14 de Agosto – Cuando amanezca de nuevo – Evangelio Tiempo ordinario

Martes, 14 de agosto de 2012

Semana 19ª durante el año

Ezequiel 2, 8—3, 4 / Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Salmo responsorial Sal 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131

R/. “¡Qué dulce es tu palabra en mi boca, Señor!”

Santoral:

San Maximiliano María Kolbe, Santa Atanasia,

Beato Everardo, Beata Isabel Renzi

Cuando amanezca de nuevo

Cuando amanezca de nuevo,

busca un lugar especial donde solamente

has vivido alegrías, cierra tus ojos, imagínate un lugar,

un paisaje, donde todo es tranquilidad,

donde todo nació de nuevo a tu lado.

Cuando amanezca de nuevo,

sólo recuerda lo mejor de ti, lo que te ayudará

a olvidar la tormenta que dejaste atrás.

Cuando amanezca de nuevo,

acepta lo que ven tus ojos, un verdadero oasis

de lo que siempre deseaste y arroja en el mar

lo que te hace daño y vuelve a amar, porque

recuerda que el verdadero amor cuando llegue a ti,

sentirás lo que nunca habías creído sentir y verás

lo que siempre has deseado.

Cuando amanezca de nuevo,

busca la felicidad ausente donde no exista el pasado,

y te darás cuenta que el verdadero amor siempre

estará a tu lado sanando tus heridas.

Cuando amanezca de nuevo,

cuando el sol anuncie su presencia, sentirás

en tu pensamiento el ángel de la felicidad,

entregándote cada mañana tu derecho de amar.

Cuando salga el primer lucero,

pide tu mejor deseo, camina despacio

por el camino de la verdad, para que puedas

encontrar un nuevo amanecer.

“Todo es posible si tú lo crees posible”.

Liturgia – Lecturas del día

Martes, 14 de Agosto de 2012

Me hizo comer el rollo,

y era en mi boca dulce como la miel

Lectura de la profecía de Ezequiel

2, 8—3, 4

El Señor me dirigió la palabra y me dijo: «Tú, hijo de hombre, escucha lo que te voy a decir; no seas rebelde como ese pueblo rebelde: abre tu boca y come lo que te daré».

Yo miré y vi una mano extendida hacia mí, y en ella había un libro enrollado. Lo desplegó delante de mí, y estaba escrito de los dos lados; en él había cantos fúnebres, gemidos y lamentos.

Él me dijo: «Hijo de hombre, come lo que tienes delante: come este rollo, y ve a hablar a los israelitas». Yo abrí mi boca y Él me hizo comer ese rollo.

Después me dijo: «Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas con este libro que Yo te doy». Yo lo comí y era en mi boca dulce como la miel.

Él me dijo: «Hijo de hombre, dirígete a los israelitas y comunícales mis palabras».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131

R. ¡Qué dulce es tu palabra en mi boca, Señor!

Me alegro de cumplir tus prescripciones,

más que de todas las riquezas.

Porque tus prescripciones son todo mi deleite,

y tus precepto, mis consejeros. R.

Para mí vale más la ley de tus labios

que todo el oro y la plata.

¡Qué dulce es tu palabra para mi boca,

es más dulce que la miel! R.

Tus prescripciones son mi herencia para siempre,

porque alegran mi corazón.

Abro mi boca y aspiro hondamente,

porque anhelo tus mandamientos. R.

EVANGELIO

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

18, 1-5. 10. 12-14

Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.

¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños».

Palabra del Señor.

Reflexión

Ezequiel 2,8 -3,4: Ezequiel nos cuenta un gesto simbólico que le hizo realizar Dios: «comer» el rollo de su Palabra, antes de predicarla a los demás.

No era una Palabra fácil ni agradable: estaba llena de «elegías, lamentos y ayes». Y, sin embargo, el profeta reconoce que le supo «dulce como la miel». Algo parecido a lo que le pasó a Jeremías, que también tuvo que decir palabras desagradables a sus contemporáneos, pero no podía dejar de decirlas, porque eran como fuego devorador dentro de su ser (Jr 20,9).

Sólo después de haber comido el rollo recibe Ezequiel el encargo: «anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras».

A un profeta -y todos lo somos, porque se nos encarga ser «testigos de Dios en el mundo»- le resulta muy significativo el gesto.

A los que explicamos catequesis y predicamos y escribimos, este gesto simbólico nos interpela de modo especial. Antes de hablar a los demás, tenemos que «comer» la Palabra de Dios: acogerla, rumiarla, digerirla, interiorizarla. Sólo entonces podemos transmitirla y será creíble nuestro testimonio, y no diremos palabras oídas o aprendidas en un libro, sino vividas primero por nosotros.

Ezequiel era un desterrado en medio de su pueblo, solidario con su dolor (más o menos a la fuerza). Ahora come la Palabra de Dios: se hace solidario de ella. Así puede hacer de mediador: transmitir al pueblo la voz de Dios y a Dios la oración de su pueblo. Nos recuerda a Jesús, que también tomó en serio su papel de mediador sacerdote. No nos habló, por ejemplo, del sentido del sufrimiento por haberlo aprendido en los libros, sino por haberlo experimentado él mismo.

Cuando en la misa escuchamos las lecturas bíblicas, se nos invita a que «comamos», que «comulguemos con Cristo Palabra». Luego será la hora de comulgar con Cristo Pan.

Es la «doble mesa» que nos prepara y nos lanza después, en la vida, al testimonio cristiano en la familia, la comunidad o la sociedad. Antes de ser predicadores, somos oyentes. Ojalá también lo seamos con un ejercicio constante de la meditación o de la «lectio divina» de esa Palabra, para que penetre en nosotros y nos configure con la mentalidad y la voluntad de Dios.

