«Paz a vosotros. Recibid el Espíritu Santo»

Solemnidad de Pentecostés

Domingo Pentecostés. Ciclo C
Hch 2, 1-11; Sal 103, 1-2.24.34; 1Co 12,3-13; Jn 20,19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así también os envío yo.


Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas. (Jn 20,19-23).

Lectura de los Hechos de los Apóstoles:

“Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés… Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras” (2,1-11).

Entre los judíos, “Pentecostés” era el tiempo festivo de la pascua. La fiesta solemne celebraba el don de la Ley recibida en el Sinaí cincuenta días después de la Pascua. Para el cristiano, hoy, cincuenta días después de la inmolación de Cristo y de su resurrección, se derrama el Espíritu sobre los apóstoles. El primer elemento, el viento, en la tradición bíblica, indicaba la presencia y la acción de Dios (Gn 1,2); 2,7) y era símbolo del Espíritu de Dios (1 R 19,11s) que asume Jesús en Jn 3,5-8. Pentecostés se presenta como la inauguración de la nueva alianza entre Dios y su pueblo reunido en asamblea.

En la actualidad, no se duda de que este relato en Hechos es una construcción artificial de San Lucas en apoyo de una finalidad teológica. No se han de buscar hechos históricos en estos elementos escenográficos, el fuego, el viento, las lenguas, tomados de la tradición bíblica del “día del Señor”. La idea esencial del relato reside en la inicial inmersión del Espíritu Santo y su impulso a toda la actividad cristiana posterior. Iglesia y Espíritu son el núcleo de la teología de Hechos.

Estamos ante un texto que maneja Los esquemas y elementos de la literatura escatológica. El viento, el fuego, el ruido, en el AT, expresan la irrupción súbita de Dios; aquí, se introduce un nuevo principio, que, como en el Génesis, Dios establece una Nueva Creación en un espacio más avanzado de la historia. Las lenguas de fuego indican también el Espíritu de Dios (Mt 3,11), y la presencia eficiente de Dios (Ex 3,2; 19,18; Is 6,6; Ez 1,4), que produce en los apóstoles el fenómeno de la glosolalia: Hablar lenguas. Empiezan a expresarse al modo de los antiguos profetas (Nm 11,25-29; 1 S 10,5-6). Hablan en estado extático como en Hch 10. 46; 19. 6 y 1 Co 10-14. y capacitan a la comunidad el entender lo que dicen, a pesar de las diferencias personales. Cuenta la tradición judía, que la voz de Dios en el Sinaí la oyó toda la gente de la tierra. Hoy también, sigue presente la acción del Espíritu en todo el mundo, que se hace efectiva en el alma de cada hombre y en la universalidad del mensaje.

Pentecostés celebra el don del Espíritu, la asamblea de los cristianos formada por muchos pueblos, que queda llena de la presencia del Espíritu en forma de lenguas de fuego sobre cada uno. La Iglesia nace en su universalidad para todos los pueblos sin distinción. El Espíritu constituye, a los discípulos, testigos ante todos los pueblos; no hay fronteras para la salvación. La dimensión universal se patentiza en el destino, deseo y posibilidad, como realidad presente. La importancia de esta perícopa está en el Espíritu que ya no abandona la comunidad, aun cuando los signos de su presencia y acción sean hoy distintos a los de entonces.

Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de una ley grabada en el Espíritu y la libertad (cf. Ez 11,19; 36,26). Lo esencial, es que Dios dona su propio Espíritu. El Espíritu hizo que aquellos hombres medrosos y asustados salieran a la calle y predicaran desde las azoteas y en las plazas lo que apenas se atrevían a decir al oído.

En Pentecostés sucedió lo contrario de lo que se dice de , donde los hombres que intentaron escalar el cielo terminaron por no entenderse entre sí. Y es que los hombres sólo pueden entenderse, cuando se abren a la sorprendente gracia de Dios y no cuando luchan. Si en Babel se dispersó la humanidad, el adviento del Espíritu y su acogida reporta el principio de la comprensión y el abrazo. Sobre la diversidad conflictiva, sobre el caos lingüístico, se cierne el Espíritu de Dios. Si se lo recibe de verdad, y se tiene un mismo Espíritu, se llega el entendimiento. El problema reside en la división de los espíritus, en las mentalidades opuestas y en el enfrentamiento de intereses y ambiciones.

