El que me ama, guardará mi palabra y mi padre lo amará

Domingo VI T. Pascual. Ciclo C
Hch 15, 1-2.22-29; Sal 66,2-8; Ap 21,10-14.22-23; Jn 14,23-29

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».


La primera lectura del libro de los Hechos (Hch 15,1-2.22-29) trata del Concilio de Jerusalén o Concilio Apostólico que constituye uno de los hechos más importantes de la historia y la teología de la Iglesia Primitiva. El año 49, con toda probabilidad, se celebraba en Jerusalén el Concilio; es el momento en que, según San Lucas, se produce el definitivo desprendimiento del judaísmo por parte de la primera comunidad cristiana. El Concilio decide sobre la libertad de la circuncisión y del resto de las observancias judías para los cristianos de origen no judío; la decisión fundamental tiene mucha importancia, estaba en juego la posibilidad de apertura universal de la iglesia, hacía falta una decisión de principios.

Por otra parte, más dogmáticamente, se dilucidaba si la adhesión a Cristo únicamente y sin más era lo que salvaba o hacía falta alguna otra cosa. La cuestión es clara: sólo Jesucristo y nada más, es lo importante.

Como punto de actualidad: ya se ven las tensiones en aquellos primeros momentos. Tensiones muchos más importantes que las de hoy por estar en época constituyente y todavía provisional en muchos aspectos. Pero que no va a ser suficiente para ceder, “por bien de paz”, de algunos principios fundamentales. Se discute, se habla, se escucha al Espíritu todos juntos… No se impone autoritativamente sin más, como sucede hoy día.

Late, en esa decisión oficial, el convencimiento de los apóstoles de que sólo la fe en Cristo es lo indispensable para salvarse y formar parte de la iglesia. La fidelidad a lo esencial nos obliga a encontrar en cada momento la forma adecuada de expresión y vivencia de la fe.

En nombre de toda la iglesia de Jerusalén, se escribe, a las otras iglesias, la Carta-Decreto, que resuelve y da solución al conflicto inevitable existente entre las dos tendencias, la helenista y la judaizante. En este documento, la Iglesia es considerada comunidad dirigida por el Espíritu Santo y no quiere imponer más cargas legales que las imprescindibles; este espíritu de libertad, era imprescindible, para que el cristianismo cumpliera su misión universal.

El SALMO RESPONSORIAL (66,2-8): El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

La segunda lectura del libro del Apocalipsis (21,10-14.22-23) sobre la visión grandiosa de la Iglesia Celestial.

El Apocalipsis es un mensaje dirigido a la Iglesia de los últimos tiempos. El Señor viene pronto y es necesario perseverar en la fidelidad de la fe. La semilla del bien, como la del mal, está madurando, llega el tiempo de la cosecha. La venida del Señor se anuncia bajo el signo del poder, como juez, en la línea de Is 40,14. Viene para dar a cada uno su salario y se pone de relieve la autoidentificación de Cristo con Dios; es el Mesías prometido que provoca la respuesta ansiosa de los destinatarios. La Iglesia sabe que el tiempo que le queda es breve y vive en tensión y ansia por la venida del amado. Pero la espera de este acontecimiento se ha difuminado poco a poco; en la historia de la Iglesia la escatología se ha marginado de la conciencia del pueblo.

En una visión grandiosa contempla Juan lo que podríamos llamar la Iglesia Celestial a partir de las imágenes intercambiables de esposa y de ciudad. A través de la última, que expresa mejor la condición del pueblo de Dios, se desarrolla la realidad espléndida y deslumbrante de la nueva Jerusalén. La descripción, en un texto de carácter simbólico, está cargada de detalles; es sorprendente, sobre todo, la luminosidad de la ciudad, la perenne claridad que se vislumbra, signo de la presencia de Dios que aleja toda oscuridad; su extensión es inmensa, para poder acoger a los ciudadanos venidos de todas partes; tiene una estructura perfecta. Sus dimensiones bien proporcionadas y sus fundamentos son doce piedras firmes, los doce apóstoles del Cordero, pues la fe y el testimonio forman su cimiento.

La nueva Jerusalén es iluminada por la gloria del Cordero, manifestación del Padre: Jesucristo resplandece fiel y victorioso por los siglos sin fin. Isaías y Ezequiel ya habían anunciado la gloria de la ciudad santa; pero es Juan el que intuye la presencia definitiva de Dios sin necesidad de templo que lo visualice, ya que «el Señor Dios, soberano de todo, y el Cordero, era su templo» (22). En ella son acogidos todos los pueblos y naciones, tal como habían anunciado las profecías antiguas refiriéndose a la extensión universal del reino mesiánico. Un ángel muestra al Vidente “la esposa del Cordero”, la “ciudad santa” que desciende del cielo como una corona de triunfo para los elegidos. Esta ciudad, la Jerusalén celeste, se contrapone a la “gran prostituta”, Babilonia, que es la del Anticristo (cfr. 17,1ss).

