Evangelio del día 10 de agosto – Si yo muriera hoy – Evangelio Tiempo ordinario

Evangelio del día

Evangelio del día

Evangelio del día 10 de agosto
San Lorenzo, Diácono y Mártir
2 Corintios 9, 6-11 / Juan 12, 24-26
Salmo responsorial Sal 111, 1-2. 5-6. 7-8. 9
R/. “Dichoso el que se compadece y da prestado”

Santoral:
San Lorenzo, Diácono y Mártir

Si yo muriera hoy

Daría gracias a la vida por haberme soportado:
mis enojos, mis miedos, mis frustraciones,
mis desilusiones, mi soberbia, mi vanidad, mi orgullo,
mi pereza, y muchos otros defectos que poseo.

Si yo muriera hoy, quisiera ver mi cuerpo tendido tal cual es,
imperfecto, observando los detalles que nunca antes vi,
mirarme por fuera y por dentro, cada fragmento mío q
ue una vez fue tan ágil, verlo ahí inmóvil y pálido.

Si yo muriera hoy, quisiera poder trasladarme donde están
mis seres amados para brindarles consuelo y que sepan
que conmigo siempre podrán contar donde quiera
que me encuentre y que aunque ya no esté a su lado,
mi esencia les dejaré para que me recuerden siempre.

Si yo muriera hoy, me arrepentiría de no haberme arrepentido,
de no haber logrado mis sueños de adolescente,
de no haber luchado lo suficiente, de haber amado egoístamente,
de no haber ayudado más allá de lo que me pedían,
de no haber perdonado sinceramente.

Si yo muriera hoy, revisaría cada segundo de mi vida,
aquellos en los cuales me creía superior y en los que
se hizo débil mi corazón, meditaría en los porqués:
el por qué de la existencia, el por qué nacer para morir,
el por qué no hice, el por qué callé, el por qué me detuve,
el por qué fallé.

Si yo muriera hoy, me apresuraría a tomar la mano
de quienes amo y les diría lo importante que son para mí,
escribiría a aquellos que hace mucho no saludo,
porque mi tiempo se redujo a mi mundo,
donde solamente existía yo.

Visitaría enfermos, presos, gente con dolor, intentaría brindar
en cada minuto un poco de mi interior, para dejar esas huellas
en los demás, que les enseñe a no cometer los mismos errores.

Pero… ¿Qué digo?
¿Qué hago hablando de lo que haría si muriera hoy?
¡Si aún tengo sangre en mis venas!
¡Si mi corazón late como nunca!
¡Si respiro, me muevo, vivo!
¿Por qué no hacer todo esto ahora?

¡Puedo cambiar mis defectos por cualidades!
Transformar mi forma de ver la vida,
¿Por qué no observar mi cuerpo con detalle,
aceptándome como soy?
Dando gracias a Dios, principalmente
porque Él fue el que lo formó.
¿Por qué no decirles a los que amo, cuánto
los quiero en este momento?
¡Que sepan lo especial que son en mi vida
y pueden contar conmigo siempre!

¿Por qué no escribir a mis amigos palabras de aliento
ahora que estoy con vida?
¿Por qué no ir en busca de esos sueños que han madurado
un poco, pero que pueden ser posibles?
¿Por qué no amar sin límites, sin imponer mis sentimientos?
¿Por qué no perdonar con el alma, si el perdón me libera?
¿Por qué no hacer un análisis de mi vida hoy?
¡Encontrar esos porqués que necesito conocer!

Ver mi vida en forma de que pueda arrepentirme hoy.
De lo que hice ayer y no guardar ese arrepentimiento
para arrepentirme luego de no haberlo hecho.
¿Por qué no comenzar en este instante a visitar a aquellos
menos afortunados que viven presos de su enfermedad?
¿Por qué no brindarle una palabra de aliento a aquellos
que no pueden gozar de su libertad?
¿Por qué no extender mis manos para dar?
¡Puedo hacerlo ahora! ¡Aun no he muerto!