Acoger los impulsos del Espíritu es enraizar el misterio de Cristo y de su sacrificio en el núcleo mismo del dinamismo espiritual que anima los pueblos y las culturas. Con su fuerza vivificante, toda la realidad humana y toda la creación se llenan de su energía y dejando atrás el pasado, renacen de la muerte a la vida.

SALMO RESPONSORIAL:

Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios:

Nadie puede decir «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo … (12,3-13).

La comunidad de Corinto se ve tentada por el sincretismo: el mundo pagano trata de conseguir un “conocimiento” de Dios por medio de trances y de fenómenos místicos. Tiene el peligro de confundir tal conocimiento de fe con los signos del éxtasis; un carisma auténtico debe contribuir siempre a reforzar la profesión de fe en Jesucristo.

San Pablo define el criterio, que ayuda a distinguir los verdaderos carismas de los falsos: la fe del hombre. Señalándoles a los corintios los fenómenos religiosos del paganismo en su culto a los “ídolos mudos”, afirma que la fe es la señal y el símbolo de la nueva vida, de la fe que salva (cfr. Rm 10,0; Hech 2,36; Flp 2,6-11). En quien verifica esta fe, actúa el Espíritu. Pues, se precisa la fuerza de Dios para confesar, especialmente, en una época, en que los emperadores se titulaban, “Dominus et Deus”, que Jesús es el único Señor.

El texto indica el pluralismo de los carismas y la unidad de la Iglesia procedentes del Espíritu Santo. Esta pluralidad es expresión de la riqueza y vitalidad de la Iglesia; ministerios y carismas en su diversidad están destinados a la utilidad común. Nadie tiene todos los carismas, sino los que el Espíritu considera oportunos, para el servicio de la comunidad. A cada uno, se le manifiesta de modo particular el Espíritu, que significa variedad, unidad y riqueza.

Pentecostés significa reconocer la energía divina, descubrir el propio carisma y respetar el de los demás. Los dones o carismas son autorevelación del Espíritu. En los carismas se hace visible el invisible Espíritu de Dios. Se subraya, no el individualismo, sino la relación de servicio al prójimo. Los carismas son para la edificación de la Iglesia. El politeísmo pagano ostentaba carismas muy variados concedidos por dioses diferentes. En la Iglesia, por el contrario, toda gracia se unifica en la vida trinitaria. Puesto que un único Dios es la fuente de los carismas, no puede haber oposición entre ellos ni competencia entre los beneficiarios. Si existe alguna oposición entre ellos, indica que no provienen del Dios Uno y Trino.

El Espíritu conduce la Iglesia en su jerarquía y suscita las iniciativas personales conforme a la misión; esa iniciativa, conforme al Espíritu, es expresión de la fe fundamental en Jesucristo. El Cuerpo Místico, con sus carismas más diversos, colabora en el amor y la unidad. Los cristianos deben ser y actuar de formas diversas, pero profundamente unidos en el reconocimiento y acción de esta comunión, con la fe en Dios. En el compromiso de la vida cristiana, el Espíritu despierta nuevas capacidades, a veces inesperadas; brotan muchas iniciativas, fruto del Espíritu.

El Apóstol reafirma la existencia de «manifestaciones del Espíritu» en la comunidad, no por privilegio, sino por regalo y don del Espíritu. Quien los recibe no puede atribuirlos a razón personal o mérito, sólo se deben a un obsequio. Carisma, significa precisamente, regalo, obsequio, don.

Domingo de Pentecostés:

Se denominó así el día “quincuagésimo” de Pascua, el de la “Pentekoste”, la solemne clausura de la Cincuentena Pascual, en evocación del don del Espíritu, que “lleva a plenitud el misterio pascual”; culmina la glorificación de Jesús, tras conmemorar la Muerte, la Resurrección y la Ascensión.