Juan, en la visión, ha visto el momento en que la Iglesia de la tierra está ya en el reino del cielo y canta alabanzas eternas al Señor.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (13,31-35), Jesús se despide de los suyos la víspera de su muerte. Su muerte es un ir al encuentro del Padre, que debe constituir para los discípulos motivos de alegría, pues significa que Jesús y el Padre vendrán a ellos y su presencia será real, pues en los discípulos anidará el mismo Espíritu del Padre que anidó en Jesús.

El Maestro consciente de la Pasión que se avecina, habla con sus discípulos, sin ninguna tristeza, lleno de dulzura y cariño. Los anima y conforta, no tienen nada que temer, su ausencia no es definitiva; lo que tienen que hacer es guardar su palabra, y el Padre los amará, de modo que ellos formarán parte de la unidad divina, con la Santísima Trinidad que vendrá y hará morada en su amor, “vendremos a él”. No hay nada que temer, porque el Espíritu Santo les recordará todo lo que Jesús les ha dicho.

El cristiano que ama a Jesucristo, es amado por Dios Padre y jamás se sentirá ya sólo, pues ese amor vivirá en él y siempre lo tendrá por compañero; jamás andará triste, siempre gozará de la alegría de Dios, alegría tan poderosa que se comunicará, como fuente viva, a su alrededor, a los otros hermanos que formarán la comunidad feliz de Dios Padre, “la ciudad que no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”, dice el Apocalipsis 21,23. Todos unidos, sin marginar a nadie, sin retirarse en su egoísmo, porque somos morada de Dios con el otro. El cristianismo es la ciudad de los hijos de Dios, vivimos, moramos en unidad, en la paz de Cristo, en fraternidad, juntos y abiertos a la presencia de Dios, no podemos vivir solos, para nosotros mismos, nuestra vida está con los otros, para ellos y hacia ellos, creando la comunión con el Maestro, guardando su palabra, recordándola y llevándola a todos los hombres hasta el confín del mundo. Predicándola con amor y viviendo el amor, pues, “el que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”.

Jesús, acercándose a la gen­te con amor y solicitud, enseña un amor total, absoluto, va más allá de lo que habían oído. «Yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mt 5,44). No se han de hacer distinciones entre próximos y enemigos, pues todos son receptores del amor de Dios y, por consiguiente, han de serlo del nuestro tam­bién. Este amor se ha de llevar a cabo siempre con un impulso firme y serio hacia el bien del otro con el deseo de que pertenezca a la familia de Dios. De este modo, “seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,45), precisamente, recuérdese que los pacíficos, los constructores de la paz serán llamados «hijos de Dios».

Amar al prójimo, como a uno mismo, significa ir más allá del simple amor o afecto a los propios y cercanos. El amor que Él trae es total y abarca, en su comunión, a todos los hombres incluidos los desechados y excluidos (Mt 9,10). Y, sin paliativos, les pide a todos, a los suyos y a los otros: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto» (Mt 5,48). Significa que han de pro­curar renacer de nuevo y llevar una vida en espíritu y en verdad, a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27), reflejando el amor extenso e indiscriminado de Dios, Nuestro Padre. Para que no se nos olvide envía al Espíritu. Nos ofrece su Espíritu. Es la fuerza de Dios. La alegría de Dios. Él será para nosotros Maestro, Memoria y Guía. Teniendo en nuestra vida el Espíritu de Dios, tendremos la alegría y la paz.

No la paz débil y frágil del hombre, sino la eterna de Dios. “Mi paz os doy, mi paz os dejo”… La paz del mundo consiste en acallar las armas y los enfrentamientos. La paz de Cristo es el abrazo duradero, la misericordia infinita, la reconciliación del ser humano consigo mismo, el perdón sin límites, la espera amorosa del retorno del Hijo Pródigo, para introducirse en la ciudad del amor, para lanzarse desde el amor a sus habitantes y amarlos, como Jesucristo nos amó, “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, con un amor sin reservas, sin dudas ni vacilaciones, con el amor hasta el extremo, incluso hasta la entrega de la cruz. En su predicación, Jesús va exponiendo el fundamento del Reino: el ideal universal; enseña que todos los pueblos y naciones han de formar parte de su Ciudad, del Reino Celestial, el Reino de Dios, que es Padre de la familia congregada por el amor del Hijo, en la casa del Padre.

Camilo Valverde Mudarra


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