La mano del Señor está con este niño

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Festividad de San Juan Bautista. Ciclo C
Is 49,1-6; Sal 138,1-3.13-15; Hch 13, 22-26; Lc 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. Los vecinos y parientes oyeron que el Señor le había mostrado su gran misericordia y se regocijaron con ella. A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero la madre dijo: No. Se llamará Juan… El padre pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Todos se quedaron admirados… y decían: La mano del Señor está con este niño.


El niño crecía y se fortalecía en el espíritu; y habitó en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel.

La primera lectura del Profeta Isaías expone unas palabras del Siervo de Yahvé: “Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano…” (49,1-6).

San Juan, como Isaías, es llamado desde el vientre materno y el Señor pronuncia su nombre; el Bautista, austero, vestido con piel de camello y alimentado de saltamontes, como aún comen algunas tribus, es el precursor, que anuncia “la buena nueva de Jesús” (Mc 1,1-8). Por ello, la liturgia de la fiesta de la Natividad de San Juan propone hoy el segundo cántico del Siervo.

El Siervo recibe su vocación, para realizar una definida misión. Siempre que el Señor encomienda una misión asigna la vocación, hace una llamada íntima a un encuentro. De ahí que, como Moisés, Gedeón y María, madre de Jesús, el siervo es llamado por el Señor desde el vientre de su madre. San Lucas cuenta, que, cuando María, portadora de Jesús, visita a su prima Isabel, en el encuentro, Juan salta de alegría en el seno de su madre (Lc 1,41-44). Tras el encuentro con la divinidad, Juan, como el siervo, aún siendo humanos, actúa con una fuerza especial, porque se siente inundado de la palabra de Dios. La misión está orientada hacia el hombre; el encuentro con Dios, que es auténtico, conlleva necesariamente a los demás, no puede ser individual. La actitud seudomística, en busca del provecho y consuelo propios es contraria a la fe bíblica. Tras el encuentro con la Divinidad, el siervo, siendo humano, un ser de carne y de hueso, se reviste de una fuerza particular, impelido por la palabra divina. Nada lo detiene ni aterra. Su palabra es penetrante, espada incisiva y aguda flecha (v. 2; Jr 1,9ss; 23,29; Hb 4,12). Así la voz de Juan atruena las orillas del Jordán, sin reparo, amonesta al pecador y llama “camada de víboras” a aquellos viciosos de lascivia. El Bautista insta al arrepentimiento, a la conversión y al reparto de sus bienes.

Yahvé acepta su esfuerzo y encumbra a su siervo. Lo hace luz de las naciones de la tierra (cf. Gn 12,3; Lc 2,32; Hch 13,47; 18,6). San Juan inicia la Buena Nueva y Jesús la extiende por todo el mundo, a la vez que reconoce su labor de precursor.

El Siervo va a anunciar la salvación mediante la palabra, que es espada y flecha, es decir, una realidad que toma la iniciativa. En un primer momento, se sentiría desanimado por lo que considera un fracaso de su misión, y, luego confortado por el Señor, cumple su misión, a la vez nacional y universalista, con un éxito clamoroso tanto entre Israel, como entre las naciones. En su doble proyección, debe reconducir a Israel a la Tierra Prometida y ser el instrumento de la alianza definitiva (49, 5-6; 42, 6), y, puesto como luz de las gentes, debe llevar la salvación hasta los extremos de la tierra.

El Señor no se cansa y los que se apoyan en Él participan de su fuerza (Is 40,28.30.31). Se cansan quienes no siguen al Señor, sino a magos y encantadores (Is 47,12.15). El Señor acusa a Israel de haberse “cansado” de Él, mientras que él no lo ha agobiado (cansado) con sus exigencias (véase Is 43,22.23.24). El Siervo-Israel ha gastado sus fuerzas (Sal 71,9) siguiendo algo que no era sino vacío, caos, vanidad: los ídolos, las naciones, los gobernantes infieles. Habiéndose dado cuenta del sin sentido de sus esfuerzos y de su vida, el Siervo reconoce, que su actividad y recompensa no pueden encontrarse, sino en el Señor, la actividad que tiene sentido es la obra de Dios. La recompensa del Señor es uno de los atributos que lo acompañan en Is 40,10.

Como conjunto este texto se diferencia de aquellos en los que probablemente se habla de un Siervo individual, que tiene una especial relación con Dios, y que lleva a cabo su misión por medio del sufrimiento. Este segundo canto, en cambio, exalta a Israel que, después de haber reconocido sus errores, es antepuesto a reyes y príncipes a los ojos de todas las naciones.

SALMO RESPONSORIAL:

El salmista exclama: “Señor, tú me sondeas y me conoces, de lejos penetras mis pensamientos… Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno, porque son admirables tus obras” (138,1-3. 13-15).

