15 de Setiembre – Qué difícil – Evangelio tiempo ordinario

Sábado, 15 de setiembre de 2012
Nuestra Señora de los Dolores
1 Corintios 10, 14-22 / Juan 19, 25-27
Salmo responsorial Sal 115, 12-13. 17-18
R/. «¡Te ofreceré, Señor; un sacrificio de alabanza!»

Santoral:
Nuestra Señora de los Dolores
y Beato Rolando

Qué difícil

Que difícil es mirar a los ojos a alguien
y decirle «Te amo»… Todos los días.

Que difícil encontrar que la vida tal
y como es, es maravillosa…
Y no renegar de aquello que no tenemos.

Que difícil voltear atrás y recordar todo

lo bello que ha pasado… Pero sólo tomarlo

como un recuerdo de lo bello que esta por ocurrirnos.

Que difícil es decirle adiós a alguien

que ya no está contigo… Pero si no lo haces

su recuerdo lo mantendrá más alejado de ti.

Que difícil aceptar que a veces nos equivocamos…
Es la señal inequívoca de que aun somos humanos.

Que difícil amar sin condiciones y no esperar

que te amen de la misma manera… Ya que sólo

el verdadero amor da sin esperar nada a cambio.

Que difícil recordar todo aquello que no hicimos

por «falta de tiempo»… Habrá que entender

que la vida es hoy. El tiempo… el tiempo puede esperar.

Que difícil voltear a tu alrededor y ver sólo

unos cuantos cercanos a ti… Y ver qué hermoso es

que tengas gente que te aprecia y te quiere.

Es triste mirar dentro del espejo del alma y descubrir

que está vacío… Pero que una sola sonrisa o palabra

puede llenar ese vacío de amor.

Que difícil imaginar esa «Vida perfecta» que a todos

nos gustaría tener…. Cuando la realidad es que vivimos

una perfecta vida desde el momento mismo en que

el día de hoy te levantaste…. Vivo.

Liturgia – Lecturas del día

Sábado, 15 de Setiembre de 2012

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

Aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo,
porque participamos de un único pan

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Corinto
10, 14-22

Queridos míos, eviten la idolatría. Les hablo como a gente sensata; juzguen ustedes mismos lo que voy a decirles. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.
Pensemos en Israel según la carne: aquéllos que comen las víctimas, ¿no están acaso en comunión con el altar?
¿Quiero decir con esto que la carne sacrificada a los ídolos tiene algún valor, o que el ídolo es algo? No, afirmo sencillamente que los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios. Ahora bien, yo no quiero que ustedes entren en comunión con los demonios. Ustedes no pueden beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios; tampoco pueden sentarse a la mesa del Señor y a la mesa de los demonios. ¿O es que queremos provocar los celos del Señor? ¿Pretendemos ser más fuertes que Él?

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 115, 12-13. 17-18

R. ¡Te ofreceré, Señor; un sacrificio de alabanza!

¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el Nombre del Señor. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el Nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo. R.

EVANGELIO

Cuánto se dolía y padecía esa piadosa Madre,
contemplando las penas de su Hijo

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan
19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre, con su hermana María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a su madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Y Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor.

Reflexión

1Cor. 10, 14-22. Mediante la participación en la Eucaristía nos unimos a Cristo, formando un sólo Cuerpo con Él. Así, en Cristo, nos unimos a Dios y somos hechos de su mismo linaje.
Los que nos unimos a Cristo formamos la Comunidad de creyentes, la Iglesia, la cual se construye en torno a la Eucaristía.
Debemos aprender a ser fieles al Señor, de tal forma que su vida no sólo se nos comunique, sino que se manifieste en nuestros comportamientos de cada día.
De nada nos serviría participar de la mesa del Señor si después unimos nuestra vida al Malo, pues aun cuando no lo aceptemos de un modo directo, con nuestras malas obras estaríamos indicando que no es a Cristo sino al Demonio a quien nos hemos unido.
Dejemos que el Espíritu del Señor nos vaya transformando día a día en una imagen cada vez más perfecta del Hijo de Dios, de tal forma que nuestra fe tanto se exprese con nuestras palabras, como con nuestras obras y con nuestra vida misma.