Y aunque la palabra que escuchamos -y que transmitimos- no siempre es consoladora y fácil, sino exigente y dura, ojalá nos pase como a Ezequiel y como al salmista: «Tus preceptos son mi delicia… qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca… tus preceptos son la alegría de mi corazón». Y, además, no sólo comuniquemos las palabras que a nosotros nos gustan, sino todas las que Dios ha pronunciado. Con valentía y constancia. Aunque parezca que este mundo no las quiere oír.

J. Aldazabal

Enséñame Tus Caminos

Mt. 18, 1-5. 10. 12-14. La pregunta sobre quién es el más importante en el Reino de los cielos equivale a preguntar sobre quién es aquel por quien vela Dios de un modo especial, hacia quién o quienes se dirige de modo especial su amor. En el fondo se pregunta sobre la razón que da sentido al Envío y a la Encarnación del Hijo de Dios, a la entrega redentora de la vida del Hijo de Dios. Y el Señor nos dice que son los niños; los que en su tiempo no tenían valor alguno y más bien eran considerados como una carga para la familia y la sociedad.

Quien ante Dios se asemeje a los niños; quien no viva pagado de sí mismo, de su propio orgullo, sino que sepa que toda su vida está en manos de Dios, bajo su cuidado y providencia amorosa, ese, por su sencillez, humildad y confianza plena en Dios es el más importante.

Sabemos que todos somos pecadores; que nada hemos hecho de parte nuestra para merecer el que el Hijo de Dios, no reteniendo para sí mismo el ser igual que Dios, se haya anonadado a sí mismo y, hecho uno de nosotros haya salido a nuestro encuentro para conducirnos, lleno de alegría, a la presencia de su Padre, no como siervos, sino como hijos por nuestra unión a Él.

Esto nos hace ver que los pecadores jamás hemos sido expulsados de la mente ni del corazón de Dios, y que Él sigue amando y preocupándose por quienes amó aún antes de crearlos. Estos pequeños en la respuesta del amor, son buscados amorosamente por Dios, por medio de su Hijo Jesús, como el pastor busca a la oveja descarriada.

Ojalá y que nosotros no vayamos a ser ocasión de escándalo para esos pequeños en la fe y en el amor provocando el que, en lugar de dejarse encontrar por el Señor se alejen más y más de Él por culpa nuestra.

En esta Eucaristía el Señor se convierte en nuestra fuerza y valentía para no acobardarnos ante quienes quisieran que en lugar de triunfar la vida, triunfara la muerte. Dios quiere hacerse compañero de nuestro camino por esta vida; y para ello nos ofrece entrar en comunión de vida con Él. El Señor está y estará siempre con nosotros. Él nos conduce y jamás nos abandonará ni se alejará de nosotros. Ojalá y no seamos nosotros quienes le abandonemos y nos alejemos de Él. Él sabe de nuestras debilidades, pecados y miserias. Pero Él jamás ha dado marcha atrás en el amor que nos tiene. Podrán desaparecer el cielo y la tierra, pero su amor por nosotros será eterno. Él nos recibe con el cariño con que una madre estrecha a su hijo en su regazo, y con el mismo amor con que un Padre se inclina hacia su hijo pequeño.

Jesucristo, en su amor, ha dado su vida para que nos veamos libres de todo aquello que nos impide acercarnos a la presencia de su Padre Dios. Este Memorial de su Pascua que estamos celebrando nos recuerda ese amor que nos tiene. Ojalá y seamos ocasión de alegría para el Señor por retornar a su presencia para ser, nuevamente, revestidos de Cristo y convertirnos nosotros, por la obra de Dios en nuestra vida, en ocasión de alegría para nuestro prójimo.

Quienes creemos en Cristo debemos hacer nuestro el mismo camino que el Señor nos ha mostrado. No podemos convertirnos en ocasión de escándalo, de destrucción de la fe y del amor en nuestro prójimo. Dios nos ha llamado para que, estando al servicio de los demás, les ayudemos a encontrarse con Cristo y a participar de su amor y de la salvación que ofrece a todos.

Quienes viven como destructores de la vida; quienes son causantes del hambre, de la pobreza, del dolor y del sufrimiento de los demás, y piensen que por llamar Señor, Señor a Jesucristo, por eso están ya salvados, están sumamente equivocados. Dios nos quiere convertidos en un signo de su amor en favor de nuestros hermanos.

A nosotros corresponde continuar la obra de Jesús de salir a buscar a los pecadores y a los que sufren para encontrarles, alegrarnos de haberlos encontrado y dedicarnos a trabajar a favor de ellos, para que los pecadores rectifiquen sus caminos y los pobres recuperen su dignidad de hijos de Dios.

Cuando todos vivamos la unidad fraterna en torno a Cristo podremos decir que la paz, la alegría y el amor de Dios, en verdad, estarán entre nosotros.

Por eso, si Dios no quiere que nadie se pierda, no seamos nosotros quienes los condenemos; más bien, por muy grandes que sean sus pecados esforcémonos por ayudarles a encontrar el camino del bien aun cuando para ello tengamos que renunciar a nuestra propia vida.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser portadores de su amor, de su paz y de su alegría para todos los pueblos. Que nos conceda tener un especial cuidado de los pobres y pecadores, para ayudarlos a vivir conforme a la dignidad que todos tenemos de hijos de Dios. Amén.

Homiliacatolica.com

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