! Ah! ¡EL AMOR!

Decía un hermano muy versado y experimentado, que cuando se ama de veras a Dios en Jesucristo, hasta el pecado y las caídas más o menos importantes cobran un nuevo aspecto. Estamos tratando con nuestro Padre Celestial, y nuestras estupideces (el pecado al fin y al cabo, es una estupidez), quedan relegadas a una incidencia normal entre el Padre u sus hijos. Bueno; es una forma de pensar pero no está descaminada del todo.

Nunca el padre levantará la mano para destruirnos sino que sabiamente aprovechará estas caídas para levantarnos con todo su amor ¿y quién mide el amor de Dios? y nos volverá pacienzudamente (como hacemos nosotros con nuestros hijos) a nuestro lugar. Nadie mejor que él conoce nuestras peculiaridades, nuestras debilidades, inclinaciones y toda la tropa de flaquezas que nos acompañan en el diario vivir.

Yo creo que este hombre estaba en lo cierto. Quien le ama de veras sabe agradecer una mañana de aire puro, unos pájaros volando raudos o una nubes preñadas de agua dispuesta a bajar de su altura para llenarnos de fruto y de gozo para la tierra. En ese estado de comunión y confianza con el padre eterno y bueno, ya no hay miedo sino el consabido temor, a que frunza las cejas por nuestros desvíos.

La letra de la ley ya solo sirve para guiarnos por el camino ETERNO de salvación y comunión directa y viva con nuestro Padre y para vivir para siempre en las moradas que Cristo según su palabra preparó para los que le aman. La Ley ya no es para mostrarnos el pecado de forma acusadora, sino para con una dulzura que no acabamos de entender ni disfrutar, señalarnos en donde hemos caído y en que hemos errado.

Cuando vemos a nuestros hijitos hacer algo alocado, casi ya sabemos lo que van a hacer con ser ellos tan imprevisibles. Y al reñirles sabemos que de forma ineluctable, era aquello lo que harían porque conocemos su temperamento impulsivo, en su carácter ante las cosas. Y si no hay ningún desacato gordo, nos reímos mientras les reñimos porque sabemos que “son las cosas de Pepito” aunque con ceño severo, y a veces tenemos que volver la cara que no nos vean reir. «Y sabíamos que pisaba el charco».

Pues amigos y hermanos que tan rigurosamente consideramos el amor de Dios ¿porqué no nos acercamos a nuestro Abba, es decir a nuestro Papá, para recibir de él las caricias y los mimos que “el muy blanducho” (para nosotros), no es capaz de reprimir.

Dios nos ama, como no podemos imaginar. El amor de un padre-madre terrenal, es paja comparado con el de Dios que hizo el Cielos, la Tierra y sus criaturas, para darles un fin indescriptible y dichoso.

Solo hay que tener la paciencia debida y, por lo menos, suprimir esa hipersensibilidad que mostramos tan frecuentemente y más aun cuando callamos a la fuerza, y vemos que nos valoran injustamente y atribuyen mala intención a lo que nosotros hemos hecho con todo amor y toda limpieza. Ese callar, vale ante Dios más que todas nuestras “justas reivindicaciones.

Sepamos callar cuando se nos dirige un reproche que de eso ya sufrió Jesús horrores contra su santa persona, cordero sin mancha ni contaminación; alejado de los pecadores y hecho más sublime que los Cielos. (Hebreos 7:27) El ludibrio padecido por Él es así o no es así y si es así “tan mármol, huésped como el mármol eres”. Y eso va por todos nosotros los que profesamos a Cristo.

Sepamos nosotros imitar al manso cordero de Dios; meditemos y valoremos las palabras que Jesús dijo al impulsivo, torpe, primario, y atolondrado y Pedro, después depositario de tanta verdad y tanto amor del Padre. No le dio lecciones ni le soltó discurso ni le hizo reproche (vayamos aprendiendo); solamente le dijo algo enorme, profundo y que diluye todos otros conceptos, o teologías hondas y complicadas: Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. (Juan 21:15, 16,17) El medio y el fin. Al buen entendedor… Porque ¡¡¡esa es la verdadera pregunta trascendental!!

JUGUÉ, PERDÍ, PAGUÉ

Jugué, perdí, pagué: Estoy en paz;
Luché y lloré, nada le debo al mal
Amé a Jesús y libre fui de muerte.
Mi vida fue la de cualquier mortal
Que lucha y brega en su azarosa suerte.

En tierna juventud, a la manida
Moral banal sostuve la embestida.
Planté piedad, honestidad y empeño;
Que en estas pautas cimenté mi vida
Y fracasé; pero aun persigo el sueño.

En las místicas noches del abismo
De nieblas y quimeras de heroísmo,
Busqué del Cielo auténtica verdad,
No me entregué al político cinismo,
Ni ofuscaron ganancias de maldad.

Y sé que ningún hombre a mi porfía,
La réplica me dio, precisa y fría
Y yo en esta barquilla aun zozobrada
Me encuentro solo y pleno de alegría,
Bregando osado y firme en la remada.

¿El amor? Es tenue, etéreo y eternal
De Dios en su pureza y armonía,
Pues nunca es de la humana algarabía
Llenar de las personas su ideal,
Ni de heces se nutre la poesía.

De ensueños he vivido y añoranza
Del Cielo que es mi aspiración a ultranza.;
Quiero con ilusión vivir sin pena
Aunque sepa del mundo la mudanza
Y del amor la efímera cadena.

Nunca juzgué ni condené al hermano,
Pues no se hace juicio en equidad
A enigma oculto en corazón humano
Que en fragosa y profunda intimidad
Es más abstruso que insondable arcano.

Amé a la humanidad, lloré en sus llantos
Consciente de sus grandes desencantos,
Pues mi alma aprendió de mi interior
Sin consultas de magos, ni de espantos
Que somos todos valiosos para Dios.

Al silbo de Jesús corrí tras Él.
Luché por la justicia y el derecho,
De nadie quise cohecho ni cuartel
Pues solo en Dios me impulso y me pertrecho,
Del vívido acicate de mi fe.

Gusté del altruismo y la virtud;
A pobres y dolientes comprendía.
Abrí mi corazón en plenitud,
De Dios gocé gracias en multitud
Y muchas más espero todavía.

Sigo amando… y en pos de mi llamada,
Pues vida sin amor deviene en nada;
Con Cristo me despido en buen talante,
Afable faz, sonrisa relajada,
Que aquí no hay nada eterno… ni importante.

Rafael Marañón

AMDG.

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