba del desierto, 40 días en el desierto…

          El autor recrimina a los judíos su lentitud en convertirse, cuando los paganos se convierten al primer requerimiento y sin necesidad de que intervenga ningún signo particular. Centra su atención en el problema teológico que plantea la conversión de Nínive frente a la impenitencia de Israel; y afirma que la voluntad misericordiosa de Dios espera una muestra mínima de arrepentimiento para perdonar. Se propone, pues, probar que las maldiciones pronunciadas por los profetas sobre las naciones no son más ineludibles que los decretos pronunciados respecto a los judíos. Todo hombre, cualquiera que sea, está llamado a arrepentirse, y el perdón de Dios está a disposición de todos. Cristo hará suya esta doctrina (Mt 12,38-42). El episodio de Jonás pone bien de relieve las condiciones psicológicas indispensables para el encuentro del otro y, por tanto, para la evangelización.

 

          La  segunda lectura tomada de la primera carta de San Pablo a los Corintios, dice: “Hermanos: Os digo esto: el momento es apremiante”. Aquí se trata de la expectativa de la parusía inminente y sus consecuencias.

          A la luz de esto, se entienden bien los consejos paulinos de este texto; en efecto, hace una exhortación a interesarse por los temas principales, sin dejarse absorber por los inmediatos. No quiere decir que vivamos en el mundo con la indiferencia y la apatía de los estoicos, sino que pongamos las cosas en su sitio y, por encima de todas, el reinado de Dios que se acerca.

          La comunidad de Corinto estaba dividida en grupos y en intereses opuestos. San Pablo sale al paso de todos los extremismos y particularismos haciendo una llamada común al realismo cristiano; cualquiera que sea el estado y la posición de los cristianos en el mundo, lo cierto es que es pasajero, todo pasa y no vale la pena aferrarse ni afincarse a nada aquí abajo. La esperanza escatológica que deben tener todos los creyentes, supera las diferencias que nos dividen y nos condicionan; el anuncio de la pronta venida del Señor nos obliga a todos a vivir en el desarraigo. Sin esa actitud no es posible la paz en la comunidad cristiana. Sentir que este mundo pasa y que nada permanece no implica necesariamente el pesimismo; si este viejo mundo pasa es para dar lugar a la nueva tierra y al nuevo cielo.

       Tampoco se recomienda el absentismo de las realidades terrenas. Esto sería una alienación. El que ha descubierto la importancia del Evangelio, vive en Jesucristo y trabajado para que se haga realidad y venga a nosotros el Reino de Dios. El adviento de Dios en Cristo pone coto y medida al mundo y a todo lo que hacemos en él y así, nos libera de todos los falsos absolutos.

 

 

               El Evangelio según San Marcos pone hoy en consideración la vocación de los primeros Apóstoles. Se halla inserta en un texto considerado como un prólogo de todo su evangelio.

          Al referir la vocación de los discípulos, los dos primeros evangelistas se interesan más por la calidad de las personas llamadas y subrayan su contexto humano: son hermanos, conciudadanos, relacionados entre sí por intereses comunes en el plano profesional y originarios de la misma región que Jesús. La vocación no es tan sólo sobrenatural; el llamamiento de Dios se puede leer también en el plano terrestre.

          En el texto, a la instantaneidad del llamamiento corresponde la inmediatez de la correspondencia de los discípulos. El llamamiento de Jesús es imperativo, como para resaltar su poder y los discípulos corresponden a él sin dilación, porque el Reino es tan inminente que cualquier retraso es inadmisible. Jesús tiene una forma muy particular de llamar. No convoca a su alrededor, como lo hacían los rabinos y los jefes de la escuela de su tiempo, sino tras Él. No es, pues, un Maestro que haga pensar, sentado en su cátedra y reuniendo auditores fervientes a sus pies, sino un rabino caminante que marcha incesantemente para ir al más pobre y al más alejado y que exige a sus discípulos no tanto oídos ávidos y miradas entusiastas, como aliento para andar y fuerza para encontrar al otro. La evangelización estriba en ir hacia el hombre, en salir y buscar al que quiera compartir las ideas del Maestro.

          Hace dos domingos el mensajero Juan nos anunciaba la llegada de uno más fuerte que él que nos introduciría en una situación nueva. En el texto de hoy, vemos al fuerte proclamando esa situación nueva. El tiempo está ya maduro. Con Jesús ha hecho irrupción el tiempo final de la utopía. Un tiempo en el que son posibles un nuevo modo de ser y de vivir. Lo viejo ha terminado, ha comenzado lo nuevo, lentamente, progresivamente, porque la mentalidad y la actuación no se cambian de la noche a la mañana; hay hábitos demasiado arraigados, costumbres demasiado inveteradas, tanto que parecen fuerzas necesarias y naturales. De ahí la continua necesidad de conversión de las personas.

          El tiempo apremia, arrepentíos, el momento exige una repuesta diligente; esa respuesta es la conversión interior, que lleva a la práctica del amor y la implantación de la paz; no es especial y reservada, sino que se trata de la conversión necesaria para ser cristianos. La conversión nace en la respuesta de fe a la alegre noticia de que Jesucristo es y trae, en toda su profundidad, el amor increíble y sorprendente de Dios al hombre, a cada uno, a todos nosotros. Es el acontecimiento que hay que aceptar, fiarse y creer; la conversión no es un cambio parcial, sino una verdadera y auténtica transformación, un salto, con sus consecuencias, del egoísmo al amor, a la caridad más radical. Es un cambio que no cabe en las viejas estructuras personales, mentales, sociales, que fueron creadas para servir a otros dioses y otra visión del hombre. Muy pocos se creyeron entonces esta noticia y muy pocos se la creen hoy. Y siempre en razón de la misma constatación: todos ven que el Reino de Dios no ha llegado, porque, de lo contrario, todo sería diferente.

          En efecto, todo sería diferente, si se diera un cambio de estructuras en las personas. El cambio, ciertamente, tiene que ser de estructuras y modelos en la persona; sin él, y los acontecimientos actuales así lo demuestran, no será jamás posible el NECESARIO cambio de estructuras externas; tenemos el marco o mundo que nosotros construimos. Pues, sin duda, este mundo no lo hace Dios; lo hacemos nosotros.

          Y, sin embargo, el reino de Dios ha llegado ya, por más que no lo parezca. Jesús es el Hijo de Dios y sabe, por tanto lo que dice y por qué lo dice. Ahí están, para confirmarlo, Simón y Andrés, Santiago y Juan; ellos son personas concretas; pero son, sobre todo, prototipos del cambio de estructuras en las personas y del asentimiento a la noticia de Jesús. No proyectemos en ellos estructuras eclesiásticas posteriores. Representan, sencillamente lo que Jesús propone a TODOS: ser sus seguidores en el cambio y en el asentimiento del amor y la paz. Si TODOS lo fuéramos, no existiría duda alguna de que, efectivamente, el Reino de Dios ha llegado ya.

 

                                    Camilo Valverde Mudarra

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