Sal. 116 (115). La celebración Eucarística es nuestra mejor acción de gracias por todos los beneficios que hemos recibido de Dios. Él ha sido misericordioso para con nosotros. Él jamás nos ha abandonado ni ha dejado de amarnos.
Acudir a la celebración Eucarística manifiesta que en verdad amamos al Señor y vivimos con un corazón agradecido por habernos redimido del pecado y de la muerte, y habernos hecho hijos de Dios.
Sin embargo nuestra gratitud debe ir más allá del momento en que le damos culto al Señor.
Efectivamente toda nuestra vida debe convertirse en una continua alabanza del Nombre de Dios. Y esto será realidad en la medida en que seamos fieles a nuestros compromisos adquiridos en nuestro Bautismo, pues no podemos pretender ser hijos de Dios cuando, después de darle culto al Señor, viviésemos como si no lo conociésemos.

Jn. 19, 25-27. Estar junto a Jesús y dejarse contemplar por Él. Dejar que Él penetre hasta lo más íntimo de nosotros. Él descubre nuestras alegrías y tristezas; Él conoce de nuestra soledad y de nuestras esperanzas; ante Él nada puede ocultarse, pues penetra hasta la división entre alma y espíritu.

María, entregada por Jesús al discípulo amado; y el discípulo amado que acoge en su casa a María, se convierten para nosotros en la encomienda que el Señor quiere hacernos a quienes hemos de convertirnos en sus discípulos amados: Acoger a su Iglesia en nuestra casa, en nuestra familia, para que se convierta en una comunidad de fe, en un signo creíble del amor de Dios, en una comunidad que camine con una esperanza renovada.

Ciertamente la cruz, consecuencia de nuestro servicio en favor del Evangelio, a veces nos llena de dolor, angustia, persecución y muerte. Mientras no perdamos nuestra comunión con la Iglesia, podremos caminar con firmeza y permanecer fieles al Señor.

María, acogida en nuestro corazón, impulsará con su maternal intercesión nuestro testimonio de fe; pero nos quiere no en una relación personalista con ella y con Cristo, sino en una relación vivida en la comunión fraterna, capaz de ser luz puesta sobre el candelero para iluminar a todos, y no luz oculta cobardemente debajo de una olla opaca, viviendo en oración pero sin trascendencia hacia la vida. Así la fe no tiene sentido vivirse.

Si Cristo, si María, si la Iglesia están en nosotros, vivamos como testigos que den su vida para que todos disfruten de la Vida, de la salvación que Dios nos ha dado en Cristo Jesús, su Hijo.

Jesús nos ha reunido en torno a Él para que, juntos, celebremos su Misterio Pascual. Nosotros, como el siervo dispuesto a hacer la voluntad de su amor, estamos de pié ante Él para escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Nuestra actitud no es la de quedarnos sentados, como discípulos inútiles. Su Palabra, pronunciada sobre nosotros, nos invita a saber acoger a nuestro prójimo no sólo para hablarle del Reino de Dios, sino para hacérselo entender, para hacérselo cercano desde un corazón que se convierte en acompañamiento del Dios-con-nosotros, que camina con nosotros desde la Comunidad de creyentes en Cristo.

El trabajo por el Reino de Dios no se llevará adelante conforme a nuestras imaginaciones, sino conforme a las enseñanzas y al ejemplo que Cristo nos ha dado. Por eso, hemos de estar dispuestos a acoger en nuestro corazón a nuestro prójimo y a velar por él y a no abandonarlo ni a pasar de largo ante su dolor, ante su sufrimiento, ante las injusticias que padece.

Muchas veces contemplamos al pie de la cruz de Cristo a las mujeres abandonadas, injustamente tratadas, viudas o marginadas; vemos a muchos pobres fabricados por sistemas económicos injustos; vemos enviciados y envilecidos por mentes corruptas y ansiosas de dinero sin importarles la dignidad de sus semejantes. ¿Seremos capaces de acoger a toda esta gente para manifestarles, de un modo concreto, realista, que el Señor los sigue amando por medio nuestro?

Cristo nos ha confiado el cuidado de los demás para fortalecerlos, para ayudarlos a vivir con mayor dignidad, para proclamarles el Nombre del Señor. ¿Aceptaremos y cumpliremos con esta responsabilidad que el Señor ha querido confiarnos?

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de estar dispuestos, dispuestos a caminar en una fe de generosidad, de gran capacidad de acoger a los que sufren, a los pecadores, a los que han sido marginados, para que, disfrutando del amor que Dios quiere que todos poseamos, algún día seamos acogidos eternamente en la Casa del Padre Dios. Amén.

Homiliacatolica.com