Liturgia – Lecturas del día

Viernes, 10 de Agosto de 2012

SAN LORENZO
Diácono y mártir

Dios ama al que da con alegría
Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Corinto
9, 6-11

Hermanos:
Sepan que el que siembra mezquinamente tendrá una cosecha muy pobre; en cambio, el que siembra con generosidad cosechará abundantemente.
Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría.
Por otra parte, Dios tiene poder para colmarlos de todos sus dones, a fin de que siempre tengan lo que les hace falta, y aún les sobre para hacer toda clase de buenas obras. Como dice la Escritura: “El justo ha prodigado sus bienes: dio a los pobres y su justicia permanece eternamente”.
El que da al agricultor la semilla y el pan que lo alimenta, también les dará a ustedes la semilla en abundancia, y hará crecer los frutos de su justicia.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 111, 1-2. 5-6. 7-8. 9

R. Dichoso el que se compadece y da prestado.

Feliz el hombre que teme al Señor
y se complace en sus mandamientos:
su descendencia será fuerte en la tierra,
la posteridad de los justos es bendecida. R.

Dichoso el que se compadece y da prestado,
y administra sus negocios con rectitud.
El justo no vacilará jamás,
su recuerdo permanecerá para siempre. R.

No tendrá que temer malas noticias:
su corazón está firme, confiado en el Señor.
Su ánimo está seguro, no temerá,
hasta que vea derrotados a sus enemigos. R.

Él da abundantemente a los pobres:
su generosidad permanecerá para siempre,
y alzará su frente con dignidad. R.

EVANGELIO

El que quiera servirme será honrado por mi Padre

a Lectura del santo Evangelio
según san Juan
12, 24-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que ama su vida la perderá; pero el que odia su vida en este mundo la conservará para la vida eterna.
El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme será honrado por mi Padre».

Palabra del Señor.

Reflexión

2Cor. 9, 6-10. Cuando nosotros extendemos nuestras manos para socorrer a los más desprotegidos, en esos momentos estamos sembrando una buena simiente que producirá abundantes frutos de salvación. Al final escucharemos aquel llamado del Señor para ser “almacenados” en los graneros eternos: “Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; estuve desnudo y me vistieron; enfermo y me asistieron; encarcelado y fueron a verme.” Todo lo bueno que hagamos a favor de los demás que no sea para ostentación y alabanza nuestra, sino para la gloria de Dios, de tal forma que nuestra mano izquierda no sepa lo que haga la derecha; de lo contrario nuestra recompensa se habrá perdido en un aplauso humano. Procuremos el bien de todos; pero que nuestro servicio de caridad sea hecho siempre con alegría, sabiendo que, especialmente en el servicio a los pobres, necesitados y enfermos, estamos sirviendo y asistiendo al mismo Cristo.

Sal. 112 (111). La abundancia de bienes en el antiguo Israel se consideraba como una bendición de Dios para los justos. Sin embargo esos dones de Dios no deberían hacer egoístas a quienes los habían recibido, sino que, en sus préstamos no se comportarían como usureros, y ante los pobres siempre estarían dispuestos a socorrerlos. Entonces podrían levantar la frente no de modo orgulloso, sino como la manifestación de la Gloria de Dios desde aquellos que lo aman y se compadecen de su prójimo. Recordemos que sólo somos administradores de los bienes de Dios. Al final, aun cuando hayamos sido dueños del mundo entero, nada nos llevaremos de todos esos bienes materiales, sino solo nuestras buenas obras. Por eso no trabajemos sólo por el pan que perece, sino por aquello que realmente vale ante Dios.