Desde finales del s. IV, “Pentecostés” marca la fiesta de la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles. Se honra de modo especial la tercera Persona de la Stma. Trinidad. Yo os enviaré El Espíritu, cuando suba al Padre. “No había venido el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,39). El Espíritu transforma a los Apóstoles en testigos enérgicos, en predicadores decididos del Evangelio. Es en la Iglesia un principio vital que le hace crecer, expansionarse, manifestarse, irradiar al mundo la presencia salvadora de Jesucristo.

El evangelio de hoy se centra en el Espíritu, gracia y don pascual de Cristo Resucitado (20,19-23).

Al anochecer, entre los Apóstoles llenos de miedo, dándoles la paz, se presenta Jesús en medio de ellos; ¡hombres de poca fe!, ¿de qué tenéis temor?, si sabéis que ha vencido a la muerte, que ha resucitado y está vivo, presente, hasta el fin de los tiempos. Este anochecer es el gran día os trae la alegría y la paz, la fortaleza de la fe y el fuego del amor: Recibid el Espíritu Santo. Es el momento de la gloria de la resurrección, de las lenguas de fuego, es vuestro Pentecostés. Es la venida del Espíritu, del Espíritu de Dios, del Espíritu actuante en la Iglesia, el día del Espíritu para los bautizados. Con la fuerza del impulso vivificador, se han terminado los temores, las dudas y las timideces. Es la hora de lanzarse con ímpetu a la vida cristiana, de abrazarse al Evangelio sin titubeos, la hora de la Iglesia firme y robusta asida a la enseñanza del Maestro, para acoger a los que vienen; salir al encuentro de los que nos necesitan, para inundar de paz al mundo, rodearlo de perdón, de misericordia y de amor: Como el Padre me envió, así os envío yo.

Un viento fuerte sopló; exhaló su aliento sobre ellos. Ya lo decía Juan Pablo II en su encíclica Dominum et vivificantem: “No cabe duda que el Espíritu sopla fuerte en la Iglesia de hoy, invitándonos a evangelizar, catequizar, celebrar, dar testimonio, unir, trabajar por la paz, la justicia, la fraternidad universal…” Hay diversidad de dones; la fuerza del Espíritu de Cristo es la que reúne en el cuerpo eclesial de Cristo, dándole la unidad y el amor. La acción del Espíritu está estrechamente unida a la persona de Cristo en su palabra y la comunión sacramental. La Palabra es una manifestación del Espíritu. La asamblea reunida manifiesta la diversidad de los dones del Espíritu: los ministerios expresan los dones recibidos “para utilidad”, dentro del conjunto de una Iglesia llena del Espíritu. Y, en su derivación hacia la vida y el testimonio, la Eucaristía es fruto del Espíritu, es la fuente del amor, por ser actualización del misterio pascual; así el amor vivido se convierte en la manifestación del misterio de salvación.

Exhalar el aliento, significa comunicar su Espíritu. Espíritu, soplo, aire, aliento. Es respirar a Dios. Vivir en Dios. Un Dios que quiere vivir cerca, íntimo en nosotros, dentro de nuestra vida, eficiente y alentador de nuestro camino. Se acerca, llama, pero hay que querer abrirle. Él está siempre ahí, espera, susurra su amor y lo impulsa hacia el prójimo; zarandea nuestra conciencia, impele a la misericordia, invita a perdonar una y setenta veces, ofrece su mesa de la comunión, y guía a hacer vida el evangelio y predicarlo. Hay que respirar su aliento, querer vivir de su aire. Respiremos, porque el Espíritu aletea en el diario vivir, entre las cosas pequeñas que nos atañen. ¡Ven, Espíritu Santo, Creador y Vivificador! Inspira que el Evangelio es vida apasionada, la Iglesia, comunión de hermanos, la jerarquía, servicio y la misión, a que envía, un continuo y regocijante esfuerzo para implantar el Reino del amor y la paz.¡Ven, Espíritu Santo!

Roguemos al Espíritu que nos de aliento para renovarnos en sarmientos que den frutos sanos de amor en el mundo y renovar la Iglesia, en una comunidad joven, fraterna y solidaria, de comunión y servicio. Urge llenar la vida de su aliento, para que el soplo de Dios entre en nuestra historia y la rellene de sus dones.

Camilo Valverde Mudarra


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