La segunda lectura de los Hechos de los Apóstoles relata que “Pablo dijo Juan, antes de que él llegara, predicó a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión; y cuando estaba para acabar su vida, decía: Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias” (13,22-26).

Esta perícopa pertenece al primer discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia, ante un auditorio judío, como el discurso del Areópago será la predicación a los gentiles. Es uno de los textos en que el Bautista es contemplado más explícitamente como figura veterotestamentaria. El Bautista es el último capítulo del plan de Dios, ante la llegada de un Salvador. Jesús es la Palabra de Salvación (13,26). Juan señala hacia Cristo, como indica la tradición del Bautista. Juan prepara el camino, él se apaga, la luz, que es Jesús, se enciende. El contenido principal es el mismo que el de la elaboración literaria, lo cual indica que son propios de San Lucas y no trascripción literal.

Consta sobre todo de reflexiones sobre el A.T, en que hace una breve síntesis de la historia de la salvación; partiendo de los patriarcas hasta las figuras de David y el Bautista que anuncian a Jesús, culmina toda ella en Jesucristo. El Bautista aparece sin solución de continuidad respecto a sus antecesores, conectado con ellos. Es el último eslabón de la acción de Dios para preparar la venida de un Salvador. Pablo muestra la mesianidad de Jesús, que, rechazado por el pueblo, es avalado por las profecías que se cumplen  en Él. El proceso empleado tiene sus paralelos en los discursos de Pedro. Con su sentido paulino, proclama que la justificación viene de la fe y no de la ley de Moisés. Jesús es la Palabra de Salvación. El Bautista no apunta hacia sí mismo, sino hacia Cristo, tal como dice la tradición sobre San Juan. La cuestión de mayor importancia está en la palabra de salvación, está en el Señor Jesús. Juan, el Bautista, está en función del mismo Jesús. La acción de Dios en la historia y la entrega del hombre a la causa de Dios son los dos puntos principales de este texto.

San Lucas, con un lenguaje directo, inserta, en su historia, la palabra viva y popular de los discursos de los Hechos de los Apóstoles que pronuncian San Pedro y San Pablo en una buena parte del libro. De acuerdo con investigaciones, hoy se considera que los discursos de Hechos, sin dejar de reflejar el tono objetivo de la primitiva catequesis a los judíos y a los gentiles, son en gran parte verdaderas creaciones de Lucas, en las que parece expresar más su teología y la de la comunidad de finales del siglo I, que la de la Iglesia Primitiva y Apostólica. Lucas, como evangelista muy sensible a los problemas de sus lectores, estiliza la narración de la historia del pasado; método, que, por otra parte, es una constante de la historia bíblica, en que la catequesis se destaca más significada, que la información rigurosa.

La fiesta de la Natividad de San Juan Bautista

La fiesta del nacimiento de san Juan Bautista ha gozado históricamente de gran popularidad. El folklore con sus hogueras y baños, la literatura con sus romances e incluso la economía, por ser el día en que se contrataban los segadores, así lo constatan. La Iglesia colocó esta celebración a seis meses exactos antes de la navidad, aplicando al ciclo litúrgico la frase “ya está de seis meses la que consideraban estéril”.

Juan fue un personaje conocido en su tiempo, ya el historiador Flavio Josefo se ocupa de citarlo en sus obras. La importancia que se ha concedido siempre en la liturgia de la Iglesia a la celebración del nacimiento de san Juan Bautista, se debe a que, en la perspectiva de la historia de la salvación, representa el último estadio de la preparación de la venida del Mesías. Es el último profeta.

El santo evangelio según San Lucas narra el nacimiento de San Juan Bautista, que no tiene nada propio, ni siquiera, seguidores; su cometido único es señalar a otro. Esta es una festividad históricamente muy popular, inserta en el folklore con las hogueras, en la literatura con los romances e, incluso, en la economía con el inicio de la siega. La Iglesia estableció esta celebración un semestre antes de la navidad, ligando el ciclo litúrgico al versículo, “ya está de seis meses la que consideraban estéril”.

Juan era un personaje conocido; de ahí, que aparezca citado por el historiador Flavio Josefo. Para los cristianos, representa el final del AT y el preámbulo del Nuevo. Es el precursor. Juan es su nombre. Juan significa “Dios se ha compadecido”, y Jesús, “Dios salva”. Llevará el nombre profético, “para anunciar a su pueblo la salvación”. Su nombre no significa un linaje, sino un porvenir designado. Dios obra y actúa hacia el futuro. Su nacimiento deja ya el pasado y mira al tiempo que se aproxima. La acción divina se mueve en la gracia y se renueva sin cesar. Juan, el precursor de los dones, llama al hombre a la conversión, a correr al encuentro del gran suceso, la llegada de Dios.