Jn. 12, 24-26. Cuando uno teme morir puede encontrar serios obstáculos en su forma de amar. La fecundidad viene del amor verdadero, que Dios ha infundido en nuestros corazones. El verdadero discípulo de Jesús debe seguirlo a Él hacia su glorificación en Dios, sabiendo que, sin miedo a los riesgos, sin miedo a las amenazas de quienes quieran silenciar al enviado de Dios, debe incluso afrontar la propia muerte como un signo de amor fecundo que haga brotar en uno mismo y en los demás la vida eterna; y esto no por nosotros mismos, sino por nuestra unión fiel y constante a Aquel que nos ha amado hasta dar su vida para que nosotros tengamos vida. Este amor, llevado hasta el extremo, es lo que hizo que el Hombre Jesús llegara a su perfección a través de su obediencia y de su muerte en cruz. Sólo aquel que va entregando su vida para la perfección de los demás va creciendo en el amor hasta llegar a la plenitud en el Señor, hasta poder llegar a ser reconocido por el Padre Dios como su hijo amado, en quien Él se complace. Vivamos, pues, en un amor verdadero, constante y cada vez más perfecto no sólo a Dios, sino también a nuestro prójimo, a quien hemos sido enviados tanto para anunciarle el Evangelio como para transmitirle la Vida y el Espíritu de Dios que Él nos ha comunicado a nosotros.
En la Eucaristía celebramos el Memorial de la Muerte y Resurrección de Jesucristo; así Él nos manifieste el amor que nos tiene, y que es llevado hasta el extremo. Ese amor no es un amor estéril sino fecundo, pues nos ha ganado a todos para su Dios y Padre, para nuestro Dios y Padre. La Redención, así, no es algo del pasado sino del hoy de cada día en la historia, pues ha quedado atemporizada de tal forma que es eficaz siempre, como algo presente para el hombre de todos los tiempos y lugares. Nosotros hacemos nuestra la Redención de Cristo de un modo especial en la Eucaristía. En este momento de gracia estamos siendo testigos de la Muerte y de la Resurrección de Cristo. Nuestra fe nos ha de llevar a apropiarnos toda su eficacia, de tal forma que en adelante seamos, en Cristo, unas criaturas nuevas que se esfuercen no sólo por dar a conocer a los demás el Nombre del Señor, sino que lleven a ellos la salvación para que todos podamos vivir como hijos del único Dios y Padre; y, fortalecidos por su Espíritu Santo, seamos dignos instrumentos puestos en las manos de Dios, capaces de entregar, día a día, nuestra vida para que todos tengan en sí la Vida que procede de Él.
La Diaconía (Servicio) en la Iglesia ha tenido siempre un punto relevante. Es un servicio en la asamblea litúrgica. Pero no todo queda ahí. También es un servicio en la caridad de todos los días. Dar la propia vida, no sólo administrar los bienes en favor de los demás, eso es lo que se espera de una Iglesia que, como san Lorenzo y muchos otros santos Diáconos, ha de entregar su vida para que el mundo entero tenga Vida, y Vida en abundancia.
Un poco antes de la perícopa del Evangelio de este día se nos habla de unos griegos que quieren ver a Jesús; y el Señor da la respuesta: Todos lo contemplarán cuando sea levantado en alto; pero todos lo contemplarán cuando sus discípulos, como Él y por su unión a Él, entreguen el Evangelio de salvación a los demás no sólo con sus palabras, sino con su vida misma, convertida en frutos mediante los cuales los demás alimentarán su fe, su esperanza, su amor, su justicia, sus deseos y su trabajo por la paz, su capacidad de perdonar y de ser misericordiosos para con todos. Entonces la Iglesia no será estéril sino fecunda, pues no sólo estará alimentando e ilustrando la mente de los demás, sino que, por obra del Espíritu Santo, estará engendrando hijos de Dios en Cristo Jesús.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de no sólo hacer el bien a los demás, sino de procurar para todos la salvación, amándolos de tal forma que lleguemos, incluso si es necesario, a entregar con alegría nuestra vida por ellos. Amén.

Homiliacatolica.com

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