13 de Octubre – Aliento cotidiano – Evangelio tiempo ordinario

Sábado, 13 de octubre de 2012
Semana 27ª durante el año
Gálatas 3, 22-29 / Lucas 11,27-28
Salmo responsorial Sal 104, 2-7
R/. “¡El Señor se acuerda de su Alianza!”

Santoral:
San Geraldo, San Teófilo de Antioquía
y San Eduardo

Aliento cotidiano

La vida es una larga escalera
que a veces con tropiezos, debemos subir.

Pero siempre hay descansos para meditar,
para evaluar lo alcanzado y tomar
aliento, para subir el siguiente escalón.

Nada se obtiene de la noche a la mañana,
todo se construye día a día, no se trata
de realizar esfuerzos gigantes.

Con la ayuda del Todopoderoso,
con empeño y pequeñas disciplinas cotidianas,
podemos llegar tan lejos como deseamos.

Ante todo debemos mirar hacia adelante
sin prevenciones. De cada error
debemos sacar una enseñanza.

Lo mejor es poner la frente en alto
para dejar atrás la adversidad
y con optimismo mirar hacia el futuro.

Debemos valorar y agradecer a Dios
tantas cosas valiosas que tenemos,
no tanto en lo material, pues puede
ser pasajero, más importante son
nuestros valores espirituales,
nuestras almas generosas, la familia
que conformamos y nuestros cinco
sentidos para poder trabajar.

Miremos pues, cuántos caminos
nos quedan por recorrer y cuántas metas
tenemos aún por alcanzar.

Liturgia – Lecturas del día

Sábado, 13 de Octubre de 2012

Todos ustedes son hijos de Dios por la le

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Galacia
3, 22-29

Hermanos:
La Ley escrita sometió todo al pecado, para que la promesa se cumpla en aquéllos que creen, gracias a la fe en Jesucristo.
Antes que llegara la fe, estábamos cautivos bajo la custodia de la Ley, en espera de la fe que debía ser revelada. Así, la Ley fue nuestro guardián, hasta que llegara Cristo, a fin de que fuéramos justificados por la fe. Y ahora que ha llegado la fe, no estamos más bajo la custodia de un guardián.
Porque todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, porque habiendo sido bautizados en Cristo, han quedado revestidos de Cristo.
Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham, herederos en virtud de la promesa.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 104, 2-7

R. ¡El Señor se acuerda de su Alianza!

¡Canten al Señor con instrumentos musicales,
pregonen todas sus maravillas!
¡Gloríense en su santo Nombre,
alégrense los que buscan al Señor! R.

¡Recurran al Señor y a su poder,
busquen constantemente su rostro;
recuerden las maravillas que Él obró,
sus portentos y los juicios de su boca! R.

Descendientes de Abraham, su servidor,
hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios,
en toda la tierra rigen sus decretos. R.

EVANGELIO

¡Feliz el vientre que te llevó!
Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
11, 27-28

Jesús estaba hablando y una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!»
Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican».

Palabra del Señor.

Reflexión

Gal. 3, 21-29. La Ley nos dice lo que hemos de hacer, pero no nos da vida. La vida nos viene de Cristo Jesús. Al creer en Él y ser bautizados en Él, recibimos su Vida y su Espíritu, somos revestidos de Él, y entonces desaparecen de nosotros todas las divisiones provenientes de raza, de condición social o de sexo.
Unidos a Cristo todos, la humanidad entera, se hace una en Cristo para presentarse como hijo de Dios en el único Hijo amado del Padre.
Dios no nos quiere sólo fieles cumplidores de preceptos, aun cuando estos vengan directamente de Él. Él nos quiere unidos a Él mediante el único Camino que nos lleva al Padre: Cristo Jesús. Buscar otros caminos equivale a despreciar la salvación que Dios nos ofrece en su Hijo, hecho uno de nosotros y constituido en Salvación nuestra.
Por eso le hemos de pedir al Señor que nos conceda su gracia para que no volvamos a la esclavitud de la Ley; ella ya cumplió su función de conducirnos a Cristo; ahora hemos de vivir no bajo el régimen de la Ley, sino bajo el régimen de la Gracia; y si cumplimos la Ley no es porque por eso vayamos a salvarnos, sino porque se ha convertido en una norma de comportamiento moral que nos auxilia para que permanezcamos fieles al amor a Dios y al amor al prójimo conforme a la voluntad del Señor.
Por eso pongamos nuestra confianza sólo en Dios que nos ama, nos perdona y nos salva. A Él sea dado todo honor y toda gloria ahora siempre.