A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. El hecho capital reside en que los padres eran ya mayores y la mujer, estéril; en el orden humano, pues, no era posible una concepción. Pero, para Dios no hay nada imposible, de manera que este niño es el don de la graciosa complacencia de Yahvé y su compasión por estos ancianos, por cuanto, el decisivo poder de Dios conduce la historia de los hombres. Es el regalo de Dios, destinado a cumplir los designios divinos en su cometido trascendental.

Es el último profeta. El relato de Lucas lo muestra con los rasgos específicos del auténtico profeta: la vocación manifiesta ya desde el nacimiento, la plenitud del Espíritu y la vivencia ascética. El evangelista rememora a Samuel en el profetismo de Juan: como Samuel, Juan es “grande” en presencia del Señor; nace de un seno materno estéril; y es de familia sacerdotal y profeta, elegido para preceder y designar al Mesías.”El profeta, se ha dicho, capta la coyuntura concreta del acontecimiento en el punto preciso en el que el futuro le dará significación. Para Juan XXIII, el profeta interpreta ‘los signos de los tiempos’: defensa del bien común, progreso público y humano de las clases inferiores, fomento de la igualdad femenina, atención a los pueblos desfavorecidos, reparto justo de la riqueza, impulso a la concepción política, etc. El profeta se expresa por símbolos, gestos y parábolas. Es el mensajero del Mesías, que va a llegar.

Juan Bautista, luz de las naciones, es un hombre de enorme humildad y totalmente recogido y oculto, subordinado a Jesús: “Yo no soy el que ha de venir, detrás de mí viene uno a quien no merezco atarle las sandalias”. Este carácter es el que especifica el propio Jesús: “Yo os digo, que, entre todos los nacidos de mujer, no hay profeta mayor que Juan; pero el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él” (Lc 7,28). Toda su misión consiste en laborar el terreno y allanar los caminos, luego, llegado el tiempo pleno de la salvación, su estrella se va a eclipsar y desvanecer, para que brille únicamente la luz del Salvador.

En este mismo sentido, la Iglesia no es, en sí misma, una entidad categórica. Su misión, como la de Juan, es de precursora de Jesús. Indica al hombre la fuente de la verdadera salvación; su mayor gloria reside en retrotraerse y disminuir ella, para que Jesús entre y resplandezca en el alma de los hombres.

La vida de Juan está totalmente entregada al esfuerzo de convertir al pueblo, para la llegada del Señor. “Arrepentíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Mt 3,2). Viendo la situación de su pueblo, siente que Dios le ha llamado a resolverla y no se detiene. Predica con severidad, con apremio y exigencia, lucha contra la desigualdad, la injusticia y los abusos; no busca su bienestar, desecha la complacencia humana. Es extremadamente austero y exigente consigo mismo. Su función reside en mostrar que la voluntad de Dios es taxativa; en la relación y contacto con Dios no caben dudas, retrasos o componendas.

La fidelidad de Juan es inflexible, su testimonio personal entraña gran relevancia. No es una caña movida por el soplo del viento. Pero, ello no le hace un inmovilista ni un conservador saduceo. Se mueve por la realidad de los hechos, llevado de su firme fe. Esta fuerte personalidad insta hoy, al cristiano a mantenerse en sus convicciones de fe, esperanza y amor. Un amor, no de palabra, sino de obras en la autenticidad. La obediencia al Espíritu capacita a distinguir en el mundo actual los valores positivos y a inundarlo con el mensaje de Jesucristo: “Amaos unos a otros”.

Todo el bagaje significativo del Bautista llega a pesar en Jesús; precisamente, por eso, baja el Nazareno a escucharlo al Jordán e inicia su actividad pública, “al enterarse de que habían detenido a Juan” (Mt 4,12). Parece, como que el Maestro quiere retomar el turno misional del Bautista. Así es la actuación de Dios; va trazando la senda, elige el momento y convoca a los hombres que han de dar forma al diseño preciso de salvación. Juan estaba llamado, desde el seno materno, a estructurar una tarea singularmente decisiva, por esa razón la liturgia hoy lo entronca con el del Siervo de Yahvé en el segundo cántico. Él va a señalar la aurora, que irá iluminando el horizonte del pueblo de Israel, para que llegue la luz que inundará a todas las naciones. Hoy la historia emprende un amplio camino de ardua espera hasta la luz definitiva, y Juan es el emisario de anunciar la luz.

Juan es la voz que clama en el desierto, que da paso a la Palabra; la lengua que antecede al Verbo. Juan es, en fin, una señal del amor de Dios. El amor solícito de un Padre, que en la historia de salvación, no ceja en diseñar la redención de todos los hombres.

Camilo Valverde Mudarra

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