Sal. 105 (104). Entonemos himnos y cantos al Señor, pues el Dios todopoderoso nos ha escogido y nos ha amado con un amor de predilección.
¿Cómo no recordar las obras maravillosas que ha hecho en favor nuestro? Él nos llamó con santa llamada y nos ha hecho hijos suyos, perdonándonos nuestros pecado y dándonos vida nueva en Cristo Jesús. Por eso hemos de saber vivir como discípulos suyos, que mañana tras mañana abrimos nuestros oídos para dejarnos instruir por Él y para poner en práctica su Palabra.
No podemos llamarnos ni discípulos del Señor ni amigos suyos, si vivimos bajo el dominio del pecado y de la muerte. Por eso le hemos de pedir a Dios que no sólo sea Él nuestro poderoso protector, sino también Aquel que nos fortalezca con su Espíritu de tal forma que vivamos como fieles hijos suyos.
Alabemos al Señor no sólo con nuestras palabras sino también mediante un vida intachable en su presencia, todos los días de nuestra vida.

Lc. 11, 27-29. Muchas veces pensamos que las personas son santas por tanto orarle a Dios; o porque realizan algunos milagros; o porque lo dejan todo y se van a proclamar el Evangelio a todas las naciones.
Ya el Señor nos dice que en aquel día muchos le dirán: Señor, Señor, ábrenos. Nosotros hemos comido y bebido contigo y has enseñado en nuestras plazas. Pero Él les dirá: No sé de dónde son. ¡Retírense de mí, obradores de maldad!
No basta vivir cerca del Señor para decir que somos suyos y que la salvación es nuestra. Es necesario abrir nuestro corazón para que su Palabra cobre vida en nosotros.
Sólo el habernos convertido en signos de salvación para los demás nos identificará con Cristo y en Él seremos hijos amados del Padre. Entonces la dicha, la bienaventuranza eterna serán nuestras. Lo demás, las dignidades que recibamos no nos dan derecho para salvarnos, más bien se convierten en una mayor responsabilidad de vivir y de servir conforme al Evangelio.
María, la mujer fiel, es para nosotros ejemplo de cómo ha de vivir la Iglesia su compromiso de fe en su Señor.
En la Eucaristía el Señor nos convoca a gente de toda raza y condición social para que seamos uno en Él. Con Él formamos un sólo cuerpo, siendo Él la cabeza y el principio de toda la Iglesia.
Unidos a Cristo nuestro alimento es hacer la voluntad del Padre Dios. Y la voluntad de Dios es que creamos en Aquel que Él nos ha enviado.
No sólo hemos de aceptar vivir la Palabra de Dios. La Palabra de Dios no es letra muerta que cobra vida en nosotros. La Palabra de Dios es el Hijo de Dios que toma posesión de nuestra vida y nos transforma en Él para que su encarnación se prolongue, por medio de su Iglesia, a través de la historia.
Y este Misterio de Salvación se hace realidad cuando entramos en comunión de Vida con el Señor en la Eucaristía. A partir de ella estamos llamados no sólo a ser un signo de Cristo en el mundo por nuestra rectitud de conciencia, sino a serlo por nuestras obras, por nuestra entrega, por nuestra vida misma que se convierten en un seguimiento del Señor en amor fiel a Dios y en amor fiel al prójimo, con quien, unidos a Cristo, caminamos hacia la Gloria del Padre.
Jesús oró a su Padre Dios pidiendo la unidad de todos los que creemos en Él para hacer creíble su doctrina, sus obras y su persona ante el mundo.
Todos nosotros somos hijos de Dios por haber sido incorporados a Cristo Jesús.
Sin embargo contemplamos muchas divisiones entre nosotros. Dentro del seno de la Iglesia se hace cada vez más distante y profunda la brecha entre ricos y pobres. La ideologías sobre Cristo nos alejan a unos de otros. El Espíritu ha sido encadenado para que muchos sectores trabajen desde un aspecto meramente humanista, temporal, terreno, sin visión de eternidad. Se hace más la voluntad del hombre que la voluntad de Dios. El Evangelio no es el evangelio del hombre sino sobre el hombre, es decir, lo que de nosotros ha dicho Dios por medio de su Hijo hecho uno de nosotros.
El evangelio del hombre construye un paraíso terrenal, que jamás logra llegar y que nos deja con resabios de frustración por trabajar para que las futuras generaciones lo gocen y así sucesivamente, generación tras generación; y nadie lo disfruta, sino que mantiene al hombre en una continua tensión sobre lo pasajero.
En cambio el Evangelio sobre el hombre nos hace descubrir el proyecto de Dios sobre nosotros y hacia dónde se dirigen nuestros pasos día a día; es encontrarnos con Cristo y caminar con Él hacia nuestra plena realización con sabor de eternidad, viviendo en el amor fiel a nuestro Dios y a nuestro prójimo; no desligados de lo pasajero, pero no privilegiando lo que sólo es un instrumento de servicio para que todos gocen de los mismos beneficios y oportunidades, sabiendo que en el fondo, en este aspecto lo más importante es el amor verdadero que tengamos a nuestro prójimo; amor que nace de la presencia de Dios en el centro de nuestro propio corazón.
Transformados así en Cristo, hechos uno con Él, estaremos dando testimonio con nuestras obras de que la Palabra de Dios ha llegado a su pleno cumplimiento en nosotros; entonces seremos bienaventurados a los ojos de Dios.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vernos y amarnos como hermanos, de tal forma que con nuestras buenas obras manifestemos que realmente la Palabra de Dios ha sido eficaz en nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com

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